domingo, 26 de diciembre de 2010

El arma secreta de la Iglesia

El arma secreta de la Iglesia

Por el Padre: J. Fernando Rey 

José-Fernando Rey Ballesteros


El 27 de octubre de 2002, hace casi ocho años, tomé posesión de la parroquia en la que trabajo actualmente. Al día siguiente, 28 de octubre, lunes, celebré la Santa Misa para cinco personas. Toda la actividad pastoral se reducía a la catequesis de doce niños, un día a la semana.
Conforme fueron pasando los días, y fueron llegando los fríos, el número de personas en la celebración diaria de la Eucaristía se fue reduciendo. Y, el 18 de diciembre, me encontré con una sola persona en misa. Ni siquiera era de la parroquia: se trataba de una estudiante de Medicina que se dirigía conmigo en la parroquia donde había estado anteriormente, y que había venido a visitarme.
No soy persona excesivamente extrovertida, ni sé cómo hacer marketing, ni se me da bien vender nada, ni conozco el modo de infiltrarme en las casas para ganar adeptos. Sólo sé rezar y hablar de Dios. ¿Qué hace un sacerdote así, con los 37 años que yo entonces tenía, cuando se ve rodeado por el frío y la nieve en una parroquia que, de lunes a viernes, cuenta con los dedos de una mano las almas que acuden a cobijarse al amparo de Dios? Les puedo decir lo que hice yo: acudir al Carmelo más próximo, el de El Escorial, donde Santa Maravillas de Jesús pasó sus años de noviciado y donde recibió la iluminación que la llevó a fundar el Carmelo del Cerro de los Ángeles, e implorar allí oraciones por el rebaño que me había sido encomendado. “Hermanas” - les dije -“no tengo almas en misa. Por favor, oren ustedes para que el Señor me las traiga”.
En febrero de 2003, el número de personas que asistían diariamente a la celebración de la Eucaristía era de veinte. Durante estos ocho años, he frecuentado el Carmelo de El Escorial todo lo que me han permitido mis actividades pastorales. Y, a día de hoy, gracias a la oración todopoderosa de esas monjas que sólo viven para Dios, en mi parroquia se celebran dos misas cada jornada, a las que suelen acudir unas sesenta personas. En verano, cerca de ciento cincuenta. Y los domingos se aproximan a los mil asistentes en invierno y cerca de dos mil en verano. La catequesis parroquial cuenta con ciento cincuenta niños de diversas edades, y semanalmente imparto unas clases de Teología en los salones parroquiales, a las que acuden unas cincuenta personas.
Aquella estudiante de Medicina que, el 18 de diciembre de 2002, fue la única asistente a la misa de mi parroquia, profesará solemnemente como carmelita descalza de El Escorial el próximo 6 de noviembre con el nombre de Hermana María José de Cristo Crucificado.
Por eso amo al Carmelo. Por eso, en este día de Santa Teresa, me siento obligado a rendirme ante almas como la suya, completamente entregadas y derramadas a los pies de Jesús. Por eso siento que estas mujeres, de cuya existencia pocos saben, y cuyo único afán es vivir escondidas de la vista de los hombres y sólo pendientes de la mirada de Dios, son el arma secreta de la Iglesia. Lo sé porque lo he comprobado, y porque yo mismo debo a sus oraciones una gran parte de lo que soy.
El lunes próximo visitaré el Carmelo de Mancera, fundado por San Juan de la Cruz y habitado hoy por carmelitas descalzas. Y, de nuevo, acudiré allí como mendigo, porque quiero más almas para Dios, quiero más fidelidad para mí, y escondo en mi corazón tal cantidad de intenciones y súplicas que es milagro que no reviente. Ante esas almas rendidas al Amor descargaré el peso que arrastro conmigo, y ellas, nuevamente, lo presentarán, enjugado con el sacrificio de sus vidas, ante la mirada amorosísima de su Esposo.
Nadie sabe, aunque en el Cielo lo conoceremos, qué sería del mundo, qué sería de la Iglesia, qué sería de nosotros si no existieran los carmelos.
¡Gracias, Santa Teresa!

P. José-Fernando Rey Ballesteros
jfernandorey@jfernandorey.es

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