domingo, 26 de diciembre de 2010

CATECISMO MAYOR: BREVE HISTORIA DE LA RELIGIÓN




BREVE HISTORIA DE LA RELIGIÓN


PRINCIPIOS Y NOCIONES FUNDAMENTALES

1. Dios, sapientísimo Creador de todas las cosas, las ordenó todas a Sí como a último fin, esto es, para que le diesen gloria manifestando las divinas perfecciones en los bienes que les comunicó. El hombre, criatura principal de este mundo visible, debía también promover y realizar este fin conforme a su naturaleza racional, con los actos libres de su voluntad, conociendo, amando y sirviendo a Dios, para alcanzar luego de esta suerte el galardón que del mismo Señor había de recibir. Este vinculo moral o ley universal, con que el hombre se halla naturalmente ligado a Dios, se llama religión natural.
2. Mas, habiendo la bondad divina preparado para el hombre una recompensa muy superior a cuanto él pudiera pensar y desear, esto es, queriendo hacerle partícipe de su misma bienaventuranza, como no bastase ya para fin tan levantado la religión natural, fue menester que Dios mismo le instruyese en los deberes religiosos. De donde se sigue que la Religión, desde el principio, hubo de ser revelada, esto es, manifestada por Dios al hombre.
3. De hecho fue así, que Dios reveló la religión a Adán y a los primeros Patriarcas, los cuales sucediéndose unos a otros y viviendo juntos muchísimo tiempo„ podían transmitírsela fácilmente, hasta que Dios nuestro Señor se formó un pueblo que la guardase hasta la venida de Jesucristo, nuestro Salvador, Verbo de Dios encarnado, quien no la abolió, sino que la cumplió, perfeccionó y confió como en custodia a la Iglesia por todos los siglos.
Todo lo cual se demuestra por la historia de la Religión, que se confunde así puede decirse, con la historia de la humanidad. Por donde es cosa manifiesta, que todas las que se llaman religiones, fuera de la única verdadera revelada por Dios, de la cual hablamos, son invenciones de los hombres y desviaciones de la Verdad, de la que algunas conservan una parte, mezclada empero con muchas mentiras y absurdos.
4. En cuanto a las sectas o .divisiones que se hicieron de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, las suscitaron y promovieron, o bien los hombres presuntuosos, que abandonaron el sentir de la Iglesia universal por irse voluntaria y obstinadamente tras algún error propio o ajeno contra la Fe, y son los herejes, o .bien hombres orgullosos y -codiciosos de Mando, y que teniéndose por más alumbrados que la santa Iglesia, le arrancaron .una parte de sus hijos, para rasgar, contra la palabra de Jesucristo, la católica unidad, separándose del Papa y del Episcopado a El unido, y son los cismáticos.
Mientras tanto, el fiel cristiano católico, que inclina su razón ala palabra de Dios, predicada en nombre de la santa Iglesia por los legítimos Pastores, y cumple fielmente la santa divina ley, camina con seguridad por el camino que le guía a su último fin, y cuanto más se instruye en la Religión, más echa de ver lo razonable de la santa fe.
5. Este fue cabalmente el modo establecido por Dios para la perpetua tradición de la religión: la sucesiva y continua comunicación de los hombres entre sí, de modo que la verdad enseñada por los mayores se transmitiese en igual forma a los descendientes; lo cual debió durar aun después que en el decurso del tiempo movió él Espíritu Santo diversos escritores a poner en libros compuestos bajo su inspiración una parte de la ley divina.
Estos libros escritos con la inspiración de Dios, se llaman Sagrada Escritura, Libros Santos o la Sagrada Biblia. Llámanse libros del Antiguo Testamento los que se escribieron antes de la venida de Jesucristo, y los que se escribieron después, se llaman del Nuevo Testamento.
6. Aquí Testamento es lo mismo que Alianza o Pacto hecho por Dios con los hombres, a saber: de salvarlos por medio de un Redentor prometido, con la condición de que prestasen fe a su palabra y obediencia a sus leyes.
El antiguo Pacto lo asentó primero Dios con Adán y Noé, y después más especialmente con Abrahán y su descendencia ; pacto que exigía la fe en el futuro Redentor o Mesías y la guarda de la ley dada al principio por Dios, y promulgada más tarde a su pueblo por medio de Moisés.
El nuevo Pacto, después de la venida de Jesucristo, Redentor y Salvador nuestro, lo asienta Dios con todos los que reciben la señal que Él ha establecido, que es el Bautismo, y creen en Él y guardan la ley que el mismo Jesucristo vino a perfeccionar y completar, predicándola en persona y enseñándola de palabra a los Apóstoles. - Estos recibieron de su divino Maestro el mandato de predicar por todas partes el santo Evangelio, y lo predicaron realmente de palabra, antes que fuese escrito por divina inspiración, como después lo fue. Pero ni todos ni solos los Apóstoles escribieron, y ciertamente ni unos ni otros escribieron todo lo que habían visto y oído.
7. Por cuanto acabamos de decir, y por lo que indicamos en el número 5, se comprende la suma importancia de la Tradición divina, que es la misma palabra de Dios, declarada por Él mismo de viva voz a sus primeros ministros. Por donde en ella también estriba nuestra fe, como en solidísimo fundamento.
8. Esta Tradición divina, junto con la Sagrada Escritura, es decir, toda la palabra de Dios escrita y transmitida de viva voz, fue confiada por nuestro Señor Jesucristo a unDepositario público, perpetuo, infalible, esto es, a la santa Iglesia Católica y Apostólica; la cual, fundada puntualmente en aquella divina Tradición, apoyada en la autoridad que Dios le ha dado v reforzada con la prometida asistencia y dirección del Espíritu Santo, define qué libros contienen la divina revelación, interpreta las escrituras, fija el sentido en las dudas que acerca de las mismas sobrevienen, decide en las cosas que miran a la fe y a las costumbres, y juzga con sentencias inapelables sobre cuantas cuestiones respecto de estos puntos de suprema importancia puedan de cualquier modo extraviar la inteligencia y el corazón de los fieles creyentes.
9. Pero adviértase que este juicio compete a aquella parte escogida de la Iglesia que se llama docente o enseñante, formada, primero, por los Apóstoles, y después, por sus sucesores los Obispos, con el Papa a su cabeza, que es el Romano Pontífice, sucesor de San Pedro. - El Sumo Pontífice, dotado por Jesucristo de la misma infalibilidad de que está adornada la Iglesia, y que le es necesaria para conservar la unidad y pureza de la doctrina, puede, cuando habla ex cáthedra, esto es, como Pastor y Doctor de todos los cristianos, promulgar los mismos decretos y pronunciar los mismos juicios que la iglesia en lo que toca a la fe y a las costumbres, los cuales ninguno puede recusar sin menoscabo de su fe. Asimismo puede ejercer siempre la suprema potestad en todo lo concerniente a la disciplina y buen régimen de la Iglesia, y todos los fieles deben obedecerle con sincero obsequio de la mente y del corazón.
En la obediencia a esta suprema autoridad de la Iglesia y del Sumo Pontífice - por cuya autoridad se nos proponen las verdades de la fe, se nos imponen las leyes de la Iglesia y se nos manda todo cuanto al buen gobierno de ella es necesario - consiste la regla de nuestra fe.

PARTE PRIMERA

RESUMEN DE LA HISTORIA DEL
Creación del mundo
10. En el principio creó Dios el cielo y la tierra, con todo lo que en el cielo y en la tierra se contiene; y aunque pudiera acabar esta gran obra en un solo instante, quiso emplear seis períodos de tiempo, que la Escritura Santa llama días.
El primer día dijo: hágase la luz, y hubo luz; el segundo hizo el firmamento; el tercero separó las aguas de la tierra, y a ésta le mandó que produjese hierbas, flores y toda suerte de frutos; el cuarto hizo el sol, la luna y las estrellas; el quinto creó los peces y las aves; el sexto creó todos los otros animales y finalmente, creó al hombre.
El día séptimo cesó Dios de crear, y este día, que llamó Sábado, que quiere decir descanso, mandó más tarde, por medio de Moisés, al pueblo hebreo que fuese santificado y consagrado a Él.
Creación del hombre y de la mujer
11. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y lo hizo así: formó el cuerpo de tierra; luego sopló en su rostro, infundiéndole un alma inmortal.
Dios impuso al primer hombre el nombre de Adán, que significa formado de tierra, y le colocó en un lugar lleno de delicias, llamado el Paraíso terrenal.
12. Mas Adán estaba solo. Queriendo, pues, Dios asociarle una compañera y consorte, le infundió un profundo sueño, y mientras dormía le quitó una costilla, de la cual formó la mujer que presentó a Adán. Este la recibió con agrado y la llamó Eva, que quiere decir vida, porque había de ser madre de todos los vivientes.
De los Ángeles
13. Antes que al hombre, que es la criatura más perfecta de todo el mundo sensible, había creado Dios una infinita muchedumbre de otros seres, de naturaleza más elevada que el hombre, llamados Ángeles.
14. Los Ángeles, sin forma ni figura alguna sensible, porque son puros espíritus, creados para subsistir sin tener que estar unidos a cuerpo alguno, habían sido hechos por Dios a su imagen, capaces de conocerle y amarle, y libres para obrar el bien y el mal.
15. En el momento de la prueba, muchísimos de estos espíritus permanecieron fieles a Dios; pero muchos otros pecaron. Su pecado fue de soberbia, queriendo ser semejantes a Dios y no depender de Él.
16. Los espíritus fieles, llamados Ángeles buenos o Espíritus celestes, o simplemente Ángeles, fueron premiados con la eterna felicidad de la gloria.
17. Los espíritus infieles, llamados Diablos o Demonios, con su cabeza, que se llama Lucifer o Satanás, fueron lanzados del cielo y condenados al infierno por toda la eternidad.
Pecado de Adán Eva y su castigo
18. Había Dios puesto a Adán y Eva en estado perfecto de inocencia, gracia y felicidad, exentos, por tanto, de la muerte y de todas las miserias de alma y cuerpo.
