domingo, 26 de diciembre de 2010

1. LO QUE SE HA DE CREER


PRIMERA PARTE

LO QUE SE HA DE CREER


La fe.

   Fe es creer lo que Dios ha revelado y la Santa Iglesia nos enseña.
   Dice San Pablo: Sin la fe es imposible agradar a Dios (Ep. A los Hebreos, XI, 6).
   Las verdades de la fe, sin cuyo conocimiento nadie, que haya llegado al uso de razón, se puede salvar, son:
   1ª- Dios existe.
   2ª- Dios premia a los buenos y castiga a los malos.
   3ª- En Dios hay tres personas realmente distintas.
   4ª- La segunda Persona divina se hizo hombre para salvarnos.
   Debemos creer todo lo que Dios ha revelado, porque Dios no puede engañarse ni engañarnos.
   Dios no revela directamente a cada uno las verdades que debemos creer.
   La Santa Iglesia es la depositaria de las verdades reveladas por Dios, y ella es la encargada de enseñárnoslas.
   Como veremos en el artículo IX del Credo, la Santa Iglesia tiene todos los títulos y caracteres necesarios que demuestran su divina institución y misión para enseñarnos lo que Dios ha revelado.
Todo lo que debemos creer está contenido explícita o implícitamente en el Credo.



EL CREDO

   Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Criador del cielo y de la tierra.
   Y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor.
   Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo: nació de Santa María Virgen;
   Padeció debajo del Poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado.
   Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos.
   Subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso.
   Desde allí ha de venir a juzgar a los vivo y a los muertos.
   Creo en el Espíritu Santo.
   La Santa Iglesia Católica: la comunión de los Santos.
   El perdón  de los pecados.
   La resurrección de la carne.
   La vida perdurable.   Amén.
   El Credo se llama Símbolo apostólico, porque lo hicieron los apóstoles, para dar a los cristianos una norma de fe.
   Todo cristiano procure saber el Credo y rezarlo con frecuencia.
   El Credo tiene doce artículos.
ARTÍCULO I

CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO,
CRIADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

Creo significa: estoy cierto que todo lo que contiene el Credo es verdad infalible revelada por Dios.
Dios.
   Dios es el Ser Supremo, infinitamente perfecto, Criador y Señor del cielo y de la tierra.
   Sólo Dios no ha recibido el ser de nadie; todo lo demás tiene el ser recibido de Dios.
   Sólo Dios es absolutamente independiente; todos lo demás seres dependen de Dios.
Pruebas de la existencia
de Dios.
   1ª- Todas las cosas nos están diciendo: Dios nos ha dado el ser y no nosotras mismas.
   Los seres que vemos, no se han criado a sí mismos: luego existe un Creador.
   Yo mismo no me di el ser: mis padres tampoco se lo dieron a sí mismos; luego es necesario llegar a una causa primera, que es Dios.
   Sin causa primera no hay segunda, ni tercera…
   2ª- El mundo entero con su orden admirable revela la existencia de Dios, sabiduría infinita.
   3ª- Todos oímos en el fondo de nuestra conciencia, una voz que nos dice:
   No puedes matar, robar; haz el bien evita el mal; los buenos serán premiados, los malos castigados.
   Sólo el Ser Supremo puede hablar en forma igual y con tanto imperio a todos los hombres.
   Niegan la existencia de Dios los que quisieran que no lo hubiera, para poder pecar sin remordimientos de conciencia.
   Dicen los impíos: si hubiera Dios no permitiría tantos males sobre la tierra.
   Dios permite el mal para sacar siempre un mayor bien.
   Nuestro pequeño entendimiento muchas veces no puede comprender el bien que resulta de los males que nos afligen.
   El profeta David (salmo 91) dice:
   “¡cuán grandes son, Señor, tus obras! ¡Cuán insondable la profundidad de tus designios!   El hombre insensato no conoce estas cosas, ni entiende de ellas el necio”.
   Mas siempre resultarán ciertas las palabras del apóstol S. Pablo (Romanos, VIII, 28):
   Sabemos que para los que aman a Dios todas las cosas se convierten en bien.
   Procuremos, pues, amar a Dios de veras y sea ése nuestro principal deseo.


Unidad de Dios.
   Hay un solo Dios.
   No puede existir más que un Ser Supremo.
   Admitir varios dioses, es negar al verdadero Dios.
   En el supuesto de varios dioses, tuvieran más poder todos juntos que uno solo.
   Por consiguiente, ninguno fuera omnipotente, ninguno fuera verdadero Dios.
   Dios tiene todas las perfecciones en grado infinito; esto es, sin límites.
   Dios es infinitamente grande: el mundo entero, comparado con Dios, es menos que una gota de agua comparada con toda la inmensidad de los mares.
   Siendo el mundo entero como nada en comparación de Dios, yo, comparado con Dios, ¿qué soy?
   Dios es espíritu purísimo: no tiene cuerpo.
   Aunque no tiene ojos corporales, ve; El es quien nos da la vista, oído y todo cuanto tenemos.
   Dios es un ser simplicísimo: no tiene parte alguna, ni mezcla, ni composición.
   Dios es eterno: siempre ha existido, existe y existirá.
   Dios no pudo tener principio: porque si no hubiera existido siempre, de quién habría recibido El la existencia?
   Dios es inmutable: no está sujeto a mudanza alguna.   La mudanza está sólo en las criaturas.
   Dios es infinitamente bueno: es la bondad por esencia y de El viene todo lo bueno.
   Dios es infinitamente sabio: todo lo sabe; conoce todo lo pasado, lo presente y lo porvenir.
   Dios es omnipotente: todo lo puede.
   Dios no puede pecar, ni hacer lo que implica una contradicción.
   Poder pecar es una imperfección, es falta de poder.
   Lo que implica contradicción es un absurdo.
   Dios ha criado, conserva, gobierna y dispone todas las cosas a su voluntad.
   Providencia divina es el cuidado con que Dios dirige todas las cosas al fin por El señalado; se extiende aún a las cosas más pequeñas.
   Todo lo que sucede es porque Dios así lo quiere o lo permite.
   Unas cosas Dios las quiere y las manda; otras Dios no las impide, como el pecado, por no quitar al hombre su libertad y también porque del mal sabe Dios sacar grandes bienes.
   Siendo, pues, Dios infinitamente bueno, sabio y poderoso, amémosle de todo corazón, acatemos humildemente todas sus disposiciones y pongamos en El toda nuestra confianza.
   Nuestro presente y porvenir están en las manos de Dios; nada hemos de temer, si procuramos servirle fielmente.
   Dios es infinitamente santo: ama la virtud y aborrece la maldad.
   Dios es infinitamente justo: premia o castiga a cada uno según sus obras.
   Dios es infinitamente misericordioso: llama al pecador y perdona al que se arrepiente de corazón.
   Dios es veraz: no puede engañarse ni engañar.
   Dios es infinitamente fiel: cumple sus promesas y amenazas.
   Dios es inmenso: está en todas partes y no está limitado por espacio o lugar alguno.
   Dios está en Sí mismo y todas las cosas están en Dios.
   Es Dios quien contiene y sostiene todas las cosas y no las cosas a Dios.
   Dios está en todo lugar:
   por esencia, con todo su Ser
   por presencia, viéndolo todo, hasta nuestros pensamientos más ocultos; y  
   por potencia, dando y conservando el ser a todas las cosas.
   Dios está de una manera especial:
   en el Cielo, donde deja ver su divina esencia, causando gozo infinito a los bienaventurados;
en el alma del justo, Dios está por la gracia y caridad;
y  en el templo que es casa de oración, Dios está como en un trono de misericordia, dispensando favores particulares.
   Puesto que Dios está y nos ve en todo lugar, por respeto a su presencia abstengámonos siempre de pecar.
   Dios es el principio de todas las cosas, porque El las ha creado todas.
   Dios es el fin de todas las cosas, porque todas las ha hecho para su mayor gloria.   Todas las cosas dan gloria a Dios, aún los malos; pues con ellos especialmente se manifiestan la paciencia, misericordia y justicia de Dios.
   Sólo Dios es Señor y Dueño absoluto de todas las cosas.
   Dios tiene riqueza, paz, alegría, hermosura y todos los bienes sin límites; El mismo es el Bien infinito.
   Dios tiene entendimiento y voluntad.
   Dios no tiene memoria; no la necesita, porque todo lo tiene presente, aun lo pasado y lo porvenir.

Trinidad de Dios.

   En Dios hay tres Personas realmente distintas.
   Se llaman: El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.
   El Padre es Dios
   El Hijo es Dios
   El Espíritu Santo es Dios.
   Las tres Personas Divinas son el verdadero Dios.

