domingo, 26 de diciembre de 2010

No hay purgatorio para quien se aflije por los sacerdotes tibios

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No habrá purgatorio para quien se aflige a causa de los Sacerdotes tibios, sino Paraíso inmediato después del último aliento.

Jesús nos promete: "porque los amo y porque prometo, a quien ore por Mis Sacerdotes, la remisión de toda pena temporal debida. No habrá purgatorio para quien se aflige a causa de los Sacerdotes tibios, sino Paraíso inmediato después del último aliento. "

PROMESA FORMIDABLE DE JESÚS
Envío un fragmento de "La Pasión" tal como fue revelada por Jesús a Catalina Rivas, una mujer de Cochabamba, Bolivia. Este relato bellísimo tiene una descripción de los signos de la institución de la Eucaristía y una promesa formidable para quienes oran por Sus sacerdotes (la marqué en color)
El relato viene con el Imprimatur del Arzobispo de Cochabamba Lo bajé de http://www.reinadelcielo.org/la_pasión.htm

JESÚS SE PREPARA

Hay almas que consideran Mi Pasión, pero son muy pocas las que piensan en la preparación de Mi vida pública: ¡Mi soledad! Los cuarenta días que pasé en la ladera del monte, fueron los días más angustiosos de Mi vida, porque los pasé completamente solo, preparando Mi Espíritu para lo que vendría: sufrí hambre, sed, desaliento, amargura. Sabía que para ese pueblo, mi sacrificio sería inútil puesto que Me negaría. En esa soledad percibí que ni Mi nueva doctrina, ni Mis sacrificios y milagros podrían salvar al pueblo judío que se convertiría en deicida.
Sin embargo, debía cumplir mi deber, la misión divina. Debía dejar Mi semilla primero y morir después. ¡Qué triste es esto mirándolo desde el plano humano! Yo también fui hombre y sentí penas y angustias. ¡Me encontré muy solo! Mortifiqué Mi cuerpo con el ayuno y Mi Espíritu con la oración. Pedí por toda esa humanidad que Me desconocería, que Me sacrificaría tantas veces...Fui tentado como cualquier otro mortal y Satanás jamás sintió más curiosidad por saber quién era el hombre que permanecía en tanta soledad y desamparo. Piensen en todo cuanto tuve que padecer por salvar al hombre, para poder reinar en su corazón, para hacerle posible la entrada en el reino de Mi Padre.