19. Les había permitido que comiesen de todos los frutos del Paraíso terrena, vedándoles solamente que gustasen del fruto de un árbol que estaba en medio del Paraíso, y que la Escritura llama árbol de la ciencia del bien y del mal. Llamósele así porque por él Adán y Eva, en virtud de su obediencia, hubieran conocido el bien, esto es, hubieran tenido aumento de gracia y de felicidad; o en pena de su desobediencia habrían caído ellos y sus descendientes de aquella perfección y experimentado el mal, así espiritual como corporal.
Quería Dios que Adán y Eva, con el homenaje de esta obediencia, le reconociesen por Señor y Dueño.
El demonio, envidioso de su felicidad, tentó a Eva, hablándole por medio de la serpiente e instigándola a quebrantar el mandamiento recibido. Tomó Eva del vedado fruto, comió, indujo a Adán a que también él comiese, y ambos pecaron.
20. Este pecado les acarreó a ellos y a todo el linaje humano los más desastrosos efectos.
Adán y Eva perdieron la gracia santificarte, la amistad de Dios y el derecho a la bienaventuranza, quedando esclavos del demonio y merecedores del infierno. El Señor pronunció contra ellos la sentencia de muerte, los desterró de aquel lugar de delicias y los lanzó afuera a que se ganasen el pan con cl sudor de su frente, entre innumerables trabajos y fatigas.
21. El pecado de Adán propagóse luego a todos sus descendientes, excepto María Santísima, y es aquel con que todos nacemos y se llama pecado original.
22. El pecado original mancha nuestra alma desde el primer instante de nuestro ser, nos hace enemigos de Dios, esclavos del demonio, desterrados por siempre de la bienaventuranza, sujetos a la muerte y a todas las demás miserias.
Promesa de un Redentor
23. Pero Dios no desamparó a Adán y a su descendencia en tan desdichada suerte. En su infinita misericordia les prometió luego un Salvador (el Mesías), que había de venir a librar al género humano de la servidumbre del demonio y del pecado y a merecerles la gloria. Esta promesa la fue Dios repitiendo en lo sucesivo otras muchas veces a los Patriarcas y, por medio de los Profetas, al pueblo hebreo
Los hijos de Adán y los Patriarcas
24. Adán y Eva, después que fueron lanzados del Paraíso terrenal, tuvieron dos hijos, a quienes dieron los nombres de Caín y Abel. Crecidos ya en edad, Caín se dedicó a la agricultura, y Abel al pastoreo. Habiendo mostrado Dios que se agradaba de los sacrificios de Abel, el cual, piadoso e inocente, le ofrecía lo mejor de su rebaño, y que desdeñaba los de Caín, que le ofrecía los peores frutos de la tierra, éste, lleno de enojo y de envidia contra su hermano, le sacó consigo al campo como para solazarse, arrojóse, sobre él y lo mató.
25. Para consolar a Adán y Eva de la muerte de Abel, les dió el Señor otro hijo, que llamaron Set, y fue bueno y temeroso de Dios.
Adán, durante su larga vida de novecientos treinta años, tuvo otros muchos hijos e hijas, que se multiplicaron y poco a poco poblaron la tierra.
26. Entre los descendientes de Set y los otros hijos de Adán, los ancianos, padres de inmensa progenie, quedaban a la cabeza de las tribus formadas de las familias de sus hijos y nietos, y eran príncipes, jueces y sacerdotes. La historia los honra con el venerado nombre de Patriarcas. La Providencia les otorgaba larguísima vida para que enseñasen a sus descendientes la religión revelada y para que, velando sobre la fiel tradición de las divinas promesas, perpetuasen la fe en el futuro. Mesías.
El diluvio
27. Con el correr de los siglos pervirtiéronse los descendientes de Adán y llenóse toda la tierra de vicios y deshonestidades.
Por tanta corrupción, primero amenazó, después castigó Dios al género humano con un diluvio universal. Entonces hizo llover cuarenta días con cuarenta noches, hasta que las aguas cubrieron los montes más altos.
Murieron anegados todos los hombres; no se salvaron más que Noé y su familia.
28. Noé, por orden de Dios, recibida cien años antes del diluvio, había empezado a fabricar su Arca, o especie de nave, en que después entró él con su mujer y sus hijos, Sem, Cam y Jafet, con las tres mujeres de éstos y con los animales que Dios le había indicado.
La torre de Babel
29. Los descendientes de Noé se multiplicaron muy luego y crecieron en tan gran numero, que no pudiendo ya estar juntos, hubieron de pensar en separarse. Pero antes determinaron levantar una torre tan alta que llegase al cielo. La obra adelantaba a grandes pasos, cuando Dios, ofendido de tanto orgullo, bajó y confundió las lenguas por manera que los soberbios edificadores, no entendiéndose unos a otros, tuvieron que dispersarse sin llevar, a cabo su ambicioso proyecto. La torre tuvo el nombre de Babel, que quiere decir con­fusión.
El pueblo de Dios
30. Los hombres después del diluvio no permanecieron mucho tiempo fieles a Dios, sino que recayeron muy pronto en las maldades pasadas, y aun llegaron al extremo de perder el conocimiento del verdadero Dios y de entregarse a la idolatría, que consiste en reconocer y adorar como divinidad las cosas creadas.
31. Por lo cual, Dios, a fin de conservar en la tierra la verdadera religión, escogió un pueblo y tomó a su cargo el gobernarlo con especial providencia, preservándolo de la general corrupción.
Principio del pueblo de Dios. Renuévase con Abrahán el antiguo pacto
32. Para padre y tronco del nuevo pueblo escogió Dios a un hombre de Caldea, llamado Abrahán, descendiente de los antiguos Patriarcas por la línea de Heber. El pueblo que de él tuvo origen llamóse Pueblo hebreo.
Abrahán habíase conservado justo en medio de su nación, entregada al culto de los ídolos; y para que perseverase en la justicia, le ordenó Dios que saliese de su tierra y pasase a la de Canaán, llamada también Palestina, prometiéndole que le haría cabeza de un gran pueblo y que de su descendencia­ nacería el Mesías.
En confirmación de la palabra de Dios, Abrahán tuvo de su mujer Sara, bien que de edad provecta, un hijo, que llamó Isaac.
33. Para probar la fidelidad y obediencia de su siervo, le ordenó Dios que le sacrificase éste su único hijo, a quien tanto amaba y en quien recaían las divinas promesas. Pero Abrahán, seguro de estas promesas, no titubeó en la fe, y, como se escribe en la Sagrada Escritura, esperó contra la misma esperanza; dispuso todo lo concerniente al sacrificio, y lo iba a ejecutar. Pero un ángel le detuvo la mano, y en premio a su fidelidad, Dios le bendijo y le anunció que de aquel su hijo nacería el Redentor del mundo.
34. Isaac, llegado a los cuarenta años, se casó con Rebeca, su prima, madre después a un mismo tiempo de dos hijos: Esaú y Jacob.
A Esaú, como primogénito, tocábale la bendición paternal; pero el Señor dispuso que, por la solicitud de Rebeca, Isaac bendijese a Jacob, a quien antes había cedido Esaú, por una mísera compensación, el derecho de primogenitura.
35. Jacob entonces, para librarse de la ira de Esaú, tuvo que huir a Harán, a casa de su tío Labán, que le dio por esposas a sus dos hijas, Lía y Raquel, y después de veinte años regresó a su casa muy rico y con numerosa familia.
A la vuelta, por el camino, antes que se reconciliase con su hermano, en una visión que tuvo, fuéle cambiado el nombre de Jacob por el de Israel.
36. Jacob fue padre de doce hijos, de los cuales los dos últimos, José y Benjamín, eran hijos de Raquel.
Entre los hijos de Jacob, el más discreto y morigerado era José, queridísimo, más que todos, de su padre. Por este motivo le cobraron aborrecimiento sus hermanos, y este aborrecimiento los llevó a tratar contra él, primero la muerte, y después, la venta a ciertos mercaderes ismaelitas, que lo condujeron a Egipto y vendieron, a su vez, a Putifar, ministro de Faraón.
Jacob y sus hijos en Egipto
37. José en Egipto se granjeó luego con su virtud la estimación y afecto de su amo: pero después, calumniado por la mujer de Putifar, fue echado en la cárcel. Allí estuvo dos años, hasta que, por haber interpretado al Faraón o rey de Egipto dos sueños y profetizado que tras siete años de abundancia seguirían siete años de carestía, fue sacado de la cárcel y nombrado virrey de Egipto.
En el tiempo de la abundancia hizo José grandes provisiones, por manera que cuando el hambre empezó a desolar la tierra, Egipto rebosaba de víveres.
38. De todas partes había que acudir allí por trigo; Jacob se vio también forzado a enviar a sus hijos, los cuales no conocieron al principio a José; mas reconocidos de él y dándoseles a conocer, les encargó que llevasen a Egipto a su Padre con toda su familia.
Jacob, deseoso de abrazar a su amado hijo, fue allá, y el rey le señaló para su estancia y de los suyos la tierra de Gesén.
39. Después de diecisiete años de permanencia en Egipto, Jacob, vecino a la muerte, reunió en torno de sí a sus doce hijos, y con ellos a los dos hijos de José, por nombre Efraín yManasés; recomendó que volviesen a la tierra de Canaán, mas sin dejar olvidados sus huesos en Egipto; los bendijo a todos en particular, prediciendo a Judá, que el cetro o potestad suprema no saldría de su descendencia hasta la venida del Mesías.
Servidumbre de los hebreos en Egipto
40. Los descendientes de Jacob, llamados hebreos o israelitas, fueron por algún tiempo respetados y tolerados de los egipcios. Pero multiplicados en gran número, hasta formar un gran pueblo, otro Faraón, que reinó más tarde, los oprimió con el yugo de la más dura servidumbre, llegando a ordenar que todos los hijos varones recién nacidos fuesen arrojados al Nilo.
Liberación de los hebreos por Moisés
41. En la espantosa servidumbre de Egipto hubiera perecido todo el pueblo hebreo sin ver la tierra de Canaán, si Dios no viniera a sacarlo prodigiosamente de las manos de sus bárbaros opresores.