   Son un solo Dios porque las tres Personas Divinas son un mismo Dios, esto es, tienen una misma y única esencia o naturaleza divina.
   El Padre es el mismo Dios que el Hijo y que el Espíritu Santo.
   El Hijo es el mismo Dios que el Padre y que el Espíritu Santo.
   El Espíritu Santo es el mismo Dios que el Padre y el Hijo.
   Tres personas realmente distintas quiere decir que una persona no es la otra.
   El Padre no es la misma Persona que el Hijo y que el Espíritu Santo.
   El Hijo no es la misma Persona que el Padre y que el Espíritu Santo.
   El Espíritu Santo no es la misma Persona que el Padre y que el Hijo.
   Las tres Personas Divinas, pues, son realmente distintas.
   Ejemplo: Tres ramas de un árbol son distintas, pero son un solo árbol.
   El color, el olor y el sabor de una naranja son tres cosas distintas, pero es una sola naranja.
   Tres ángulos de un triángulo son distintos, pero son un mismo triángulo.
   No obstante, una rama no es todo el árbol, ni el color es toda la naranja, ni el ángulo es todo el triángulo.
   Mas en Dios, Ser simplicísimo, el Padre es todo Dios, el Hijo es todo Dios, y el Espíritu Santo es todo Dios.
   Cómo las tres Personas Divinas son realmente distintas, y un solo Dios, es un misterio.   Este misterio se llama de la Santísima Trinidad.
   La Santísima Trinidad es el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas realmente distintas, y un solo Dios verdadero.
   El Padre es la primera Persona, porque no procede de otra Persona y de El proceden el Hijo y el Espíritu Santo.
   El Hijo es la segunda Persona, porque de El y del Padre procede el Espíritu Santo.
   El Espíritu Santo es la tercera Persona, porque procede del Padre y del Hijo.
   El Padre se conoce y al conocerse forma una imagen viva y consustancial de sí mismo; esta es la Persona del Hijo.
   El padre y el Hijo se aman: ese amor vivo y consustancial es la Persona del Espíritu Santo.
   Las tres Personas son eternas; las tres han existido siempre y ninguna existió primero que la otra.
   Las tres Personas son en todo iguales, porque las tres son un mismo Dios.
   Por consiguiente, las tres Personas son igualmente buenas, sabias, etc.
   Al Padre se le atribuye la omnipotencia, porque es el principio de las otras dos personas.
   Al Hijo se le atribuye la sabiduría, porque es el pensamiento, la idea, el Verbo del Padre.
   Al Espíritu Santo se le atribuye la bondad, porque es el amor del Padre y del Hijo.
   El Padre y el Espíritu Santo no tienen cuerpo; el Hijo tiene cuerpo en cuanto hombre.
   La Santísima Trinidad se representa:
   El Padre en forma de anciano, porque es la primera persona.
   El Hijo en forma de hombre joven, porque se hizo hombre y murió joven.
   El Espíritu Santo en forma de paloma, porque así apareció al ser bautizado N. S. Jesucristo.

La Creación.

   Dios es infinitamente feliz en Sí mismo, no necesita de nada ni de nadie.
   Movido de su bondad infinita, creó en seis días el cielo, la tierra y todo cuanto ellos contienen.
   Crear es sacar las cosas de la nada.
   Dios, por su sola voluntad todopoderosa, creó el mundo.

Los Ángeles.

   En el cielo Dios creó a los Ángeles y los dotó de dones inefables.
   Los Ángeles son espíritus puros; no tienen cuerpo.
   Luzbel, Lucifer, era el más hermoso de todos: mas lleno de soberbia, se rebeló contra Dios y dijo:
   ¡No serviré!
   Una tercera parte de los Ángeles acompañó a Luzbel en su rebelión.
   Miguel, lleno de celo por el honor de Dios, exclamó: “¡Quién como Dios!”.
   Luchó contra Luzbel y le venció.
   Satanás y los demás Ángeles rebeldes fueron arrojados al infierno.
   Llamamos demonios a los Ángeles rebeldes.
   Antes que los Ángeles pecaran, el infierno no existía.
   Dios creó el infierno para castigo de los demonios y demás pecadores impenitentes.

   Los Ángeles buenos en premio de su fidelidad, fueron confirmados en la gracia y ven claramente a Dios.
  
   Aunque los Ángeles estaban en el cielo, no veían a Dios; estaban en un lugar de prueba, como estamos ahora nosotros.
Si los Ángeles hubieran visto a Dios, no habrían pecado.
   Dios es infinitamente bueno y hermoso; quien le ve, no puede dejar de amarle.
   La historia de los Ángeles buenos y malos es para nosotros una lección utilísima que no debemos olvidar.
   Si servimos a Dios, imitamos a los Ángeles buenos e iremos a gozar con ellos eternamente en la gloria.
   Si pecamos y no nos arrepentimos, imitamos a los demonios y con ellos iremos a sufrir eternamente en el infierno.
   Los Ángeles son ministros de Dios.
   Todos tenemos un Ángel Custodio, que nos acompaña y guarda continuamente.
   Debemos tener gran devoción y respeto a nuestro Ángel custodio, procurando evitar el pecado para no ofender su santa presencia.
   Los Ángeles buenos son representados como niños o jóvenes con alas, para manifestar su hermosura y la rapidez con que se trasladan de un lugar a otro.
   Los demonios son representados en formas horribles, para manifestar su gran fealdad.

El hombre.

   El hombre es un ser racional compuesto de cuerpo y alma.
   El alma es un espíritu inmortal.
   El alma ejerce actos espirituales, como el pensar, querer, etc.; por consiguiente, es espíritu.
   Es inmortal, pues, siendo una substancia espiritual, simple, no tiene partes en que se pueda descomponer.
   Además el alma humana ha sido elevada por Dios a la vida sobrenatural de la gracia, para gozar eternamente con El en la gloria.
   La fe y la sana razón nos dicen que nuestra alma no muere con el cuerpo, sino que va a recibir premio o castigo eternos, según sus obras.
   El hombre es libre; puede hacer el bien o el mal, hacer una cosa o no hacerla; o puede hacer una en vez de otra.
   Tenemos libertad para hacer el mal, pero no el derecho de hacerlo.
   Por lo mismo que uno es libre para hacer el bien o el mal, merece premio o castigo.
   El hombre fue la última obra de la creación.
   Fue creado a imagen y semejanza de Dios.
   Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.
   El Señor formó del barro el cuerpo del primer hombre; sopló en su rostro y le infundió el alma racional, dándole así la vida.
   El primer hombre se llamó Adán.
   Dios dijo: “no es bueno que el hombre esté solo: Hagámosle una ayuda semejante a él”.
   Estando Adán dormido, Dios le sacó una costilla; y con ella formó a la mujer y la presentó a Adán, quien la aceptó por esposa.
   La creación del primer hombre y de la primera mujer en la forma indicada, no es imposible.
   Dios, por ser omnipotente, puede sacar las cosas de la nada; con más razón puede cambiar una cosa en otra.
   La primera mujer se llamó Eva.
   Todos los hombres descendemos de Adán y Eva.
   Adán y Eva, adornados por Dios con la gracia santificante, moraban en el Edén o Paraíso terrenal: estaban llenos de felicidad, libres de la muerte y demás miserias.
   Del Paraíso terrenal habrían sido trasladados al celestial, sin pasar por la muerte, Todo obedecía a la voz del hombre.
   Dios concedió estos dones a Adán y a todos sus descendientes, con la condición de que Adán no comiera de la fruta del árbol llamado de la ciencia del bien y del mal.
   Esta prohibición tenía por fin probar la fidelidad de nuestros primeros padres y que demostraran reconocer el supremo dominio que tiene Dios sobre todas las cosas.
  
Pecado de Adán y Eva.

   Eva, engañada por el demonio, que se le presentó en figura de serpiente, comió la fruta prohibida, y comió también Adán, invitado por Eva.
   Por este pecado Adán y Eva perdieron la gracia de Dios, fueron arrojados del paraíso terrenal, y quedaron sujetos a todas las miserias de la vida y a la muerte.
   Este pecado fue de soberbia y grave desobediencia.
   Adán y Eva hicieron penitencia y se salvaron.
   El pecado de Adán y Eva se llama original.
   Han heredado el pecado original todos los descendientes de Adán por generación natural, menos María Santísima.
   Jesús no lo pudo tener, porque su persona divina es incapaz de pecado y no procedió de Adán del mismo modo que los demás hombres.
   María no lo tuvo por privilegio especialísimo, en previsión de que sería la Madre de Dios.
   Celebramos este privilegio de María el 8 de Diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción.
   El pecado de Adán acarreó al género humano la privación de la gracia de Dios, la ignorancia, la inclinación al mal, la muerte y todas las demás miserias.
   Por el pecado original, nosotros, cuando empezamos a existir no tenemos la gracia de Dios y demás dones, que tuviéramos, si Adán no hubiera pecado.
   El pecado original es voluntario y, por tanto, culpa de nosotros, sólo porque Adán lo cometió voluntariamente como cabeza de la humanidad.
   Nosotros, al contraer el pecado original, no pecamos con nuestra propia voluntad; por esto Dios no castiga, sino que simplemente no premia con el cielo, al que muere con el solo pecado original.
   Los hijos de un padre que ha disipado sus bienes, son pobres; así nos sucede a los descendientes de Adán pecador.
   Dios nada debía a Adán y a sus descendientes.
   La gracia original y todos los demás dones sobrenaturales eran concedidos graciosamente, con la condición de que Adán cumpliera el precepto divino.
   Es, pues, muy justo que los descendientes de Adán heredemos el pecado original.