LA CENA PASCUAL
Ahora, vamos al relato de Mi Pasión... Relato que dará gloria al Padre y Santidad a otras almas elegidas... La noche antes a ser entregado, fue plena de gozo por la Cena Pascual, inauguración del eterno Banquete, en el que el ser humano debía sentarse para alimentarse de Mí. Si Yo preguntase a los cristianos, ¿qué piensan de esta Cena?, seguramente muchos dirían que es el lugar de sus delicias, pero pocos dirían que es la delicia Mía... Hay almas que no comulgan por el gusto que experimentan sino por el gusto que Yo siento. Son pocas, pues las demás sólo vienen a Mí para pedir dones y favores. Yo abrazo a todas las almas que vienen a Mí porque vine a la tierra a hacer crecer el amor en el que las abrazo. Y como el amor no crece sin penas, así Yo, poco a poco, voy retirando la dulzura para dejar a las almas en su aridez; y esto para que vayan ayunando de su propio gusto, para hacerles comprender que deben tener la luz puesta en otro deseo: el Mío. ¿Por qué hablan de aridez como si fuese señal de disminución de Mi amor? Han olvidado que si Yo no doy alegría, deben probar ustedes sus arideces y otras penas. Vengan a Mí, almas, pero no piensen sino en que Soy Yo quien todo lo dispone y quien los incita a buscarme. ¡Si supieran cuánto aprecio el amor desinteresado y cómo será reconocido en el cielo! ¡Cuánto gozará de él, el alma que lo posee! Aprendan de Mí, queridas almas, a amar únicamente para hacer gozar a quien los ama... Tendrán dulzuras y mucho más de lo que dejan; gozarán tanto de cuanto Yo los He hecho capaces. Yo Soy quien les preparó el Banquete. Yo Soy el alimento. ¿Cómo entonces puedo hacerlos sentar a Mi mesa y dejarlos en ayunas? Yo les prometí que quien se alimenta de Mí no tendrá más hambre... Yo Me sirvo de las cosas para descubrirles Mi amor. Sigan los llamados que les hacen Mis Sacerdotes, los cuales toman ocasión de esta fiesta pascual para conducirlos a Mí, pero no se detengan en lo humano, de lo contrario harán cesar el otro objetivo de esta fiesta.
Nadie puede decir que Mi Cena se haya hecho su alimento cuando experimentan sólo dulzura... El amor crece, para Mí, a medida que cada uno se deja a sí mismo. Muchos Sacerdotes lo son porque Yo quise hacerlos Mis Ministros, no porque Me sigan de verdad... ¡Oren por ellos! Deben ofrecer a Mi Padre la pena que Yo sentí cuando en el Templo eché por tierra los bancos de los mercaderes y reproché a los Ministros de entonces por haber hecho de la casa de Dios una reunión de logreros. Cuando ellos Me preguntaron con qué autoridad Yo hacía eso, sentí una pena aún mayor al comprobar que la peor negación de Mi Misión venía justamente de Mis Ministros.
Por ello, oren por los Sacerdotes que tratan Mi cuerpo con sentido de costumbre y por ello mismo con muy poco amor... Pronto sabrán que esto debía decirles, porque los amo y porque prometo, a quien ore por Mis Sacerdotes, la remisión de toda pena temporal debida. No habrá purgatorio para quien se aflige a causa de los Sacerdotes tibios, sino Paraíso inmediato después del último aliento.
Y ahora, vuelvan a hacerse abrazar por Mí, para recibir la vida que les participé con infinita alegría a todos ustedes. Aquella noche, con infinito amor, lavé los pies a Mis Apóstoles porque era el momento cúlmine de presentar a Mi Iglesia al mundo. Quería que Mis almas supieran que, aún cuando estén cargadas de los pecados más grandes, no están excluidas de las gracias. Que están junto a Mis almas más fieles; están en Mi corazón recibiendo las gracias que necesitan. Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en Mi Apóstol Judas estaban representadas tantas almas que, reunidas a Mis pies y lavadas muchas veces con Mi Sangre, ¡habían de perderse! En aquel momento quise enseñar a los pecadores que no porque estén en pecado deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. ¡Pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda Su sangre por ustedes. Vengan todos a Mí y no teman, porque los amo; los lavaré con Mi sangre y quedarán tan blancos como la nieve; anegaré sus pecados en el agua de Mi Misericordia y nada será capaz de arrancar de Mi corazón el amor que les tengo.
Amada Mía, Yo no te He elegido en vano; responde con generosidad a Mi elección; se fiel y firme en la fe. Sé mansa y humilde para que los demás sepan cuan grande es Mi humildad.

JESÚS ORA EN EL HUERTO
Nadie cree en verdad que sudé sangre aquella noche en Getsemaní y pocos creen que sufrí mucho más en esas horas que en la crucifixión. Fue más dolorosa, porque Me fue manifestado claramente que los pecados de todos eran hechos Míos y Yo debía responder por cada uno. Así Yo, inocente, respondí al Padre como si fuese verdaderamente culpable de deshonestidad. Yo, puro, respondí al Padre como si estuviese manchado de todas las impurezas que han hecho ustedes, mis hermanos, deshonrando a Dios, que los creó para que sean instrumentos de la grandeza de la creación y no para desviar la naturaleza concedida a ustedes, con el fin de llevarla gradualmente a sostener la visión de la pureza en Mí, su Creador. Por lo tanto, fui hecho ladrón, asesino, adúltero, mentiroso, sacrílego, blasfemo, calumniador y rebelde al Padre, a quien He amado siempre. En esto, precisamente, consistió Mi sudor de sangre: en el contraste entre Mi amor por el Padre y Su Voluntad. Pero obedecí hasta el fin y, por amor a todos, Me cubrí de la mancha con tal de hacer el Querer de Mi Padre y salvarlos de la perdición eterna.
Considera cuántas agonías más que mortales tuve aquella noche y, créeme, nadie podía aliviarme en tales congojas, porque más bien veía cómo cada uno de ustedes se dedicó a hacerme cruel la muerte que se Me daba en cada instante por las ofensas cuyo rescate He pagado por entero. Quiero que se conozca una vez más cómo amé a todos los hombres en aquella hora de abandono y de tristeza sin nombre...