42. Un niño hebreo, por nombre Moisés, había sido salvado providencialmente de las aguas del Nilo por la hija de Faraón, que le hizo instruir y educar en la misma corte de su padre.
De él se sirvió Dios para librar a su pueblo y cumplir las promesas hechas a Abrahán.
43. Crecido ya Moisés, ordenóle el Señor que, en compañía de su hermano Aarón, fuese al Faraón y le intimase que permitiese a los hebreos salir de Egipto. Rehusólo el Faraón. Entonces Moisés, para vencer el endurecido corazón del rey, armado de una vara, hirió el Egipto con diez castigos prodigiosos y terribles, llamados las Plagas de Egipto, la última de las cuales fue que un Ángel, hacia la medianoche, comenzando por el hijo del rey, mató a todos los primogénitos de los egipcios, así de los hombres como de los animales.
44. La misma noche en que sucedió esta mortandad, los hebreos, de orden de Dios, celebraron por primera vez la fiesta de la Pascua, que quiere decir paso del Señor. He aquí el rito mandado por Dios: que cada familia matase un cordero sin mancilla y rociase con la sangre de él la puerta de su casa, con lo cual estaría a salvo al paso del Ángel; que asase la carne y la comiese luego en hábito de caminante, con el báculo en las manos, como gente que se dispone a la partida.
Este cordero, era figura del Cordero inmaculado Jesús, el cual con su sangre había de salvar de la muerte eterna a todos los hombres.
45. Faraón y todos los egipcios, a la vista de sus hijos muertos, sin más tardanza dieron prisa a los hebreos que saliesen, entregándoles todo el oro y plata y cuanto pidieron.
Partieron los hebreos, y después de tres días halláronse junto a la playa del mar Rojo.
Paso del mar Rojo
46. Muy pronto se arrepintió el Faraón de haber dejado salir a los hebreos, e inmediatamente fuese tras ellos con su ejército, y los alcanzó junto al mar.
Moisés alentó al pueblo, que estaba espantado a la vista de los egipcios, extendió su vara sobre el mar y las aguas se dividieron de parte a parte hasta el fondo, dejando ancho camino a los hebreos, que pasaron a pie enjuto.
47. Obstinado el Faraón en su perversidad, se lanzó tras ellos por aquel camino, pero apenas llegó adentro, cayeron sobre él las aguas, y  todos, hombres y caballos, quedaron anegados.
Los hebreos en el Desierto
48. Pasado el mar Rojo, entraron los hebreos en el Desierto, y en brevísimo tiempo hubieran podido llegar a la tierra prometida, Palestina, si hubieran sido obedientes a la divina ley y a las órdenes de su caudillo Moisés; pero habiendo prevaricado y rebelándose muchas veces, Dios los entretuvo cuarenta años en el desierto, dejando morir allí a todos los que habían salido de Egipto, menos dos solos: Caleb y Josué.
Por todo este tiempo proveyó Dios a su mantenimiento con una especie de escarcha de blancos y menudos granos, llamada maná, la cual todas las noches cubría la tierra y a la madrugada la recogían. Pero la noche que precedía al Sábado, día festivo para los hebreos, no caía el maná, por Id cual recogían el doble la madrugada del Viernes. Para beber, proveyóles Dios de agua, que brotó muchas veces milagrosamente de las peñas heridas por la vara de Moisés.
Una gran nube, que de día los defendía de los rayos del sol y de noche, mudándose en columna de fuego, los alumbraba y mostraba el camino, los acompañó en todo el viaje.
Los diez mandamientos de la ley de Dios
49. Al tercer mes de su salida de Egipto llegaron los hebreos a la falda del monte Sinaí. Allí fue donde, entre relámpagos y truenos, habló Dios v promulgó su ley en diez mandamientos, escritos en dos tablas de piedra, que entregó a Moisés en la cima del monte.
50. Mas cuando bajó, a los cuarenta días, de hablar con el Señor, halló Moisés que el pueblo hebreo había caído en la idolatría y adoraba un becerro de oro. Abrasado de santo celo por tamaña ingratitud e impiedad, hizo pedazos las tablas de la ley, redujo a polvo el becerro y castigó con la muerte a los principales instigadores de tan grave pecado.
Volvió a subir al monte, imploró el perdón del Señor, recibió otras tablas de la ley, y cuando bajó quedó atónito el pueblo al ver que de la faz le salían rayos de luz que la llenaban de gloria y resplandor.
El Tabernáculo y el Arca
51. Aquí, al pie del Sinaí, fabricó Moisés, por orden de Dios, y según las divinas prescripciones, el Tabernáculo y el Arca.
El Tabernáculo era una gran tienda a modo de templo que se levantaba en medio de los reales cuando los hebreos acampaban.
El Arca era un cofre de madera preciosísima, guarnecido por dentro y por fuera de oro purísimo, donde después se pusieron las tablas de la ley, un vaso del maná del desierto y la vara florida de Aarón.
52. Muchas veces los hebreos en el desierto, por murmuraciones contra Moisés y contra el Señor, se atrajeron graves castigos. Fue notable entre éstos el de las serpientes ponzoñosas, por cuya mordedura pereció gran parte del pueblo; muchos, arrepentidos después, sanaron de las mordeduras mirando una serpiente de metal que, levantada en un asta por Moisés, presentaba figura de cruz. La virtud de este emblema era símbolo de la virtud que había de tener la santa Cruz para curar, las llagas del pecado.
Josué y la entrada en la tierra de promisión
53. Después de haberlos detenido por espacio de cuarenta años en el desierto, introdujo Dios a los hombres en la tierra de promisión.
Moisés la vio desde lejos, pero no entró; Josué le sucedió en el gobierno del pueblo.
54. Precedidos del Arca, pasaron el río Jordán, cuyas aguas se habían parado para dejar libre el paso por el cauce del río: tomaron la ciudad de Jericó, sojuzgaron los pueblos que habitaban la tierra de Canaán y la dividieron en doce partes, según el número de tribus. Así castigó Dios por medio de su pueblo los gravísimos delitos de aquellas naciones.
Estas tribus tomaron el nombre de Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Benjamín, hijos de Jacob, y de Efraín y Manasés, hijos de José. Sin embargo la tribu de Leví no tuvo territorio aparte. Dios la llamó al oficio sacerdotal y quiso ser El mismo su porción y su herencia. De la tribu de Judá, según había profetizado Jacob a la hora de su muerte, nació más tarde el Redentor del mundo.
Job
55. Por aquellos tiempos vivía en Idumea un Príncipe muy acaudalado y justo, por nombre Job, el cual temía a Dios y guardábase de obrar mal. Queriendo el Señor hacer de él un dechado de paciencia en las mayores penalidades de la vida, permitió que Satanás le tentase con tribulaciones inauditas. En pocos días le arrebataron sus inmensas posesiones, la muerte le privó de su numerosa familia y él mismo vióse herido en todo el cuerpo de unas úlceras malignas. Atribulado Job con tantas desgracias, no pecó por impaciencia; derribóse la faz en tierra, adoró al Señor, y dijo: "El Señor me lo dió, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor". Dios, en premio de su resignación, le bendijo y devolviéndole la salud, le dio más prosperidades que antes.
Todo esto se describe luminosamente. en uno de los libros santos titulado Job.
Los hebreos bajo los jueces
56. Habiéndose apoderado de Palestina los hebreos guiados por Josué, ya no la abandonaron; siendo gobernados según la ley de Moisés, o por los ancianos del pueblo, o porjueces, y más tarde por reyes.
Los jueces eran personas (entre ellas dos mujeres: Débora y Jael) suscitadas y elegidas por Dios de tiempo en tiempo para librar a los hebreos siempre que en castigo de sus pecados caían bajo la dominación de sus enemigos.
57. Los dos jueces más ilustres fueron Sansón y Samuel. Dotado Sansón de una fuerza extraordinaria y maravillosa, molestó y causó durante muchos años mil estragos . a los filisteos, enemigos de Dios muy poderosos.
Traicionado después y perdidas sus prodigiosas fuerzas, recogió las que le quedaban para sacudir y derribar un templo de sus enemigos, bajo cuyos escombros se sepultó con muchos de ellos.
Samuel, último de los jueces, vencidos ya los filisteos, juntó por orden de Dios al pueblo, que alborotado hedía rey, y en su presencia eligió y consagró a Saúl, de la tribu de Benjamín, por primer rey de todo el pueblo hebreo.
Los hebreos bajo los reyes
58. Muchos años reinó Saúl, mas después de los dos primeros fue desechado por Dios a causa de una gravísima desobediencia, y fue ungido y consagrado rey un joven por nombre David, de la tribu de Judá, quien luego se hizo célebre matando en singular combate a un gigante filisteo llamado Goliat, que insultaba al pueblo de Dios puesto en orden de batalla.
59. Saúl, derrotado por los filisteos, se dio la muerte Entonces subió al trono David, que reinó sobre el pueblo de Dios cuarenta años. Acabó de conquistar toda la Palestina, sojuzgando a los infieles que allí quedaban, y se enseñoreó especialmente de la ciudad de Jerusalén, que eligió para asiento de su corte y capital de todo el reino.
60. A David sucedió Salomón, que fue el hombre más sabio que hubo jamás. Edificó el templo de Jerusalén y gozó de largo y glorioso reinado. Pero los últimos años de su vida, por las artes insidiosas de mujeres extranjeras, cayó en la idolatría, y algunos temen por su eterna salvación.
División del Reino
61. Sucedió al Rey Salomón su hijo Roboán. Por no querer éste aliviar la carga durísima de los tributos impuestos por su padre, se le rebelaron diez tribus, que tomaron por rey a Jeroboán, cabeza de los insurrectos y solas dos tribus permanecieron fieles a Roboán, las de Judá y Benjamín. El pueblo hebreo se halló de este modo dividido en dos reinos, el reino de Israel y el reino de Judá. Estos dos reinos no se unieron ya más, sino que cada uno tuvo historia por sí.