ARTÍCULO II
Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO,
NUESTRO SEÑOR

El Redentor.

   El hombre, por el pecado original, se hallaba en una condición tristísima.
   No podía merecer el cielo, y después de una vida llena de culpas y miserias hubiera tenido una eternidad de penas.
   Mas la infinita misericordia de Dios no permitió que el hombre caído pereciese.
   Cuando Dios echó a Adán y Eva del paraíso terrenal, prometió un Redentor que había de salvar al género humano, y para ello envió a su propio hijo.
   Era justo que a Dios ofendido por el pecado se le diera la debida satisfacción.
   Mas ninguna pura criatura podía dar satisfacción proporcionada a la ofensa inferida al Dios de majestad infinita.
   Por esto fue necesario que el Redentor fuese hombre y Dios.
   Como hombre, pudo padecer y satisfacer; y como Dios, pudo dar a esta satisfacción un valor infinito.
   De este modo la misericordia y justicia de Dios quedaron del todo satisfechas.
   Todo pecado se perdona por los méritos del Redentor, haciendo el hombre de su parte lo necesario para la aplicación de estos méritos.
   Los hombres que existieron antes de Jesucristo, se salvaron por la fe en el Redentor, que había de venir.
   Los que han existido después y existirán, se salvarán creyendo en el Redentor que ha venido.
   Mucho perdimos por el pecado original, pero más ganamos por la Redención.
   Con razón canta la Iglesia en el oficio del Sábado Santo: ¡Oh feliz culpa, que nos mereciste un tal Redentor!

Ventajas de la Redención.

   1ª- Al unirse el Hijo de Dios a la naturaleza humana, la elevó al grado más sublime.
   2ª- Por el bautismo somos hechos miembros del cuerpo místico de Jesucristo, que es la Iglesia, de la cual  El es cabeza.
   3ª- Al ser  bautizados, por los méritos de Jesucristo tenemos más gracia que la que tuviéramos sin el pecado original.
   4ª- El bautismo borra el pecado original, pero no quita las pasiones, las miserias de la vida y de la muerte.
   Mas estos males se cambian en  grandes bienes, pues son causa de continuas batallas y victorias en esta vida; y, por consiguiente, de grandes méritos y premios en el cielo.
   Estas batallas y victorias, estos méritos y premios no existieran sin el pecado original.
   En tales batallas, si queremos, podemos vencer siempre; y si en ellas recibimos alguna herida, tenemos por la Redención medios facilísimos para curarla inmediatamente.
   Si existiesen descendientes de un Adán inocente, podrían con razón envidiar en muchas cosas la condición de los descendientes de Adán pecador, redimidos por Jesucristo.
   Hemos de procurar, pues, aprovecharnos de los tesoros infinitos de la Redención, más bien que quejarnos de nuestros primeros padres.


Nuestro Señor Jesucristo.

  De las tres Personas Divinas se hizo hombre la segunda, que es el Hijo.
   El Padre no se hizo hombre.
   El Espíritu Santo tampoco se hizo hombre.
   Aunque las tres Personas divinas son un mismo Dios, sólo una Persona se hizo hombre.
   Ejemplo: Un dedo de la mano puede tener un anillo, sin que lo tengan los otros dedos.
   Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre.
   Jesucristo es llamado, Jesús, Salvador, Cristo, Redentor, Mesías, etc.
   Jesús significa lo mismo que Salvador.
   Cristo significa ungido del Señor.
   Mesías significa enviado del Señor.
   El Hijo de Dios, al hacerse hombre, no dejó de ser Dios.
   Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
   Jesucristo tiene una sola Persona que es divina.
   No tiene persona humana.
   Jesucristo en cuanto hombre subsiste sólo unido inseparablemente a la Persona del Hijo de Dios.
   Jesús tiene dos naturalezas, divina y humana.
   Tiene naturaleza divina, porque es verdadero Dios; tiene naturaleza humana, porque es verdadero hombre.
   Naturaleza divina significa ser divino; y naturaleza humana ser humana.
   Jesucristo tiene, pues, el ser divino y el ser humano, pero no la Persona humana.
   Las naturalezas divina y humana están unidas a la Persona del Hijo de Dios.
   La unión de la Persona del Hijo de Dios con la naturaleza humana se llama unión hipostática.
   Jesucristo tiene cuerpo y alma como los demás hombres.
   Tiene dos entendimientos; uno divino y otro humano.
   Tiene dos voluntades; una divina y otra humana.
   Tiene una sola memoria;  sólo en cuanto es hombre.
   En cuanto Dios es igual al Padre: en cuanto hombre es menos que el Padre.
   Aunque es Dios y hombre, no hay dos, sino un solo Jesucristo.
   Es uno solo por unidad de persona.
   Como el alma y el cuerpo son un solo hombre, así Dios y hombre son un solo Jesucristo.
   En Dios hay tres Personas y una sola naturaleza, en Jesucristo hay una sola Persona y dos naturalezas.
   El cuerpo de Jesucristo debe ser adorado, por razón de la Persona Divina a la que está unido.
   Jesucristo es el Hijo único de Dios Padre, porque sólo El es Hijo suyo por naturaleza; nosotros somos hijos de Dios por creación y por adopción.
   Jesucristo es Nuestro Señor, porque es Dios y nos ha criado y nos ha redimido, dando como precio su propia sangre y vida.



ARTÍCULO III

QUE FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO, NACIÓ DE SANTA MARIA VIRGEN.

   Jesucristo en cuanto Dios ha existido siempre; en cuanto hombre empezó a existir desde el momento de la Encarnación.

   La palabra Encarnación significa que el Hijo de Dios se hizo hombre.
   El Hijo de Dios se hizo hombre tomando en el seno purísimo de María, por obra del Espíritu Santo, un cuerpo como el nuestro y un alma como la nuestra.
   Se dice que la Encarnación fue por obra del Espíritu Santo, porque es obra de bondad y amor.
   La madre de N. S. Jesucristo fue María, la que permaneció virgen perpetuamente.
   María es la única entre todas las mujeres que es a la vez madre y virgen.
   El Hijo de Dios fue concebido y nació, no como los demás hombres, sino obrando Dios sobrenatural y milagrosamente.
   Jesús en cuanto Dios tiene solamente padre.
   En cuanto hombre tiene solamente madre.
   San José no fue el padre de Jesús, pero era tenido como tal por ser esposo de María.
   El Hijo de Dios se hizo hombre para redimirnos y darnos ejemplo de vida.
   Redimirnos quiere decir librarnos del pecado y de la muerte eterna, y merecernos la gloria.
   Jesús nos redimió muriendo en la Cruz.
   Darnos ejemplo de vida quiere decir enseñarnos el camino del cielo.
   Nos enseñó el camino del cielo con palabras y con obras.
   Con obras lo hizo durante toda su vida; y con palabras los últimos tres años de ella.
   El año en que estamos ahora nos indica cuánto tiempo hace que el Hijo de Dios se hizo hombre.
   Los cristianos empezaron a contar los años desde la venida de Jesucristo.
   Desde Adán hasta Jesucristo pasaron 4000 años.
   El Hijo de Dios se hizo hombre el 25 de marzo del año 4000 de la creación.
   Nació en el portal de Belén el 25 de Diciembre.
   Dice el Santo Evangelio que Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres.
   De esta manera también debemos procurar crecer nosotros.
   Jesús vivió sobre la tierra treinta y tres años.
   Los treinta primeros los pasó en su casa.
   Al tener edad de trabajar, se ocupó en el humilde oficio de carpintero.
   Jesús pasó los tres últimos años de su vida predicando el Santo Evangelio.
   Manifestó claramente que era el Hijo de Dios; y lo probó, haciendo grandes milagros.
   Daba vista a los ciegos, oído a los sordos, palabra a los mudos, curaba toda clase de enfermedades y hasta resucitaba a los muertos.
   El más grande de todos los milagros fue resucitarse a Sí mismo.
   Jesús eligió a doce hombres, casi todos pescadores ignorantes, para que lo acompañaran como sus discípulos más queridos e íntimos confidentes, en el tiempo que duró su predicación; éstos fueron los doce apóstoles.