Reino de Israel y su destrucción
62. Los reyes de Israel, en número de 19, todos perversos y sumidos en la idolatría, a la que arrastraron la mayor parte del pueblo de las tribus, gobernaron por espacio de doscientos cincuenta y cuatro años. Finalmente, en castigo de sus enormes iniquidades, parte del pueblo fue dispersado, parte llevado cautivo a Asiria por Salmanasar, rey de los Asirios, y el reino de Israel cayó para no levantarse más. (A. a. C. 722.)
Enviáronse para repoblar el país colonias de gentiles, a los que se asociaron en tiempos sucesivos algunos israelitas vueltos de su destierro y algunos malos judíos, y entre todos formaron después un pueblo, que se llamó Samaritano, enemigo acérrimo de la nación judaica.
Entre los israelitas llevados cautivos a Nínive, capital de Asiria, se halló Tobías, varón santísimo de quien hay en los Libros Santos una particular historia, muy acomodada para hacernos cobrar alta estima del santo temor de Dios y de las disposiciones de su providencia.
Reino de Judá y cautividad de Babilonia
63. Los reyes de Judá, en número de 20, de los cuales algunos fueron piadosos y buenos y otros harto criminales, reinaron en junto trescientos ochenta y ocho años.
64. En tiempo de Manases, uno de los últimos reyes de Judá, aconteció lo que se escribe en el libro que se titula de Judit, la cual, matando a Holofernes, capitán general del rey de los Asirios de aquel tiempo, libró la ciudad de Betulia y toda la Judea.
Más tarde, otro rey de los Asirios, por nombre Nabucodonosor, puso fin al reino de Judá; se apoderó de Jerusalén y la destruyó, junto con el templo de Salomón, hasta los cimientos; hizo prisionero y sacó los ojos a su último rey,  Sedecías, y al pueblo lo llevó cautivo a Babilonia.
Daniel
65. Durante la cautividad de Babilonia vivió el profeta Daniel. Escogido con otros jóvenes hebreos para ser educado y luego destinado al servicio personal del rey, se granjeó con su virtud la estimación y afecto de Nabucodonosor, mayormente después de haberle manifestado e interpretado un sueño que éste había tenido y de que después se había olvidado.
También fue muy amado del rey Darío: pero los émulos le acusaron de adorar a su Dios. desobedeciendo el edicto real que lo prohibía, y lograron que fuese arrojado al foso de los leones, de los que Dios le guardó ileso milagrosamente.
Fin de la cautividad de Babilonia y vuelta de los hebreos a Judea
66. La cautividad de Babilonia duró setenta años, después de los cuales los judíos alcanzaron de Ciro la libertad. Vueltos a su patria, guiados por Zorobabel (A. a. C. 539), reedificaron Jerusalén y el Templo, alentados en la santa empresa por Nehemías, ministro del rey, y por el profeta Ageo.
67. Mas no todos regresaron a su patria. Entre los que se quedaron en tierra, extranjera se halló por divina disposición, Éster, la cual, escogida por el rey Asuero para esposa suya, salvó después a su pueblo de la ruina a que estaba condenado por el rey, instigado por el ministro Amán, que aborrecía. a Mardoqueo, tío de la reina.
68. Los judíos, recobrada la libertad, fueron en adelante más fieles al Señor, viviendo en la guarda de sus propias leyes y reconociendo por cabeza de su nación al Sumo Sacerdote, con cierta dependencia, ya del rey de Persia, ya del de Siria o de Egipto, según la suerte de las armas.
69. Entre estos reyes, algunos dejaron en paz a los judíos y otros los persiguieron para reducirlos a la idolatría. El más cruel tirano fue Antíoco Epífanes, rey de Siria, quien publicó una ley por la que todos sus vasallos estaban obligados, so pena de muerte, a abrazar la religión gentílica. Muchos judíos entonces consintieron en aquella impiedad, pero, muchos más se mantuvieron firmes y se conservaron fieles a Dios, y otros muchos murieron con glorioso martirio. Así acaeció a un santo anciano que se llamaba Eleazar y a siete hermanos, qué se decían Macabeos, con su madre.
Los Macabeos
70. Alzáronse entonces contra el impío y cruel Antíoco algunos intrépidos defensores de la religión y de la independencia de la patria, a la cabeza de los cuales, se puso un sacerdote, por nombre Matatías, con sus cinco hilos, virtuosos y esforzados como él. Se retiró primero a los montes, y juntando allí a otros valientes, bajó y desbarató a los opresores.
71. Judas, por sobrenombre Macabeo, hijo de Matatías, prosiguió la guerra comenzada por su padre, y con el favor de Dios y con la ayuda de sus hermanos fundó el pequeño reino llamado dé los Macabeos, que por espacio de ciento veintiocho años gobernaron la Judea como pontífices y capitanes, y después también como reyes.
Este gran capitán, llamado en la Sagrada Escritura varón fortísimo, dio insigne ejemplo de piedad con los difuntos y confirmó solemnemente la fe en el purgatorio, ordenando una gran colecta de dinero con destino a Jerusalén, para que allí se ofreciesen dones y sacrificios en sufragio de los que habían caído muertos en la guerra santa. Fue por sus muchas victorias bendecido del pueblo y el terror de sus enemigos. Mas al fin, oprimido de éstos, y no sostenido de los suyos, murió como héroe con las armas en la mano el año 161, antes de la era cristiana. A Judas Macabeo sucedieron uno en pos de otro sus hermanos Jonatás y Simón, y después el hijo de éste Juan Hircano, que gobernó sabia, gloriosa y felizmente.
72. Pero los hijos y descendientes degeneraron de la virtud de sus mayores, y discordes entre sí se enzarzaron en desastradas contiendas con sus poderosos vecinos, y en breve la Judea, perdidas las fuerzas y la autoridad, vino a caer poco a poco en poder de los romanos.
Los romanos y fin del reino de Judá
73. Los romanos la hicieron primero tributaria, y poco después le impusieron un rey de nación extranjera, Herodes el Grande, llamado así por algunas felices empresas, pero no ciertamente grande a juicio de la historia, la que no calla las trapacerías y vilezas que empleó para subir al ambicionado poder, del cual se valió más tarde paró perseguir la persona adorable de Jesucristo en su infancia. Afortunado en lo exterior, vivió y murió desgraciadísimo: fin ordinario de los perseguidores.
Tras él reinaron, con más o menos extensión de poderío, tres hijos suyos y dos nietos, pero duró poco su gloria, pues el reino fue presto reducido a provincia del imperio romano, que envió un gobernador para que la gobernase en su nombre.
Los Profetas
74. Para conservar a su pueblo en la guarda de la ley, o para volverlo a ella de nuevo, cuando prevaricaba y en especial para preservarlo de la idolatría, a que poderosamente propendía, suscitó Dios en todo tiempo hombres extraordinarios llamados Profetas, que inspirados por El predecían los sucesos por venir.
75. Algunos de estos Profetas, como Elías y Elíseo, no dejaron nada escrito, pero de ellos y de sus hazañas se hace mención en la Historia Sagrada.
Otros dieciséis dejaron escritas sus profecías, que se conservaron entre los Libros Santos.
76. Cuatro de éstos, Jeremías, Daniel, Ezequiel e Isaías, se llaman mayores, porque sus profecías son más extensas; los otros doce se llaman menores, por la razón contraria.
77. El principal encargo de los Profetas era conservar viva la memoria de la promesa del Mesías y preparar al pueblo para que le reconociese. Muchos siglos antes anunciaron el tiempo preciso de su venida, y describieron con tales pormenores su nacimiento, vida, pasión y muerte, que, leyendo el conjunto de sus profecías, más parecen historiadores que Profetas.
Algunas profecías relativas al Mesías
78. He aquí algunas profecías que se refieren al tiempo de la venida del Mesías.
El profeta Daniel, hacia el fin de la cautividad de Babilonia, anunciaba con toda claridad que el Mesías aparecería, viviría, sería negado y muerto por los judíos de allí a setenta semanas de años, y que poco después Jerusalén sería destruida y los judíos dispersados, sin poderse ya constituir en nación.
79. Los profetas Ageo y Malaquías anunciaban a los judíos que el Mesías vendría al segundo templo, y por consiguiente antes de su destrucción.
El profeta Isaías, además de describir muchas circunstancias del nacimiento y vida del Mesías, anunció que, después de su venida, se convertiría la gentilidad.
80. Lo que éste y demás Profetas anunciaron tuvo su cumplimiento. A saber: se cumplieron las setenta semanas, fue destruida Jerusalén, destruido el segundo Templo, los judíos fueron y siguen derramados por toda la tierra, y se convirtieron los gentiles: luego el Mesías debe haber venido. Más
todas estas profecías tuvieron su realización en la personó de nuestro Señor Jesucristo, y sólo en El; luego El es el verdadero Mesías prometido.

PARTE SEGUNDA

RESUMEN DE LA HISTORIA DEL
NUEVO TESTAMENTO

Anunciación de la Virgen María
81. Reinando Herodes, por sobrenombre el Grande, vivió en Nazaret, pequeña ciudad de Galilea, una Virgen santísima, por nombre María, desposada con José, a quien el Evangelio llama varón justo. Aunque ambos eran descendientes de los reyes de Judá, y por tanto, de la familia de David, vivían con todo pobremente y ganaban el sustento con su trabajo.
82. A esta Virgen fue enviado de Dios el Arcángel Gabriel, que la saludó llena de gracia, y le anunció que sería Madre del Redentor del mundo. Al oír estas palabras y a la vista del Ángel, turbóse al principio María; pero luego, asegurada por él, respondió: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. En el mismo instante, el Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, se encarnó en sus purísimas entrañas, y sin dejar de ser verdadero Dios, empezó a ser verdadero hombre. Este principio tuvo la redención del linaje humano.
Visita a Santa Isabel y nacimiento de San Juan Bautista
83. En el coloquio con el Arcángel supo María que su prima Isabel, mujer de un sacerdote llamado Zacarías, aunque de edad provecta, había de tener un hijo. Con santa solicitud fuese María a visitar a su prima en las montañas de Judea, para congratularse con ella y más aún para servirla como humilde criada, como lo hizo por tres meses.
Aquí fue done María, respondiendo al saludo de la prima, que inspira a del Espíritu Santo, la saludó Madre de Dios, prorrumpió en aquel sublime cántico: Magníficat, que a menudo canta la Iglesia.
84. El hijo de Isabel fue Juan Bautista, el santo Precursor del Mesías.
Nacimiento de Jesucristo y circunstancias de aquel grandioso acontecimiento
85. En aquel tiempo se publicó un edicto por el que ordenaba el emperador César Augusto que todos los vasallos del imperio romano se empadronasen, y que, por tanto, cada uno acudiese a encabezarse a la ciudad de donde traía su origen. María y José, por ser de la casa y familia de David, tuvieron que ir a la ciudad de Belén, donde David había nacido; mas no hallando hospedaje por el mucho concurso de gente que iba a empadronarse, les fue forzoso recogerse a una especie de cueva, que servía de establo, no lejos de la ciudad.
86. Allí fue donde, hacia la medianoche, el Hijo de Dios, hecho hombre por salvar a los hombres, nació de María Virgen, la cual, envolviéndole en pobres pañales, lo reclinó en un pesebre o comedero de bestias.
Esta misma noche apareció un Ángel a unos pastores que velaban en aquella comarca y guardaban su ganado, y les anunció que era nacido el Salvador del mundo. Los pastores corrieron atónitos al establo, hallaron al Santo Niño y fueron los primeros en adorarle.
Obediencia de Jesús y de su Madre Santísima a la ley
87. El octavo día del nacimiento, para obedecer a la ley, fue circuncidado el niño y le fue puesto el nombre de Jesús, según había indicado el Ángel a María, cuando le anunció el misterio de la Encarnación.
Asimismo, María Santísima, en obsequio a la ley, que no la obligaba, se presentó a los cuarenta días, ofreciendo por sí el sacrificio de las mujeres pobres, que era un par de tórtolas o palominos, y por el Niño Jesús el precio del rescate.
88. Había en el Templo un santo anciano, por nombre, Simeón, quien había tenido revelación del Espíritu Santo que no moriría sin ver primero al Cristo del Señor. Tomó en sus brazos al divino Niño y reconociéndole por su Redentor, le bendijo con sumo júbilo y le saludó con aquel tierno cántico Nunc dimittis que la Iglesia canta al terminar el oficio de cada día.
A este mismo tiempo acudió una piadosísima y anciana viuda, que viendo al divino Niño se regocijó en su corazón, y así decía maravillas de El a todos los que esperaban la redención de Israel.
Los Magos
89. Algún tiempo después del nacimiento de Jesús, entraron en Jerusalén tres Magos o sabios, venidos del Oriente, y , preguntaron: dónde había nacido el rey de los judíos.
Estando en su tierra, habían observado una estrella extraordinaria, y por ella, al tenor de una antigua profecía conocida en el Oriente, entendieron que debía de haber nacido en Judea el Deseado de las gentes; e inspirados por Dios, y siguiendo el camino indicado por la estrella, vinieron a adorarle.
Reinaba a la sazón en Jerusalén Herodes el Grande, hombre ambicioso y cruel. Turbóse éste en gran manera a las palabras de los Magos, y se informó de los príncipes de los sacerdotes en qué lugar había de nacer el Mesías. Habiendo sabido que ese lugar señalado por los Profetas era Belén, despachó a los Magos recomendándoles que volviesen presto, fingiendo que quería también ir allá para adorar al Niño recién nacido.
Partieron los Magos, e inmediatamente, la estrella que habían visto en el Oriente volvió a dejarse ver, y les fue guiando a la estancia del divino infante en Belén, pobre la cual se paró. Entraron en ella, y hallando al Niño con María su Madre, postrados le adoraron, y abiertos sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra, reconociéndole como rey, comoDios y como hombre mortal. Por la noche, avisados en sueños que no volviesen a Herodes, por otro camino regresaron a su tierra.
Muerte de los inocentes y huída a Egipto
90. Herodes esperó en vano a los Magos. Viéndose burlado, embravecióse en extremo, y esperando en su bárbara astucia matar a Jesús, mandó se diese muerte a todos los niños de dos años abajo que hubiese en Belén y su comarca.
Ya antes, un Ángel había aparecido en sueños a José para avisarle y darle orden que huyese a Egipto. José, al instante, obedeció, y con María y Jesús fuése a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes ; después de la cual, avisado de nuevo por el Ángel, volvió no a Belén en la Judea, sino a Nazaret en Galilea.
Disputa de Jesús en el Templo
91. Llegado Jesús a los doce años, lleváronle sus padres a Jerusalén a las fiestas de Pascua, que duraban siete días. Acabadas las fiestas, partiéronse a Nazaret María y José, pero Jesús, sin que ellos lo supiesen, se-quedó en Jerusalén. Tras un día de camino lo buscaron en vano entre los parientes y conocidos, regresaron en seguida afligidos a Jerusalén, y. hallándole al tercer día en el Templo, sentado entre los doctores oyéndoles y preguntándoles, la Madre dulcemente le preguntó por qué se había hecho buscar así. La respuesta que dio Jesús fue la primera declaración de su divinidad: ¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que me es preciso estar en las cosas que son de mi Padre?
Tras esto, volvióse con ellos a Nazaret. Desde este punto y hasta la edad de treinta años nada particular nos cuenta de Él el Evangelio, resumiendo toda la historia de aquel tiempo en estas palabras: Jesús vivía obediente a María y a José, y crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres.
Por el hecho de haber pasado Jesús en Nazaret el tiempo de su vida privada, fue llamado más tarde: Jesús Nazareno.
Bautismo de Jesús y su ayuno en el desierto
92. Juan, hijo de Zacarías y de Isabel, destinado por Dios, como se dilo, para ser el Precursor del Mesías y prepa­rar a los judíos a que le recibiesen, habíase retirado al de­sierto a hacer vida penitente. Llegado el tiempo de dar principio a su misión, vestido de pieles de camello y al cinto un ceñidor de cuero, salió a las riberas del Jordán y comenzó a predicar y bautizar. Su voz era: Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos.
Un día presentóse entre la muchedumbre del pueblo Jesús, que, llegado a la edad de treinta años, debía empezar a ma­nifestarse al mundo.
Juan, que le reconoció, quiso al principio excusarse, pero vencido luego, por el mandamiento de Cristo, le bautizó. Y he aquí que apenas salió Jesús del agua abriéronse los cielos, y el Espíritu Santo en figura de paloma bajó sobre El, y se oyó una voz que decía: Este es mi hijo muy amado.
Recibido el bautismo y guiado por el Espíritu Santo, fue Jesús al desierto, donde pasó cuarenta días y cuarenta noches en vigilias, ayunos y oración. Entonces fue cuando quiso ser tentado del demonio en varias formas, para enseñarnos a vencer las tentaciones.
Primeros discípulos de Jesús y su primer milagro
93. Después de esta preparación. Jesús. para dar comienzo a su vida pública, volvió a las riberas del Jordán, donde Juan continuaba predicando. Este, al verle venir, exclamó: He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo. Por este y otros testimonios en favor de Jesús repetidos el día siguiente, dos discípulos de Juan resolvieron seguir al divino Maestro, quien aquel día los retuvo consigo. Uno de éstos, por nombre Andrés, encontrándose con su hermano llamado Simón, le llevó a Jesús, que mirándole al rostro le dijo: Tú eres. Simón, hijo de Juan, en adelante te llamarás Pedro. Y estos fueron sus primeros discípulos.
94. Otros muchos, o llamados por El, como Santiago, Juan, Felipe Mateo, o movidos por su palabra, se resolvieron a seguirle. A los principios no se quedaban de continuo en su compañía, sino que después de oír sus razonamientos, volvían a sus familias y quehaceres; sólo algún tiempo después lo dejaron todo para no abandonarle ya más.
Con algunos de ellos fue una vez convidado a unas bodas en Caná de Galilea, a las que también había sido invitada su Madre María. Esta fue la ocasión en que, por intercesión de su Madre Santísima, mudó una gran cantidad de agua en exquisito y regalado vino. Este fue el primer milagro de Jesús, por, el que manifestó su propia gloria y confirmó en la fe a sus discípulos.
Elección de los doce Apóstoles
95. De entre estos discípulos escogió después doce, que llamó Apóstoles, para que estuviesen siempre con El y para enviarlos a predicar, es a saber: Simón, a quien había dado el nombre de Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y Juan, hijos del Zebedeo; Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo; Judas Tadeo, Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entrego. Por cabeza de los Apóstoles escogió a Simón o Pedro, que habla de ser luego su Vicario en la tierra.
Predicación de Jesús
96. Acompañado de los Apóstoles y otras veces precedido de ellos, recorrió por espacio de tres años toda la Judea y Galilea, predicando su Evangelio, y confirmando su doctrina con infinito número de milagros.
De ordinario, los sábados entraba en las sinagogas y enseñaba; aunque, si se ofrecía ocasión y coyuntura, no se desdeñaba de dar sus enseñanzas en cualquier sitio. Leemos, en efecto, que las turbas le seguían, y que El no sólo predicaba en las casas y plazas, sino también al aire libre, en los montes y desiertas, a la orilla del mar y desde el mismo mar, subido a la navecilla de Pedro. El célebre sermón de las ocho bienaventuranzas se llama cabalmente sermón del monte, por el lugar donde lo pronunció.
No menos predicaba con el ejemplo que con las palabras. Admirados de su larga oración, le suplicaron un día sus discípulos que les enseñase a orar, y Jesús les enseñó la sublime oración del Padrenuestro.
97. Por varias razones, y entre ellas para acomodarse a la capacidad de la mayor parte de su auditorio y a la índole de los pueblos orientales, servíase ordinariamente Jesús en sus enseñanzas de parábolas o semejanzas. Son sencillas y sublimes las del hijo pródigo, del samaritano, del buen pastor, de los diez talentos, de las diez vírgenes, del rico Epulón, del mayordomo infiel, del siervo que no quiere perdonar, de los remeros de la viña, de los convidados a las bodas, del grano de mostaza, del sembrador, del fariseo y del publicano, de los obreros, de la cizaña y otras muy sabidas de los buenos cristianos que asisten a la explicación del Santo Evangelio que se hace los domingos en las parroquias.