ARTÍCULO IV

PADECIÓ DEBAJO DEL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO.

   Jesús por todas partes donde pasaba hacía el bien.
   No obstante, tenía grandes enemigos.
   Como hay ahora, había entonces tres clases de gente: buenos, malos no obstinados y malos obstinados.
   Los buenos amaban a Jesús.
   Los malos no obstinados, al oír su divina palabra, se convertían.
   Pero los malos obstinados aborrecían mucho a Jesús y querían darle muerte.
   En una ocasión los judíos tomaron piedras para arrojarlas contra Jesús, quien les dijo:
   “Muchas obras buenas os he hecho; ¿por cuál de ellas me queréis matar?
   Varias veces trataron de quitar la vida a Jesús, y El desaparecía.
   Mas llegó el momento en que Jesús permitió le tomasen preso.
   Jesús fue azotado, coronado de espinas y clavado en la cruz.
   Poncio Pilato fue el juez malvado que dictó la sentencia de muerte contra Jesús.
   El conocía que Jesús era inocente; no obstante, para complacer a los judíos, pronunció la más injusta de las sentencias.
   Jesús fue clavado en la Cruz al mediodía y murió a las tres de la tarde, el Viernes antes de Pascua.

Jesús murió en la Cruz para salvarnos.
   Al morir Jesús, el sol se oscureció, la tierra tembló, las piedras se partieron y muchos cuerpos de santos, que habían muerto, resucitaron.
   Jesús padeció y murió realmente como hombre.
   Como Dios, no podía padecer ni morir.
   Jesús desde la Cruz nos enseñó a aborrecer el pecado  y su causa.
   La causa del pecado es el amor desordenado a los honores, riquezas y placeres.
   No necesitaba Jesús sufrir tanto para salvarnos.
   Cualquier acto de Jesús era de un valor infinito y era suficiente para salvar al mundo entero y aún a mil mundos.
   Jesús quiso sufrir tanto para que comprendiéramos:
   1º- Cuán grave mal es el pecado;
   2º- El amor inmenso que nos tiene;
   3º- Cuánto vale nuestra alma, pues para salvarla quiso Jesús derramar toda su sangre y dar su vida en medio de los más atroces tormentos.
   Cada uno debe pensar: Jesús ha muerto para salvarme a mí.  ¿Qué no debo hacer yo para corresponder al amor de Jesús y salvar mi alma?
   Jesús murió para salvar a todos los hombres; pero de tal manera murió por todos, como si muriera por uno solo.
   Como la luz del sol lo mismo aprovecha a todos que a uno solo.
   Los méritos de la pasión y muerte de Jesucristo no aprovechan a todos, porque muchos no hacen lo necesario para la aplicación de estos méritos.
   Dice San Agustín: El que te crió sin ti, no te salvará sin ti; esto es, sin tu cooperación.



ARTÍCULO V

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, AL TERCER DÍA
RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS.

   Descendió a los infiernos: significa que al morir Jesús, su alma santa fue al limbo de los justos o seno de Abrahán.
   El limbo de los justos es el lugar donde iban las almas de los justos que murieron antes que Jesucristo.
   Jesús fue a buscar aquellas almas santas para llevarlas consigo al cielo.
   Ningún hombre podía entrar en el cielo antes que Jesucristo.
   Jesús no fue al infierno de los condenados.
   Jesús al tercer día después de su muerte, resucitó glorioso y triunfante para nunca más morir.
   La resurrección tuvo lugar al alba del domingo.
   Jesús estuvo resucitado cuarenta días sobre la tierra.
   Confirmó en la fe a sus discípulos, a quienes se apareció muchas veces, hablándoles del reino de Dios.





ARTÍCULO VI

SUBIÓ A LOS CIELOS Y ESTA SENTADO A LA
 DIESTRA DE DIOS PADRE TODOPODEROSO.

   Jesús subió a los cielos cuarenta días después de su resurrección.
   La ascensión a los cielos se efectuó en el monte Olivete en presencia de María Santísima y de los discípulos.
   Está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: significa que Jesús tiene igual gloria que el Padre en cuanto Dios, y más que ningún otro ser creado en cuanto hombre.
   Jesús subió al cielo:
   1º- Para tomar posesión del reino que conquistó con su muerte.
   2º- Para prepararnos tronos de gloria.
   3º- Para ser nuestro Medianero y Abogado delante del Padre Eterno.
   Diez días después que Jesús subió a los cielos, envió al Espíritu Santo sobre los Apóstoles, en figura de lenguas de fuego.
   El Espíritu Santo cambió a los Apóstoles de hombres ignorantes en sapientísimos, y de imperfectos en llenos de santidad.
   Los Apóstoles predicaron el Evangelio en todas partes, confirmando el Señor su doctrina con milagros.
   Sellaron con su sangre la doctrina que predicaron.
   Jesús como Dios, está en todas partes.
   Como hombre, está solamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.
  

ARTÍCULO VII

DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A LOS
VIVOS Y A LOS MUERTOS.

   Jesucristo volverá del cielo visiblemente al fin del mundo.
   Vendrá a juzgar a todos los hombres.
   La palabra vivos significa los buenos; y la palabra muertos, los malos.

Los Novísimos.
   Los Novísimos o Postrimerías del hombre son: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.
   Debemos recordar a menudo estos Novísimos, pues dice el Espíritu Santo:
   “En todas tus obras acuérdate de tus Postrimerías y no pecarás jamás”.  (Eclesiástico, cap. VII, v. 40).

La muerte.
   Morir es separarse el alma del cuerpo.
   Todos hemos de morir una sola vez; no sabemos cuándo, ni cómo, ni en dónde.
   Si esta vez erramos el paso, lo hemos errado por toda la eternidad.
   Debemos, pues, estar siempre bien preparados para morir en gracia de Dios.

El juicio.
   Después de la muerte inmediatamente tendrá lugar el juicio.
   El juicio es la cuenta que el hombre debe dar a Dios y la sentencia del Divino Juez.
   Todos los hombres hemos de ser juzgados dos veces:
   La primera en la hora de la muerte; la segunda al fin del mundo.
   En estos juicios se examinarán todos los pensamientos, deseos, palabras, obras y omisiones de cada hombre, desde el primer instante del uso de razón hasta el momento de la muerte.
   El juicio de la hora de la muerte se llama particular, porque es de una sola persona.
   El juicio del fin del mundo se llama universal, porque será de todos los hombres.
   La sentencia del juicio particular es irrevocable.
   La sentencia del juicio universal será la confirmación de la del juicio particular.
   Cuando uno muere, el alma va al cielo, o al purgatorio, o al limbo de los niños, o al infierno.

El cielo.
   Va al cielo el que muere en gracia de Dios y no tiene deuda alguna de pena.
   El que tiene alguna deuda de pena va antes al purgatorio.
   El cielo es un lugar de suma y eterna felicidad; se ve claramente a Dios; se goza de todo bien, sin mal alguno.
   La gloria esencial consiste en ver claramente a Dios.
   Es más dicha ver a Dios por un instante, que gozar eternamente de todas las riquezas, placeres y honores que se pueden imaginar en este mundo; porque el mundo entero comparado con Dios es como nada.
   ¡Qué dicha será, Dios mío, veros, no por un instante, sino por toda la eternidad!
   Los buenos estarán eternamente en el cielo.
   Todos hemos sido criados para el cielo.
   Va al cielo todo el que quiere ir de veras, resueltamente, esto es, el  que pone los medios necesarios para conseguirlo.
   Todos los hombres quieren ir al cielo; pero algunos tienen sólo el querer del perezoso; quieren ir al cielo y no quieren poner los medios necesario para conseguir el más precioso de todos los bienes.
   El cielo es el premio de valor infinito que Dios tiene reservado a los que le sirven fielmente en esta vida.
   Es un premio tan precioso que para conseguírnoslo, el mismo Hijo de Dios dió toda su sangre y aún la vida.
   Si para dárnoslo, Dios nos exigiera pedírselo de rodillas dos horas diariamente, o que hiciéramos durante un millón de años la más rigurosa penitencia, aun así el cielo fuera como regalado.
   Pero Dios no nos pide tanto, sino sólo que observemos sus divinos mandamientos; cosa bien fácil de hacer con la divina gracia, que nunca falta.
   Lo único que nos puede hacer perder el cielo es el pecado mortal.
   Si los hombres para conseguir los bienes eternos, tuvieran, no digo tanto, sino la mitad del cuidado que tienen para conseguir los bienes de la tierra, todos serían santos, todos irían al cielo.
   May ¡ay! Muchos hombres viven sobre la tierra como si tuvieran que permanecer en ella para siempre, sin cuidarse para nada de merecer la eterna felicidad.
   En el cielo los premios son proporcionados a la cantidad y calidad de las obras buenas hechas en gracia de Dios.
   Quien tiene menos premio no envidia al que tiene más; como un niño contento con su vestido chico no envidia al que lo tiene grande.
   Cada obra  buena que practicamos, estando en gracia de Dios, tiene su mérito y su premio en el cielo.
   El premio correspondiente a cada obra buena, aún a las más insignificantes, es superior a todos los bienes materiales de la tierra y durará eternamente.
   Procuremos aprovechar todos los días, y aún todos los instantes de nuestra vida, haciendo todo el bien que podamos para ir aumentando siempre nuestros méritos y premios de la gloria.
   Si los que están en el cielo pudieran tenernos envidia de algo, la tendrían, porque nosotros, mientras vivimos, podemos aumentar siempre el tesoro de méritos y de premios para el cielo, y ellos no.