Efectos admirables de la palabra y del poder del Redentor
98. Comúnmente, después de sus discursos, le presentaba enfermos de todas clases: mudos, sordos, tullidos, ciegos, leprosos, y El a todos les devolvía la salud.
No sólo en las sinagogas iba derramando sus gracias y mercedes, sino en cualquier lugar donde se hallaba, en presentándose ocasión, socorría a los desgraciados que en gran número le llevaban de toda Palestina y regiones comarcanas, esparciéndose hasta la Siria la fama de sus milagros. Llevábanle especialmente poseídos del demonio, de los cuales había no pocos en aquel tiempo y Él los libraba de los espíritus malignos, que salían gritando: ¡Tú eres el Cristo, el  Hijo de Dios!
99. Dos veces, con unos pocos panes milagrosamente multiplicados, dejó hartas y satisfechas a las turbas que le seguían por el desierto; a las puertas de la ciudad de Naím resucitó al hijo de una viuda que llevaban a enterrar, y poco antes de su Pasión resucitó a Lázaro, que hedía ya en la sepultura, pues era muerto de cuatro días.
100. Infinito es el número de milagros, muchos de ellos famosísimos, que obró en los tres años de su predicación, para demostrar que hablaba como enviado de Dios, que era el Mesías esperado por los Patriarcas y vaticinado. por los Profetas, que era el mismo Hijo de Dios. Tal se manifestó en su transfiguración por el resplandor de su gloria y por la voz del Padre que se proclamaba su Hijo muy amado.
A la vista de, tales milagros, muchos se convertían y le seguían, muchos le aclamaban y alguna vez le buscaron para hacerle rey.
Guerra abierta contra Jesús
101. Estos triunfos de Jesús despertaron desde el principio la envidia de los escribas y fariseos, de los príncipes y sacerdotes y de las cabezas del pueblo, envidia que se aumentó en extremo cuándo él se puso a desenmascarar su hipocresía y a reprobar sus vicios. No tardaron en perseguirle y desacreditarle hasta llamarle endemoniado, buscando manera de cogerle en palabras, ya para desautorizarle ante el pueblo, ya para acusarle al gobernador romano.
Esta envidia fue siempre creciendo y se exacerbó más cuando, a consecuencia de la resurrección de Lázaro, se multiplicó grandemente el número de judíos que creían en Él. Entonces tuvieron consejo para matarle, y el pontífice Caifás terminó con estas .palabras : Es necesario que un hombre muera por el pueblo y que no perezca toda la nación;diciendo sin saberlo una profecía, pues en verdad, por la muerte de Jesús, se había de salvar el mundo.
Causa del odio extremo. Traición de Judas
102. Finalmente, su aborrecimiento llegó al colmo cuando cerca de la Pascua (era la cuarta que celebraba en Jerusalén después que empezó su predicación), llena la ciudad de forasteros que de todas partes venían a la fiesta, sentado Jesús en un jumentillo entró triunfante y aclamado por el pueblo, que con palmas y ramos de oliva le habían salido al encuentro, mientras algunos echaban sus vestiduras al suelo y otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían por el camino.
103. Entonces los ancianos del pueblo, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, juntándose en casa del pontífice Caifás acordaron prender a Jesús con engaño y a escondidas, de miedo que las turbas no armasen algún alboroto. La ocasión no se hizo espetar. Judas Iscariote, uno de los doce Apóstoles, poseído del demonio de la avaricia, ofreció entregarles el divino Maestro por treinta monedas de plata.
Última cena de Jesucristo e institución del sacramento de la Eucaristía
104. Era el día en que se debía sacrificar y comer el tendero pascual. Llegada la hora señalada, vino Jesús a la casa donde Pedro y Juan, mandados por Él habían dispuesto todo lo necesario para la cena y se sentaron a la mesa.
105. En esta última cena, Jesús dio a los hombres la mayor prueba de su amor, instituyendo el Sacramento de la Eucaristía.
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
106. Acabada la cena, salió de la ciudad nuestro divino Redentor, acompañado de sus Apóstoles. Diciéndoles por el camino las cosas más tiernas y dándoles las enseñanzas más sublimes, fuese según su costumbre al huerto de Getsemaní, donde, pensando en su próxima pasión, orando y ofreciéndose a su eterno Padre, sudo viva sangre y fue confortado por un Ángel.
107. Vino Judas, el traidor, a la cabeza de un escuadrón de gente desaforada, armada de palos y de espadas, y dio a Jesús un beso, que era la señal convenida para darlo a conocer.
Jesús, abandonado de los Apóstoles, que de miedo habían huído, vióse luego preso y atado de aquellos sayones, y con todo linaje de malos tratamientos fue arrastrado, primero a la casa de un príncipe de los sacerdotes llamado Anás, y después a la de Caifás, pontífice quien aquella misma noche juntó el gran Sanedrín, el cual declaró a Jesús reo de muerte.
108. Disuelta la junta de los jueces, fue entregado Jesús a los sayones, que durante aquella noche le injuriaron y ultrajaron con bárbaros tratamientos.
En esta misma dolorosa noche, Pedro amargó también el Corazón de Jesús negándole tres veces. Pero mirado por Jesús, volvió en sí y lloró su pecado toda la vida.
109. Después de amanecer, habiéndose reunido otra vez el Sanedrín, fue llevado Jesús al gobernador romano Poncio Pilato, a quien el pueblo pidió, a gritos que lo condenase a muerte. Pilato, reconocida la inocencia de Jesús y la perfidia de los judíos, buscaba trazas para salvarlo; y debiendo con ocasión de la Pascua dar libertad a un malhechor, dejó al pueblo que escogiese entre Jesús y Barrabás. ¡El pueblo escogió a Barrabás!...
Oyendo luego Pilato que Jesús era galileo, le remitió a Herodes Antipas, de quien fue despreciado y tratado como loco, y devuelto luego vestido por escarnio con una vestidura blanca.
Por fin, Pilato hízole azotar por los sayones, los cuales, después de haberle hecho todo Él una llaga, con atroz insulto le pusieron en la cabeza una corona de espinas, sobre los hombros un trapo de púrpura, una caña en la mano, y le escarnecieron saludándole por rey.
Mas no bastando nada de esto para amansar el furor de sus enemigos y de la plebe amotinada, Pilato le condenó a morir en cruz.
110. Jesús, entonces, tuvo que cargar sobre sus espaldas el duro madero de la cruz y llevarlo hasta el Calvario, donde, desnudo, abrevado con hiel y mirra, clavado en la cruz y alzado entre dos ladrones anegado en un mar de angustias y dolores, después de tres horas de penosísima agonía, expiró rogando por los que le crucificaban, que no por esto dejaron de ensañarse en Él... Aun muerto, le traspasaron el corazón de una cruel lanzada.
111. ¡No hay mente humana que pueda imaginar, ni lengua capaz de decir lo que Jesús debió de padecer ya en la noche de su prendimiento, ya en los diversos caminos de uno a otro tribunal, ya en la flagelación y coronamiento de espinas, ya en la crucifixión, y finalmente en su prolongada agonía! ... Sólo el amor, que fue la causa, puede despertar una pálida imagen de todo ello en los corazones agradecidos.
María Santísima asistió con sobrehumana fortaleza a la muerte de su divino Hijo, y unió el martirio de su corazón a los dolores de Él para la redención del linaje humano.
El Padre celestial hizo que resplandeciese la divinidad de Jesucristo en su muerte, como lo había hecho en su vida; estando en la cruz oscurecióse el sol y cubrióse la tierra de espesísimas tinieblas, y al expirar, tembló la tierra con espantoso terremoto, rasgóse de arriba abajo el velo del templo, y muchos muertos, salidos de los sepulcros, fueron vistos en Jerusalén y aparecieron a muchos...
Sepultura de Jesús, su Resurrección y su Ascensión a los cielos
112. Jesús fue crucificado y murió en día de viernes, y la misma tarde, antes de ponerse el sol, depuesto de la cruz, fue sepultado en un sepulcro nuevo, al que pusieron sellos y guardas, por temor de que sus discípulos lo robasen.
Al rayar el alba del día que siguió al sábado, sintióse un gran, terremoto; Jesús había resucitado y salido glorioso y triunfante del sepulcro. Después de aparecer a la Magdalena, se dejó ver de los Apóstoles para alentarlas y consolarlos; y algunos Santos Padres piensan que primero apareció a su Santísima Madre.
113. Cuarenta días estuvo aún Jesús sobre la tierra después de su resurrección, mostrándose en diversas apariciones a sus discípulos y conversando con ellos. Así fortalecía por modos milagrosos a los Apóstoles, confirmábalos en la fe, comunicábales cosas altísimas y dábales las últimas instrucciones; hasta que, a los cuarenta días, los reunió en el monte Olivete, y habiéndoles bendecido, visiblemente y a sus mismos ojos se alzó de la tierra y subió a los cielos.
Venida del Espíritu Santo. Predicación de los Apóstoles
114. Los Apóstoles, siguiendo las órdenes de su divino Maestro, recogiéronse luego al cenáculo de Jerusalén. Allí, por espacio de diez días, esperaron en oración al Espíritu Santo que Jesús les había prometido, y que bajó sobre ellos en forma de lenguas de fuego-la mañana del día décimo, llamado Pentecostés.
115. Ellos entonces, mudados en otros hombres, empezaron dé repente a hablar diversas lenguas, según el mismo Espíritu les movía a hablar. Aquellos días moraban en Jerusalén judíos de todas las naciones; una multitud de ellos acudió a presenciar aquel prodigio, y en un sermón que hizo San Pedro sobre las profecías verificadas en la persona de Jesucristo y los milagros obrados por Él, convirtiéronse tres mil oyentes.
Algunos días después, el mismo Pedro, junto con el Apóstol San Juan, tras una milagrosa curación de un tullido de nacimiento, hablando a aquella multitud de judíos, trajo a la fe otros cinco mil.
No sólo en Jerusalén, sino en toda la Judea, donde predicaban los Apóstoles, iba creciendo el número de los creyentes.
116. Pero luego los ancianos del pueblo y los príncipes de los sacerdotes comenzaron a perseguir a los Apóstoles, y llamados y reprendidos ásperamente, les intimaron que no hablasen más de Jesús. Ellos respondían: No podemos callar lo que hemos visto y oído; juzgad vosotros mismos si es lícito obedecer a los hambres, desobedeciendo a Dios; los prendieron, con todo, y maltratáronlos; hicieron morir al diácono San Esteban bajo una tempestad de piedras; y los Apóstoles, alegres por haber sido dignos de padecer por Jesucristo, se alentaron más a predicar, y crecía sin cesar el número de los que se convertían.
El Apóstol Pablo
117. El más célebre de los convertidos al Evangelio fue Saulo, llamado después Pablo, natural de Tarso, que fue primero enemigo furioso y perseguidor de los cristianos, y después, tocado del poder divino, vino a ser vaso de elección, el más celoso y trabajador che los Apóstoles.
Increíbles son los caminos, fatigas y tribulaciones de este prodigio de la gracia para dar a conocer el nombre y doctrina de Jesucristo entre los gentiles: de donde se llama Doctor de las gentes. Predicando la fe, no con el aparato de la humana sabiduría, sino con la virtud de Dios que la confirmaba con milagros, convertía a los pueblos, por más que fuese constantemente acusado por los enemigos de la cruz de Cristo. Estas acusaciones le llevaron providencialmente a Roma, donde pudo predicar el Evangelio a los judíos que allí residían y a los gentiles. Después de otras peregrinaciones, se restituyó a Roma, y coronando allí su apostólica vida con el martirio, fue degollado imperando Nerón, el mismo que hizo crucificar a San Pedro.
118. Nos quedan de él 14 cartas, escritas la mayor parte a las varias iglesias qua había fundado, y son otra señal de la misión apostólica que le dio Jesucristo; pues, como observa San Agustín, están escritas con tanta elevación, lucidez, profundidad y unción que revelan el espíritu de Dios.
Dispersión de los Apóstoles por todo el mundo
119. Después de haber predicado el Evangelio en Judea, según el mandamiento de Jesucristo, los Apóstoles se separaron y fueron a predicarlo por todo el mundo: San Pedro,cabeza del Colegio apostólico, se dirigió a Antioquía, donde los que creían en Jesucristo comenzaron a llamarse Cristianos. De Antioquía pasó a Roma, y allí estableció su sede, sin trasladarla ya a otro lugar. El fue Obispo de Roma, y en la misma ciudad acabó su vida como arriba se indicó, con un glorioso martirio, siendo emperador Nerón.
Los sucesores de San Pedro en la Sede romana heredaron la suprema potestad de Maestro infalible de la Iglesia que el Señor le había conferido, de fuente de toda jurisdicción y de protector y defensor de todos los cristianos. Por esta razón se llaman justamente con el nombre de Papas, que quiere decir Padres, y se han sucedido sin interrupción en la cátedra de Pedro hasta nuestros días.
120. Todos los Apóstoles, concordes y unánimes en comunión con Pedro, predicaban por todas partes la misma fe; las gentes se convertían y dejaban la idolatría, de suerte que en breve se llenó el mundo de cristianos, para cuyo gobierno los Apóstoles iban poniendo Obispos que continuasen su ministerio.

PARTE TERCERA
BREVE NOTICIA DE LA HISTORIA ECLESIÁSTICA
Las persecuciones y los mártires
121. Pero la fe cristiana tenía que pasar por durísimas pruebas para que se viese manifiestamente que venía de Dios y que sólo Dios la sustentaba. En los tres primeros siglos de su existencia, a saber, en el transcurso de trescientos años, muchas y terribles persecuciones se levantaron contra los discípulos de Jesucristo por orden de los emperadores romanos.
No era continua la guerra suscitada contra los cristianos, pero tras cortos intervalos recrudecía, y entonces los requerían para que diesen razón de su fe; constreñíanlos a ofrecer incienso a los ídolos, y si se negaban a ello, los sujetaban a todo linaje de infamias, penas y tormentos que la humana malicia podía inventar, y hasta a la misma muerte.
122. Ellos no daban motivo de enojo a sus enemigos; juntábanse para sus devociones y para asistir al divino Sacrificio comúnmente en lugares subterráneos; oscuros y solitarios que aun subsisten en Roma y en otras partes, y se llaman cementerios o catacumbas. Mas no por esto evitaban los peligros de muerte. Innumerable muchedumbre de ellos dierontestimonio, con el derramamiento de su sangre, de la fe de Jesucristo, por cuya confirmación habían muerto los Apóstoles y sus imitadores. Por esto se llaman mártires, que quiere decir testigos. La Iglesia reconocía estas preciosas víctimas de la fe, recogía sus cadáveres, dábales honrosa sepultura en los santos lugares de dormición o dormitorios, y los admitía al honor de los altares.
123. La Iglesia no gozó de sólida paz hasta el emperador Constantino, quien vencedor de sus enemigos y favorecido y alentado por una visión del cielo, publico edictos dando a todos libertad de abrazar la religión cristiana; los cristianos volvían a entrar en posesión de los bienes que les hablan confiscado; nadie podía inquietarlos por razón de su fe; no debían en adelante ser excluidos de los cargos y empleos del Estado; podían levantar iglesias; y el mismo emperador costeó a veces la fábrica de ellas.
Los confesores de la fe que estaban en las cárceles salieron libres, los cristianos empezaron a celebrar sus reuniones con público esplendor y los mismos gentiles sentíanse atraídos a glorificar al verdadero Dios.
124. Constantino, vencido su postrer competidor, quedó dueño del mundo romano, y vióse la cruz de Jesucristo ondear resplandeciente en las banderas del imperio.
Dividió después el imperio en oriental y occidental, haciendo de Bizancio, sobre el Bósforo, una nueva capital, que hermoseó y llamó Constantinopla (a. d. C. 330). Esta metrópoli vino a ser presto una nueva Roma, por la autoridad imperial que en ella residía.
Entonces el espíritu de orgullo y novelería se apoderó de algunos eclesiásticos constituidos allí en alta dignidad, los cuales ambicionaban el primado del Papa y de toda la Iglesia de Jesucristo. De allí surgieron gravísimos conflictos durante muchos siglos, y finalmente el desastroso Cisma, con que el Oriente se separó del Occidente (siglo IX) sustrayéndose en gran parte de la divina autoridad del Pontífice Romano, que es el sucesor de San Pedro. Vicario de Jesucristo.
Las herejías y los concilios
125. Cuando salía victoriosa de la guerra exterior del paganismo y vencía la prueba de feroces persecuciones, la Iglesia de Jesucristo, salteada por enemigos interiores, entraba en la guerra intestina, mucho más terrible. Guerra prolija y dolorosa, que empeñada y atizada por malos cristianos, hijos suyos degenerados, no ha llegado aún a su termino, pero de la cual saldrá la Iglesia triunfadora, conforme a la palabra infalible de su divino Fundador a su primer Vicario en la tierra, el apóstol San Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (Mateo XVI, 18.)
126. Ya en los tiempos apostólicos había habido hombres perversos que, por interés y ambición, turbaban y corrompían en el pueblo la pureza de la fe con abominables errores. Opusiéronse a ellos los Apóstoles con la predicación, con los escritos y con las infalibles sentencias del primer Concilio que celebraron en Jerusalén.
127. Desde entonces acá, no ha cesado el espíritu de las tinieblas en sus ponzoñosos ataques contra la Iglesia y las divinas verdades de que es depositaria indefectible; y suscitando constantemente nuevas herejías, ha ido atentando uno tras otro contra todos los dogmas de la cristiana religión.
128. Entre otras, han sido tristemente famosas las herejías de Sabelio, que impugnó el dogma de la Santísima Trinidad; de Manes, que negó la Unidad de Dios y admitió en el hombre dos almas; de Arrio, que no quiso reconocer la divinidad de nuestro Señor Jesucristo; de Nestorio, que rehusó a la Santísima Virgen la excelsa dignidad de Madre de Dios y distinguió en Jesucristo dos personas; de Eutiques, que en Jesucristo no admitió más que una naturaleza; de Macedonio, que combatió la divinidad del Espíritu Santo; de Pelagioque atacó el dogma del pecado original y de la necesidad de la gracia; de los Iconoclastas, que rechazaron el culto de las Sagradas Imágenes y de las Reliquias de los Santos; deBerengario, que se opuso a la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento; de Juan Hus, que negó el primado de San Pedro y del Romano Pontífice, y finalmente la gran herejía del Protestantismo (siglo XVI), forjada y propagada principalmente por Lutero y Calvino. Estos novadores, con rechazar la Tradición divina, reduciendo toda la revelación a la Sagrada Escritura, y con sustraer la misma Sagrada Escritura al legítimo magisterio de la Iglesia para entregarla insensatamente á la libre interpretación del espíritu privado, demolieron todos los fundamentos de la fe, expusieron los Libros Santos a las profanaciones de la presunción y de la ignorancia y abrieron la puerta a todos los errores.
129. El Protestantismo o religión reformada, como orgullosamente la llaman sus fundadores, es el compendio de todas las herejías que hubo antes de él, que ha habido después y que pueden aún nacer pira ruina de las almas.
130. Con una lucha que dura sin tregua hace veinte siglos, no ha cesado la Iglesia católica de defender el depósito sagrado de la verdad que, Dios le ha encomendado y de amparar a los fieles contra la ponzoña de las heréticas doctrinas.
131. A imitación de los Apóstoles, siempre que lo ha exigido la pública necesidad, la Iglesia, congregada en Concilio ecuménico o general, ha definido con toda claridad la verdad católica, la ha propuesto como dogma de fe a sus hijos, y ha arrojado de su seno a los herejes, lanzando contra ellos la excomunión y condenando sus errores.
El Concilio ecuménico o general es una augusta asamblea a la cual llama el Romano Pontífice a todos los Obispos del universo y a otros Prelados de la Iglesia, presidida por el mismo Papa en persona o por sus legados. A esta asamblea que representa a toda la Iglesia docente, le está prometida la asistencia del Espíritu Santo, y sus decisiones en materia de fe y de costumbres, después de confirmadas por el Sumo Pontífice, son seguras e infalibles como la palabra de Dios.