El purgatorio.
   Va al purgatorio el que muere en gracia de Dios y tiene alguna deuda de pena.
   Esta deuda de pena puede ser:
   1º- Por pecados veniales; y
   2º- Por no haber hecho la debida penitencia de los pecados mortales, perdonados en cuanto a la culpa y pena eterna.
   Con la confesión bien hecha se perdonan siempre las culpas graves y la pena eterna, pero no siempre queda perdonada toda la pena temporal.
   Dios, al perdonar el pecado mortal, ordinariamente conmuta la pena eterna en una pena temporal.
   Esta pena temporal debe pagarse en esta vida o en el purgatorio.
   En esta vida se paga haciendo obras buenas, especialmente cumpliendo la penitencia impuesta por el confesor.
El purgatorio es un lugar de expiación temporal.
Las almas del purgatorio, cuando han satisfecho del todo por sus pecados, van al cielo.
Dios, infinitamente justo, ninguna obra buena o mala deja sin premio o castigo, aunque se trate de cosas pequeñas.
   Los que mueren con solos pecados veniales no merecen el infierno, ni pueden ir al cielo, porque nada manchado puede entrar en él.
   Debe, pues, existir un lugar para que las almas se purifiquen antes de entrar en el cielo.
   En el purgatorio se padece la privación de la vista de Dios, el tormento del fuego y otras penas.
   El mayor dolor de las benditas Ánimas es no poder ver a Dios y pensar que, siendo El infinitamente bueno, le han ofendido.
   Las Almas benditas, al verse manchados con el pecado, con gusto se sumergen en aquellas llamas, y aun quisieran fueran más ardientes para purificarse más pronto.
   Aprendamos de las benditas Ánimas a aborrecer el pecado, aún leve, sobre todo mal.

Los sufragios.
   Podemos socorrer a las benditas Ánimas, y aún librarlas del purgatorio, con oraciones, indulgencias, limosnas y otras buenas obras, y, sobre todo, con la Santa Misa.
   Se llaman Sufragios las obras buenas que se hacen a favor de las benditas Animas del purgatorio.
   Los sufragios son sólo a manera de súplicas, que la divina justicia acepta en la medida que cree conveniente.
   Por esto un alma no siempre obtiene infaliblemente todos lo efectos de los sufragios aplicados a ella especialmente.
   La Santa Iglesia aprueba que se repitan los sufragios para un mismo difunto.
   Hacen muy mal los que no se acuerdan de aliviar con sufragios a las almas de los difuntos.
   Algunos sólo procuran que el entierro sea muy suntuoso, y nada o muy poco hacen para el alivio del alma.
   El dogma de los sufragios es motivo de alegría, no sólo para los ricos, sino también para los pobres.
   Los ricos hacen muy bien en ordenar sufragios; éstos les abreviarán mucho las penas en el purgatorio.
   Los pobres tienen una madre tiernísima, que es la Santa Iglesia, la cual ruega especialmente por ellos, que son sus hijos queridísimos.
   La devoción a las benditas Animas del purgatorio es utilísima, porque hace practicar muchas obras buenas, causa grande gozo en el cielo y ayuda en gran manera a conseguir la salvación de quien practica esta devoción.
   El voto de Animas consiste en ceder para siempre a favor de las benditas Ánimas del purgatorio, toda la parte satisfactoria de nuestras buenas obras, y todos los sufragios que otros hicieren por nosotros.
   Seamos, pues, muy devotos de las benditas Animas del purgatorio.
   Procuremos socorrerlas, oyendo Misa y comulgando muy a menudo, aun diariamente, si nos es posible; recemos el Santo Rosario, el Via Crucis, etc.
Esta es devoción buena y práctica, con la cual libraremos a muchas almas del purgatorio y las haremos entrar en el cielo.

Limbo de los niños.
   Va al limbo de los niños el que muere con el solo pecado original.
   El que muere antes del uso de razón sin el bautismo, muere con el solo pecado original.
   En el limbo no se sufre nada; se goza la felicidad natural.
   Dios hizo, pues, un gran beneficio a los que están en el limbo, dándoles la existencia; podría haberles dejado en la nada de donde los sacó
.     Los que mueren después del uso de razón van al cielo o la infierno, según que hayan o no cumplido la ley de Dios.

El infierno.
   Va al infierno el que muere con el pecado mortal.
   El infierno es el lugar en donde se padecen penas eternas.
   Estas penas son de daño y sentido.
   La pena de daño es la privación de la vista de Dios, Sumo Bien.
   Es la mayor pena de los condenados.
   Cuando el alma se separa del cuerpo se dirige hacia Dios con un ímpetu irresistible, con mucha mayor vehemencia que el pez busca el agua o el que está en el fuego procura salir de él; pero Dios rechaza eternamente al alma que está en pecado mortal.
   La pena de sentido es el tormento del fuego y todo mal, sin bien alguno.
   En el infierno los demonios son los verdugos.
   Basta un solo pecado mortal para merecer el infierno.
   En el infierno la pena es proporcionada a la cantidad y calidad de los pecados cometidos.
   Es cierto que hay infierno.
   Nuestro Señor Jesucristo, que es Verdad infalible, lo dice muchas veces en el santo Evangelio.
   Dios prohibe el mal moral y debe castigar al que lo comete.
   La ley, para que los hombres sean compelidos a cumplirla, debe tener señalada una pena a los transgresores.
   Los transgresores de la ley humana son justamente castigados; con mayor razón deben ser castigados los transgresores de le ley divina.
   Nadie puede quebrantar impunemente la ley de Dios.
   Dios es infinitamente justo; así como premia a los buenos con felicidad eterna, castiga a los malos con pena eterna.
   El pecado mortal es una ofensa grave a la majestad infinita de Dios; por consiguiente, merece un castigo infinito.
   El pecador no puede sufrir un castigo infinito en la intensidad, pero sí en la duración.
   Las penas del purgatorio son poco temidas porque son temporales.
   Dios, como sabio legislador, debía establecer un castigo, que de veras apartase del pecado mortal; tal es el castigo eterno del infierno.
   El temor del infierno es una de las causas de que se cumpla la ley de Dios y las almas se salven.
   ¿Por un solo pecado que se comete en un momento castiga Dios con una eternidad de penas?
   El castigo se mide por la gravedad de la ofensa, no por el tiempo que se emplea en cometerla.
   Aun la justicia humana castiga con cárcel perpetua, y hasta con la muerte, el crimen que se ejecuta en un momento.
   Dios es Padre de misericordia para los buenos; mas, para los que mueren en pecado mortal, es juez terribilísimo.
   Los pecadores no deben confiar en que por ser Dios bueno y misericordioso, no los ha de condenar al infierno, pues es también infinitamente justo.
   Tan bueno y misericordioso como ahora era Dios cuando de un golpe arrojó al infierno a millares de ángeles.
   Por ser Dios infinitamente bueno, ama infinitamente la virtud y aborrece infinitamente el pecado: por esto nadie premia o castiga tanto como Dios.
   Si porque Dios es bueno y misericordioso no debiera castigar con el infierno, por la misma razón no debiera permitir los males sin número que existen sobre la tierra.
   Dios, en el gobierno del universo, no se rige por el sentimentalismo de los hombres.
   En este mundo, lugar de prueba y no precisamente de premios y castigos, Dios, con sabiduría y justicia infinitas, permite catástrofes horrendas, dolores acerbísimos, que alcanzan a buenos y malos.
   N. S. Jesucristo, los santos mártires, hijos queridísimos de Dios, sufrieron tormentos tan atroces que horroriza el pensarlo.
   ¿Qué no exigirá la divina justicia que sufra el pecador rebelde obstinado en el mal?
   Los que mueren en pecado mortal quedan reducidos a la misma condición que el demonio, de quien no sentimos compasión.
   Va al infierno quien quiere, pues Dios a todos da gracia abundante para no caer en el pecado; y a los pecadores, mientras viven, les ofrece siempre generoso perdón.
   Nadie se condena sino por su propia y libre voluntad, cometiendo culpa grave.
   Aun los salvajes que nunca han oído hablar de la religión cristiana, si se condenan es por su culpa; pues a donde no llega la voz del hombre llega la voz de Dios.
   ¿Quieres que no haya infierno, sino cielo para ti?.   Vive siempre en gracia de Dios; y si tienes la desgracia inmensa de perderla, procura recobrarla cuanto antes.

El fin del mundo.
   Para cada uno de nosotros el mundo se acaba en el momento de la muerte; pero llegará un día en que el mundo se acabará para todos.
   Nadie sabe cuándo será el fin del mundo.   Nuestro Señor Jesucristo, preguntado sobre este punto, no lo quiso decir; no obstante, indicó algunas señales que lo precederán.
   Las señales que han de preceder al fin del mundo son remotas y próximas.
   Las remotas son:
   1º- Apostasía general: la generalidad de los hombres se apartará de Dios, no haciendo caso de su divina ley.
   2º- La predicación del Evangelio por todo el mundo.
   Las señales próximas son:
   Los judíos se convertirán a la religión cristiana.
   Aparecerá el hombre del pecado, llamado Anticristo, quien, con sus palabras y falsos milagros, hará una guerra muy cruel a la Iglesia de Jesucristo y casi todo el mundo le seguirá.
   Elías y Enoch vendrán a oponerse a este hombre perverso y serán martirizados.
   El Anticristo perecerá miserablemente.
   Habrá una espantosa combinación de calamidades públicas, como hambre, peste, guerras, terremotos, inundaciones, etc.
   Pero la señal más próxima será la descomposición de la naturaleza.
   El sol se oscurecerá; la luna se teñirá de sangre; las estrellas caerán; la tierra temblará; abriéndose en muchas partes; el mar dará grandes bramidos; las fieras saldrán de los desiertos, y los hombres verán visiones espantosas y monstruos horrendos; tanto que a los infelices que presenciarán los últimos días del mundo se les secarán las carnes, horrorizados al ver a toda la naturaleza en agonía.
   De las cuatro partes de la tierra saldrá un fuego tan terrible que en pocos momentos destruirá hombres, animales, bosques, ciudades y cuanto hallare a su paso, reduciéndolo todo a un montón de cenizas.
  

Resurrección.
   Un ángel con  una voz a manera de trompeta dirá: Levantaos, muertos, y venid a juicio!
   Al fin del mundo, los buenos irán al cielo y los malos al infierno, con el cuerpo y con el alma.
   Dios quiere que el cuerpo acompañe al alma en el premio o castigo eternos.
   En la vida presente el cuerpo acompaña al alma en la práctica del bien o del mal; es muy justo que la acompañe también en el premio o castigo en la vida futura.
   Ahora los buenos están en el cielo y los malos en el infierno solamente con el alma.
   El alma, aunque esté sin el cuerpo, goza de la felicidad infinita del cielo, o sufre los tormentos horribles en el infierno.
   En nosotros lo principal es el alma; un cuerpo sin alma no sufre ni goza.
   Si el cuerpo sufre o goza, es por razón del alma; o mejor dicho, es el alma que sufre o goza en el cuerpo.
   Jesús y María están en el cielo en cuerpo y alma.
   Es creencia piadosa que también están San José y los santos que resucitaron, cuando resucitó Jesús.
   Al fin  del mundo todos hemos de resucitar.
   Para Dios nada hay imposible.
   Todos, buenos y malos, tendremos el mismo cuerpo que tenemos ahora.
   El cuerpo de los buenos resucitará hermosísimo;  el de los malos feísimo.
   Después de la resurrección, los cuerpos de los buenos y de los malos serán inmortales, esto es, no podrán morir jamás.
   Las dotes de los cuerpos bienaventurados son:
   1ª- Impasibilidad: no podrán sufrir jamás pena alguna.
   2ª- Claridad: resplandecerán como el sol y las estrellas del firmamento.
   3ª- Agilidad: podrán trasladarse de un lugar a otro en un instante con el solo acto de la voluntad.
  4ª- Sutileza: podrán pasar a través de los cuerpos sólidos sin obstáculo alguno.
   La resurrección de los cuerpos de los bienaventurados es una de las causas porque la Iglesia trata con tanto respeto los cuerpos de los difuntos y prohibe quemarlos.

Juicio universal.
   Todos los hombres resucitarán y se reunirán en el valle de Josafat.
   Jesucristo volverá del cielo con grade gloria y majestad,
   Sentado en un trono de gloria, ordenará que los buenos se coloquen a su derecha y los malos a su izquierda.
   Se abrirá el libro de las conciencias y se publicarán todos los pecados de los malos y todos los actos virtuosos de los bueno.
   El divino juez dictará la sentencia.
   A los malos les dirá: Apartaos de mí, maditos; id al fuego eterno, preparado para Satanás y sus ángeles.
   Y a los buenos les dirá: Venid, benditos de mi Padre, a gozar del reino que os tengo preparado, desde el principio del mundo.
   Dictada la sentencia, la tierra se abrirá y el infierno tragará a los réprobos., quienes en cuerpo y alma quedarán eternamente sepultados en los abismos infernales.
   El fuego atormentara los cuerpo, pero no los consumirá ni les quietará la vida.
   Jesucristo y los elegidos se elevarán a los cielos, en donde reinarán y gozarán delicias infinitas por toda la eternidad.
   ¡Qué fin tan horrible el de los malos!
   ¡Por un momento de placer, los malos se acarrean una eternidad de penas las más espantosas!
   ¡Qué fin tan dichoso el de los buenos!
   ¡Por un momento de trabajo, los buenos ganan una eternidad de gloria infinita!


ARTÍCULO VIII
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO.

   El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad.
   Se llama Espíritu Santo, porque procede del Padre y del Hijo por espiración o amor.
   Al Espíritu Santo se le atribuyen especialmente la santificación de las almas y la dirección de la Iglesia.
   Los dones del Espíritu Santo son siete:
   Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.
   Sabiduría para conocer las cosas de Dios y encontrar gusto en ellas.
   Entendimiento para entender las verdades de la fe y saber obrar conforme a ellas.
   Consejo para elegir pronto y decididamente el bien.
   Fortaleza para cumplir con valor nuestros deberes.
   Ciencia para saber usar bien de las cosas creadas y dirigirlas a Dios, su último fin.
 Piedad para amar a Dios como a Padre.
 Temor de Dios para temer el ofender a Dios más que cualquier otro mal.
   Los frutos del Espíritu Santo.   Son doce:   Caridad, Gozo, Paz, Paciencia, Benignidad, Bondad, Longanimidad, Mansedumbre, Fe, Modestia, Continencia y Castidad.
   Caridad es el amor con que los buenos aman a Dios.
   Gozo es la alegría que causa a los buenos el ser amigos de Dios.
   Paz es la tranquilidad y quietud de ánimo en que viven los buenos.
   Paciencia es la resignación y gusto con que los buenos se conforman a la voluntad de Dios en cualquier tribulación
   Benignidad es el modo suave con que los buenos tratan a todos.
   Bondad es la voluntad y el deseo que tienen los buenos de hacer al prójimo todo el bien posible.
   Longanimidad es el grande ánimo que tienen los buenos; pues toda su confianza está puesta en Dios.
   Mansedumbre es la igualdad de ánimo con que los buenos sufren las injurias, sin indignarse.
   Fe es la fidelidad con que los justos creen todo lo que Dios ha revelado.
   Modestia es el cuidado, recato y delicadeza con que los buenos proceden en todos sus actos.
   Continencia es la solicitud que tiene los buenos para reprimir las pasiones desordenadas.
   Castidad es aquella pureza interior que guardan los buenos, aborreciendo las cosas deshonestas y huyendo de las ocasiones.
   ¡Cuán hermosa es el alma que tiene los dones y Frutos del Espíritu Santo!
   Los tiene el alma que está en gracia de Dios.
   En esta alma tiene el Espíritu Santo su morada especial.



ARTICULO IX

LA SANTA IGLESIA CATÓLICA
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS.