132. El Concilio que condenó el protestantismo fue el Sacrosanto Concilio de Trento, denominado así por la ciudad donde se celebró.
133. Herido con esta condenación, el protestantismo vio desenvolverse los gérmenes de disolución que llevaba en su viciado organismo: las discusiones lo desgarraron, multiplicáronse las sectas, que, dividiéndose y subdividiéndose, lo redujeron a menudos fragmentos. Al presente, el nombre de protestantismo no significa ya una creencia uniforme y extendida, sino que encierra un amontonamiento, el más monstruoso, de errores privados e individuales, recoge todas las herejías y representa todas las, formas de rebelión contra la santa Iglesia católica.
134. Con todo, el espíritu protestante, que es espíritu de desaforada libertad y de oposición a toda autoridad, no dejó de difundirse, y se alzaron muchos hombres que, hinchados con una ciencia vana y orgullosa o enseñoreados de la ambición y del interés, no dudaron en forjar o dar aliento a teorías trastornadoras de la fe, de la moral y de toda autoridad divina y humana.
135. El Sumo Pontífice Pío IX, después de haber condenado en el Syllabus muchas de las proposiciones más capitales de esos temerarios cristianos, para aplicar la segur a la raíz del mal, había convocado en Roma un nuevo Concilio ecuménico. Comenzó felizmente su obra ilustre y benéfica en las primeras sesiones, que se celebraron en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano (de donde le vino el nombre de Concilio Vaticano I), cuando en 1870, por las vicisitudes de los tiempos, tuvo que suspenderlas.
136. Es de esperar que, sosegada la tempestad que agita momentáneamente a la Iglesia, podrá el Romano Pontífice anudar y llevar a cabo la obra providencial del Santo Concilio, y que, deshechos los errores que ahora combaten a la Iglesia y a la sociedad civil, podremos ver pronto la verdad católica brillar con nueva luz y alumbrar el mundo con sus eternos resplandores.
Advertencias y orientaciones para el estudio de la religión en la Historia de la Iglesia
137. Aquí termina este nuestro resumen, pues no es posible seguir paso a paso los varios sucesos de la Iglesia, complicados con los acontecimientos políticos, sin decir cosas menos acomodadas a la común inteligencia, y sin desviarnos del fin y blanco de estas páginas.
El cristiano de buena voluntad provéase de un buen Compendio de Historia Eclesiástica de autor católico, y para elegirlo válgase del consejo de su párroco o de un docto confesor. - Lea con espíritu de sencillez y humildad cristiana, y verá resplandecer en su madre la Iglesia los caracteres con que nuestro Señor Jesucristo ha distinguido a la única verdadera Iglesia que El fundó, que son: Una, Santa, Católica v Apostólica.
138. UNA. - Verá resplandecer la unidad de la Iglesia en el ejercicio no interrumpido de la fe, de la esperanza y de la caridad. Verá en veinte siglos de vida, siempre joven y floreciente que cuenta la Iglesia, tantas generaciones, tanta muchedumbre de hombres, diversos en índole, nacionalidad y lenguas, unidos en una sociedad gobernada siempre por una misma y perpetua jerarquía, profesar unas mismas . creencias, confortarse con unas mismas esperanzas, participar de comunes plegarias y de unos mismos sacramentos, bajo la dirección de los legítimos pastores. Verá la jerarquía eclesiástica, formada de tantos miles de obispos y sacerdotes, conservarse estrechamente unida en la comunión y obediencia del Romano Pontífice, que es la cabeza divinamente establecida, y recibir de él las divinas enseñanzas para comunicarlas al pueblo con perfecta unidad de doctrina.¿De dónde tan maravillosa unión? De la presencia y asistencia de Jesucristo, que dijo a sus Apóstoles: He aquí que Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.
139. SANTA. - El fiel que lea con rectitud de corazón la Historia Eclesiástica, verá resplandecer la santidad de la Iglesia, no sólo en la santidad esencial de su cabeza invisibleJesucristo, en la santidad de los sacramentos, de la doctrina, de las Corporaciones religiosas, de muchísimos de sus miembros. sino también en la abundancia de los dones celestiales, de los sagrados carismas, de las profecías y milagros con que el Señor (negándolos a las demás sociedades religiosas) hace brillar a la faz del mundo la dote de la santidad, de que está exclusivamente ataviada su única Iglesia.
Quien lee con ánimo desapasionado la Historia Eclesiástica, queda atónito al contemplar la acción visible de la divina Providencia, que ha comunicado a la Iglesia la santidad y la vida, y vela por su conservación. Ella fue la que, desde los primeros siglos, suscito aquellos grandes hombres, gloria inmortal del Cristianismo que, llenos de sabiduría y sobrehumana virtud, combatieron victoriosamente las herejías y errores al paso que iban apareciendo: Santos Padres y Doctores que brillarán como estrellas por perpetuas eternidades, en frase bíblica; de cuyo unánime consentimiento podemos deducir y reconocer la Tradición y el sentido de las Sagradas Escrituras.
Y asombra no menos ver levantarse providencialmente, en tiempo y lugar oportuno, aquellas Ordenes regulares, aquellas religiosas familias, aprobadas y bendecidas por la Iglesia, en las cuales ya desde el siglo IV florecía la vida cristiana y se aspiraba a la perfección evangélica, practicando los divinos consejos pon los santos votos de castidad, pobreza y obediencia.
Véase por la historia que estas religiosas familias, en el transcurso de los siglos, han ido constantemente y van ahora sucediéndose y renovándose con un fin siempre santo, sirviéndose de los medios acomodados a la época ; ora la oración, ora la enseñanza, ora el ejercicio del ministerio apostólico, ora el cumplimiento variado y múltiple de las obras de caridad. Como su santa madre la Iglesia, están sujetas a bravas persecuciones, que a menudo y por algún tiempo las oprimen. Pero como tales institutos pertenecen a la esencia de la Iglesia por, la actuación de los consejos evangélicos, por esto no pueden perecer del todo. Y es cosa averiguada por la experiencia, que la tribulación las purifica y rejuvenece„ y renaciendo en otra parte, se multiplican y producen más copiosos frutos, quedando siempre como una fuente inexhausta de la santidad de la Iglesia.
140. CATÓLICA. -Verá con amargura el fiel que hartas veces, en el curso de los siglos, muchedumbre inmensa de cristianos, acaso naciones enteras, se desasieron miserablemente de la unidad de la Iglesia, pero verá también que Dios enviaba sucesivamente a otras gentes y a otras naciones la luz del Evangelio por medio de hombres apostólicos, encargados por Él, como lo fueron los Apóstoles, de guiar las almas a la eterna salvación. Y se consolará al reconocer que el Señor se digna confiar en nuestro siglo este apostolado a centenares y miles de sacerdotes, de religiosos de todas las Ordenes, de vírgenes que le están consagradas, los cuales recorren las tierras y los mares del viejo y del nuevo mundo para dilatar el reino de Jesucristo. Por donde sería un error dar fe a las baladronadas de los incrédulos: que el Catolicismo va extinguiéndose en el mundo, como si ya los hombres no atendiesen a otra cosa que al progreso de las ciencias y .las artes. Por el contrario, resulta claramente de las estadísticas que el número total de los católicos en las cinco partes del mundo, no obstante las persecuciones y dificultades de todo género, crece cada año, y es de esperar que haciéndose cada día más fáciles los medios de comunicación, y con el favor divino, no habrá luego tierra accesible donde en una modesta iglesia y alrededor de un pobre misionero no haya un grupo de cristianos unidos de pensamiento y de corazón con sus hermanos de todo el mundo, y, por medio de los Obispos o Vicarios apostólicos legítimamente enviados por la Sede Romana, ligados a la misma en unidad de fe y de comunión. Y esto es lo que se llama catolicidad de la Iglesia. Ella sola puede llamarse católica o universal, esto es, de todo tiempo y de todo lugar.
141. APOSTÓLICA. - Al recorrer la historia eclesiástica, verá el fiel sucederse entre increíbles dificultades tantos Romanos Pontífices que, revestidos en la persona de Pedro de las mismas prerrogativas que a él le dio Jesucristo, van comunicando también la jurisdicción a los sucesores de los demás Apóstoles, de los cuales ninguno se separó jamás de Pedro, como ahora ninguno podrá separarse de la Sede Romana sin dejar de pertenecer a la Iglesia, que por esto se dice y es realmente apostólica.
142. En la Historia Eclesiástica aprenderá el fiel a conocer y evitar a los enemigos de la Iglesia y de su fe. En el transcurso de los siglos se hallará con asociaciones o sociedadestenebrosas y secretas, que con varios nombres se fueron organizando, no ya para glorificar a Dios eterno, omnipotente y bueno, sino para derribar su culto y sustituirlo (cosa increíble, pero verdadera) por el culto del demonio.
No se maravillará de que los legítimos sucesores de San Pedro, sobre quien fundó Jesucristo su Iglesia, hayan sido y aun sean al presente, objeto de aborrecimiento, de escarnio y aversión por parte de los herejes e incrédulos, debiendo asemejarse más al divino Maestro que dijo: Si a Mí me han perseguido también a vosotros os perseguirán. Pero la verdad que verá deducirse de la historia, es ésta; que los primeros Papas por varios siglos fueron justamente ensalzados al honor de los altares, habiendo muchos entre ellos que derramaron su sangre por la fe, que casi todos los demás brillaron por sus egregias dotes de sabiduría y virtud, siempre atentos a enseñar, defender y santificar al pueblo cristiano, siempre pronto, como sus predecesores, a perder la vida por dar testimonio de la palabra de Dios. ¿Qué importa (desgraciadamente también entre los doce hubo un Apóstol malvado), qué importa que entre tantos haya habido muy pocos menos dignos de ascender a la Suprema Sede, donde toda mancilla parece gravísima? Dios lo permitió para dar a conocer su poderío en sostener a la Iglesia, conservando a un hombre infalible en la enseñanza, aunque falible en su conducta personal.

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