   La palabra Iglesia significa sociedad o congregación.
   Iglesia de Jesucristo es la sociedad visible fundada por N. S. Jesucristo.
   La Iglesia de Jesucristo es militante, purgante y triunfante.
   Iglesia militante: la forman los que están en este mundo.
   Iglesia purgante: la forman los que están en el purgatorio.
   Iglesia triunfante: la forman los que están en el cielo.
   Para llegar a la Iglesia triunfante es necesario pertenecer primero a la Iglesia militante.
   El noveno artículo del Credo se refiere especialmente a la Iglesia militante.
   Jesucristo fundó la Iglesia para que los hombres puedan hallar siempre en ella todos los medios necesarios para su eterna salvación.
    Estos medios son: la verdadera fe, el sacrificio y los sacramentos; además los mutuos auxilios espirituales, como la oración, el consejo y el ejemplo.
   Para salvarse es necesario pertenecer de hecho, o a lo menos con el deseo implícito, a la verdadera iglesia de Jesucristo.
   La Iglesia de Jesucristo es: perpetua e infalible.
   Perpetua significa que ha de durar hasta el fin del mundo.
   Infalible significa que no puede errar.
   Jesucristo dijo: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.   Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos.
   El infierno prevalecería y Jesucristo no estaría siempre con la Iglesia, si ésta errara o desapareciera.

La Iglesia Católica.
   La Iglesia Católica es la sociedad de los fieles cuya cabeza es el Papa.
   Para pertenecer a la Iglesia católica es necesario:
   1º- Estar bautizado.
   2º- Creer todas las verdades de la fe.
   3º- Reconocer al Papa como cabeza de la Iglesia.
   4º- No estar excomulgado.

   No pertenecen a la Iglesia Católica:
   Los infieles, herejes, cismáticos, apóstatas y excomulgados.
   Infiel es el que no está bautizado.
   Hereje es el cristiano que niega con pertinacia alguna verdad de la fe.
   Cismático es el cristiano que no reconoce al Papa como cabeza de la Iglesia.
   Apóstata es el que niega con acto externo la fe católica que antes profesaba.
   Excomulgado es el cristiano que ha sido privado por la Iglesia de los bienes espirituales comunes a todos los fieles.
   El pecado, si por él no se incurre en la excomunión, no impide el pertenecer a la Iglesia.

La verdadera Iglesia
de Jesucristo.
   La verdadera Iglesia militante de Jesucristo es la Iglesia Católica.
   La Iglesia Católica se llama también Romana, porque el Jefe de ella es el Sumo Pontífice de Roma.
   Las notas o señales por las cuales se reconoce la verdadera Iglesia militante de Jesucristo son: una, santa, católica y apostólica.
   Una: porque Jesucristo fundó una sola.
   Santa: porque Jesucristo es Santo y la fundó para santificarnos.
   Católica: la palabra católica significa universal; Jesucristo fundó su Iglesia para todos los hombres hasta el fin del mundo.
   Apostólica: Jesucristo confió su propagación y gobierno a los apóstoles y a sus legítimos sucesores.
   Estas notas o señales las reúne solamente la Iglesia Católica.
   La Iglesia Católica es una: porque siempre ha tenido y tiene en todas partes una misma fe, unos mismos sacramentos y una misma cabeza.
   Es santa: porque su cabeza, Jesucristo, es el Santo de los santos, sus sacramentos son santos, su doctrina es santa y hace santos a los que la practican.
   Digan sus enemigos, si hay en la doctrina católica algo que no dirija al hombre hacia Dios, fuente de toda santidad.
   La religión católica prescribe una pureza de costumbres admirable.
   Esta es la principal causa porque es tan odiada por los malos.
   Sólo la religión católica tiene santos, esto es, personas de virtudes tan extraordinarias que el mismo Dios da testimonio de ellas con hechos sobrenaturales.
   Nada prueba contra la santidad de la Iglesia que haya católicos, y aún ministros del altar, que observen mala conducta.
   La Santa Iglesia católica condena la mala conducta de toda persona, sea quien fuere.
   El que es malo, lo es precisamente porque no cumple con lo que prescribe la santa Iglesia Católica.
   Es católica por razón de la doctrina, del tiempo y del lugar.
   Por razón de la doctrina.   La doctrina de la Iglesia Católica ha sido siempre la misma, sin cambio alguno.
   Al declarar la Iglesia que una verdad es de fe, no establece una nueva doctrina; solamente obliga en conciencia a creer aquella verdad, como revelada por Dios.
   En materia de disciplina la Iglesia puede cambiar sus leyes según las exigencias de los tiempos y lugares.
   Por razón del tiempo.   La Iglesia Católica existe desde que la fundó Jesucristo.
   El fundador de la Iglesia Católica es Jesucristo; si hubiera sido otro, sabríamos quién fue.
   Las demás religiones, que se llaman cristianas, cuentan su existencia desde varios años y aún siglos después de Jesucristo.
   Sabemos quiénes fueron los fundadores de esas religiones; casi todos fueron católicos que se rebelaron contra la Santa Madre Iglesia.
   El protestantismo empezó a existir quince siglos después de N. S. Jesucristo.
   Afirmar que el protestantismo es la verdadera religión cristiana es admitir que la verdadera religión cristiana empezó a existir 1500 años después de N. S. Jesucristo.
   Los mismos fundadores del protestantismo fueron católicos y después protestantes.
   El protestantismo no fue, pues, fundado por N. S. Jesucristo, y por consiguiente, no es la verdadera religión cristiana.
   Por razón de los lugares.   La Iglesia católica es para todos los hombres y está extendida en toda la tierra.
   La catolicidad es tan propia de la Iglesia Romana, que en todas partes es llamada católica, y católicos son llamados sus hijos.
   Es apostólica, porque viene de los apóstoles y tiene la misma doctrina que ellos enseñaron.
   Los milagros.
   Sólo la Iglesia católica tiene el sello divino que es el milagro.
   Milagro es un hecho sensible, superior a todas las fuerzas y leyes de la naturaleza.
   Por consiguiente, el milagro sólo puede venir de Dios.
   N. S. Jesucristo probó con milagros su divinidad.
   También los muchos milagros habidos a favor de la religión católica prueban que es la verdadera religión.
   Ninguna otra religión puede citar milagro alguno auténtico en su favor.
   El Papa.
   La Iglesia católica es la verdadera Iglesia de Jesucristo, porque en ella está el Papa.
   El Papa es el Romano Pontífice, sucesor de San Pedro, Vicario de Cristo en la tierra.
   Jesucristo dijo a San Pedro:
   “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
   “Y a ti te daré las llaves de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra, ligado será en los cielos y todo lo que desatares en la tierra será también desatado en los cielos”. (SAN MATEO, VXI, 18 y 19).
  
   Con estas palabras Jesucristo constituye a Pedro cimiento y jefe supremo de su Iglesia.
   La Iglesia debe existir hasta el fin del mundo; luego las prerrogativas de Pedro han de pasar a sus sucesores hasta el fin del mundo.
   La Iglesia no puede estar fuera de su cimiento.
   El cimiento de la Iglesia es pedro y sus sucesores.
   Luego donde están Pedro y sus sucesores allí está la Iglesia.


Legítimos Pastores
de la Iglesia.

   Los legítimos Pastores de la Iglesia son el Papa y los Obispos unidos a él.
   El Papa es el obispo de Roma, sucesor de San Pedro.
   Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles.
   Jesucristo es el jefe principal o cabeza invisible de la Iglesia.   Mas la Iglesia, como sociedad perfecta y visible, debe tener un jefe visible.
   El jefe visible en toda la Iglesia es el Papa quien representa a Jesucristo en la tierra.
   El Obispo, con dependencia del Papa, es el jefe de su diócesis.
   El Obispo en la cura de almas se ayuda de los sacerdotes, y principalmente de los párrocos.
   El Párroco con dependencia del obispo, es el jefe de su parroquia.


La Iglesia docente.

   El Papa y los Obispos unidos a él, constituyen la Iglesia docente.
   La Iglesia docente ha recibido de Jesucristo la misión de enseñar las verdades y las leyes divinas a todos los hombres.
   Los hombres reciben solamente de la Iglesia docente el conocimiento pleno y seguro de todo lo que es necesario saber para vivir cristianamente.
   La Iglesia docente, al enseñarnos las verdades reveladas por Dios, no puede errar.
   El Papa solo, sin los Obispos, es infalible, cuando, como Maestro de todos los cristianos, define doctrinas acerca de la fe y costumbres.
   En todas las demás cosas el Papa no es infalible ni impecable.
   La infalibilidad del Papa no consiste en una revelación particular, ni en una inspiración profética, sino en una asistencia divina que preserva al Papa de todo error, cuando define las verdades reveladas.
    Sin la autoridad infalible del Jefe de la Iglesia, hubiera sido imposible la unidad de fe y creencias.
   Después que Jesús subió a los cielos, cada cristiano hubiera entendido la religión de Jesucristo a su modo, y no se sabría quién tendría la razón.
   Todos vemos la diferencia de opiniones que hay sobre asuntos relativos al orden natural.
   Más grande sería la diferencia de opiniones en las cosas referentes al orden sobrenatural.
  

El cuerpo y alma
de la Iglesia.
   En la Iglesia de Jesucristo se debe distinguir el cuerpo y el alma.
   El cuerpo de la Iglesia consiste en lo que tiene de visible y externo.
   El alma de la Iglesia consiste en lo interno y espiritual, especialmente en la gracia de Dios.
   Miembros vivos de la Iglesia son todos los fieles que están en gracia de Dios.
   Miembros muertos de la Iglesia son los fieles que están en pecado mortal.
   Toda persona que está en gracia de Dios pertenece al alma de la verdadera Iglesia de Jesucristo.
   Los fieles católicos que están en pecado mortal pertenecen al cuerpo de la Iglesia católica, pero no al alma.
   Los que no son católicos externamente, sin culpa suya, por no conocer la religión católica, pero aman a Dios y le sirven como saben y pueden, tienen la gracia de Dios, y pertenecen al alma de la Iglesia católica.
   Nadie puede salvarse fuera de la Iglesia católica, esto es, no hay salvación para quien muere sin pertenecer al alma de la Iglesia católica.

Importancia del noveno
artículo del Credo.
   Este artículo del Credo es en cierta manera el más importante de todos.
   La autoridad infalible de la Iglesia es la que nos asegura que las Sagradas Escrituras, el Evangelio y las verdades contenidas en el símbolo mismo, son reveladas por Dios.
   A más, la Sagrada Escritura puede ser entendida de maneras muy diversas.   De ahí la necesidad de que haya una autoridad infalible que las interprete rectamente.
   Creemos a la Iglesia  católica, porque ella tiene todos los caracteres necesarios que demuestran su divina institución.
   Por consiguiente, ella es nuestra maestra y guía para que podamos alcanzar la eterna salvación.
   Debemos, pues, obedecer a la Iglesia.
   Nuestro Señor Jesucristo dijo a sus Apóstoles:
   “El que a vosotros oye, a Mí me oye; el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia.
   El que no oye a la Iglesia, sea tenido como gentil y publicano”.

La comunión de los Santos.
   La comunión de los Santos es la comunicación de bienes espirituales entre los fieles que están en gracia de Dios.
   La palabra comunión significa comunicación.
   La palabra santos significa los fieles que están en gracia de Dios.
   Bienes espirituales son la gracia, oraciones y demás buenas obras.
   Los fieles que están en gracia de Dios son miembros vivos de un mismo cuerpo místico, del cual es cabeza N. S. Jesucristo.
   En un cuerpo la cabeza deja sentir su influencia en todos los miembros, y los bienes de uno son bienes de los demás.
   La comunión de los Santos se extiende también a las Iglesias triunfante y purgante.
   Nosotros nos encomendamos a los Santos del cielo y podemos aliviar a las almas del purgatorio.
   Los Santos del cielo ruegan a Dios por nosotros y por las almas del purgatorio.
   Los que están en pecado mortal participan solamente de los bienes externos del culto y de las plegarias de los justos para obtener el perdón.
 
Tesoro de la Iglesia.
   El tesoro de la Iglesia está formado por la parte propiciatoria, impetratoria y satisfactoria de las obras buenas hechas por los justos.
   Toda obra buena hecha en gracia de Dios es meritoria, propiciatoria, impetratoria y satisfactoria.
   Meritoria: hace ganar méritos y premios para el cielo.
   Propiciatoria: aplaca la divina justicia.
   Impetratoria: consigue gracias del Señor.
   Satisfactoria: satisface la pena temporal debida por los pecados.
   La parte meritoria es del que practica la obra buena: no se puede ceder.
   Las otras partes se pueden ceder: con ellas se forma el tesoro de la Iglesia.
 
Mérito de las obras buenas.
   Las obras buenas por razón del mérito pueden ser vivas, muertas y mortificadas.
   Vivas, son las que se hacen en gracia de Dios.
   Mientras dura la gracia de Dios son dignas de mérito y de premio eterno.
   Muertas, son las que se hacen en pecado mortal.
   Nunca tendrán mérito ni premio.
   ¡Cuán triste cosa es vivir en pecado mortal!   En tal estado, aunque se hagan obras muy buenas, no se conseguirá por ellas premio alguno en la eternidad.
   No obstante, cuantas más buenas obras hace un pecador, más fácil es que consiga la gracia de la conversión.
   Mortificadas, son las obras buenas hechas en gracia de Dios, si sobreviene el pecado mortal.
   Mientras dura el pecado mortal son como muertas; pero, si se recobra la gracia de Dios, son de nuevo vivas.
   Para que las obras buenas sean meritorias, deben hacerse con la recta intención de agradar a Dios.
   Las obras buenas no tiene todas el mismo mérito, sino que unas son mucho más meritorias que otras; y aun puede suceder que una sola tenga más mérito que muchas otras juntas.
   Las obras buenas pueden ser obligatorias y no obligatorias o supererogatorias.
   Obligatorias, son las que están mandadas bajo pena de culpa, como oír Misa en los días festivos.
   Supererogatorias, las que no son de obligación, como el oír Misa diariamente.
   Las obras buenas más recomendadas por Dios en la Sagrada Escritura son:
   1º- la oración, o sea los actos relativos al culto divino, como la santa Misa, etc.
   2º- el ayuno o las obras de mortificación.
   3º- la limosna, o las obras de caridad y misericordia.
   Las verdaderas riquezas son las obras buenas hechas en gracia de Dios.
   La magnitud del galardón debe excitarnos a practicar muchas buenas obras.
   Una buena obra y el menor acto de virtud es cosa más grande y gloriosa que todas las hazañas de los más célebres conquistadores, que las negociaciones más importantes y que la conquista o el gobierno de un imperio.
   La fe nos lo enseña y la razón misma lo convence, porque todo esto no es más que la gloria de la criatura, mientras que las buenas obras y los actos de virtud procuran la gloria del Criador.
   De aquí es menester inferir que no hay ninguna comparación, ninguna proporción entre lo uno y lo otro.
   Esta verdad bien comprendida ¡qué alientos infunde en las almas buenas para practicar todas aquellas obras que pueden contribuir a la gloria de Dios! ¡Qué fervor en todos los ejercicios de piedad! ¡Qué desprecio de todo lo que no es Dios, ni dice relación de su gloria!
   Cuando leo en el Evangelio que no quedará sin premio un vaso de agua fría dado a un pobre, digo para mi: pues ¿qué será de otras infinitas buenas obras de más importancia que me son fáciles, si las hago por Dios, el cual me promete en recompensa un bien infinito por una eternidad?
   Peso despacio estas tres cosas: un bien infinito, una eternidad y una acción de un instante que tan fácil me es, y quedo sorprendido al ver mi ceguedad: ¿no debería dedicarme sin tregua a aprovechar cuidadosamente todos los instantes de mi vida para emplearlos en buenas obras? ¡Un bien infinito por tan poca cosa!¡Una bienaventuranza eterna por un momento tan breve de trabajo!
   Poco después de haber muerto una persona muy piadosa, se apareció radiante de gloria a otra, y le dijo:
“Soy sumamente feliz; pero, si algo pudiera desear, sería el volver a la vida y padecer mucho, a fin de merecer más gloria”; añadiendo, que quisiera padecer hasta el día del juicio todos los dolores que había padecido durante su última enfermedad, para lograr solamente la gloria que corresponde al mérito de una sola Ave María.



ARTÍCULO X

EL PERDÓN DE LOS PECADOS

   El perdón de los pecados significa que Jesucristo ha dado a su Iglesia el poder de perdonar todos los pecados.
   El bautismo y la Penitencia son los Sacramentos instituidos para el perdón de los pecados.
 





ARTÍCULO XI

LA RESURRECIÓN DE LA CARNE.

La resurrección de la carne  significa que el cuerpo de todos los hombres ha de resucitar.   Véase pág. 30.



ARTÍCULO XII

LA VIDA PERDURABLE.

   La vida perdurable significa que después de esta vida presente hay otra: o eternamente bienaventurada para los buenos en el cielo, o eternamente infeliz para los malos en el infierno.
   Nuestra alma jamás morirá; ha tenido principio, pero no tendrá fin.
   Mientras exista Dios, existirá nuestra alma.
   Dentro de mil millones de años y de siglos nuestra alma existirá y estará en el cielo o en el infierno, según como nos hayamos portado en el brevísimo tiempo de esta vida.
   ¡Locura grande es cometer el pecado! ¡Por cosas que han de pasar tan pronto!, ¡perder un cielo eterno, merecer un infierno eterno!
   Amén, al fin del Credo, significa: Así es: así lo creo.

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