JESÚS INSTITUYE LA EUCARISTÍA
El deseo de que las almas estén limpias cuando Me reciben en el Sacramento del amor, Me llevó a lavar los pies a Mis Apóstoles. Lo hice también para representar el Sacramento de la penitencia, en el que las almas que han tenido la desgracia de caer en el pecado, puedan lavarse y recobrar su perdida blancura. Al lavarles los pies, quise enseñar a las almas que tienen trabajos apostólicos, a humillarse y a tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas. Me envolví con un lienzo para enseñarles que, para obtener éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. Quise que aprendan la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre sin divulgar jamás los defectos ajenos. El agua que eché sobre los pies de Mis Apóstoles, era reflejo del celo que consumía Mi corazón en deseos de la salvación de los hombres.

En aquel momento era infinito el amor que sentía por los hombres y no quise dejarlos huérfanos... Para vivir con ustedes hasta la consumación de los siglos y demostrarles Mi amor, quise ser su aliento, su vida, su sostén, ¡su todo! Entonces vi a todas las almas que, en el transcurso de los siglos, habían de alimentarse de Mi Cuerpo y de Mi Sangre y todos los efectos divinos que este alimento produciría en muchísimas almas... En muchas almas, esa Sangre Inmaculada engendraría la pureza y la virginidad. En otras, encendería la llama del amor y el celo. ¡Muchos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante Mis ojos y en Mi Corazón! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de las pasiones, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes! Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de Mi Corazón a todas las almas. Cuánto deseo que sepan el amor que sentía por ellas cuando, en el Cenáculo, instituí la Eucaristía. Nadie podría penetrar los sentimientos de Mi Corazón en aquellos momentos. Sentimientos de amor, de gozo, de ternura... Más, inmensa fue también la amargura que invadió Mi Corazón. ¿Eres acaso un buen terreno para la construcción de un magnífico edificio? Sí y no... Sí, por los dones que te He hecho desde tu nacimiento. No, por el uso que has hecho de ellos. ¿Piensas que tu terreno es el adecuado en proporción a la estructura del edificio que Yo levanto? ¡Oh, es mezquino! Entonces Mis cálculos, a pesar de todos los elementos contrarios que existen en ti, no fallarán, porque es Mi arte escoger lo que es pobre al intento que Me propongo. Yo jamás Me equivoco porque uso arte y amor. Construyo activamente sin que tú te percates. Tu mismo deseo de saber lo que estoy haciendo Me sirve para probarte que nada puedes y nada sabes sin que Yo lo quiera...Es tiempo de trabajar, no Me pidas nada porque hay alguien que piensa en ti.
Quiero decir a Mis almas la amargura, el tremendo dolor que llenaba Mi Corazón esa noche. Si bien era grande Mi alegría de hacerme compañero de los hombres hasta el fin de los siglos y Alimento divino de las almas, y veía cuántas Me rendirían homenaje de adoración, de amor, de reparación, no fue poca la tristeza que Me ocasionó el contemplar a todas aquellas almas que habrían de abandonarme en el Sagrario y cuántas dudarían de Mi presencia en la Eucaristía. ¡En cuántos corazones manchados, sucios y completamente desgarrados por el pecado tendría que entrar y cómo Mi carne y Mi Sangre, profanadas, se convertirían en motivo de condenación para muchas almas! Tú no puedes comprender la forma en la cual contemplé todos los sacrilegios, ultrajes y tremendas abominaciones que se cometerían contra Mí... Las muchísimas horas que iría a pasar sólo en los Sagrarios. ¡Cuántas noches largas! ¡Cuántos hombres rechazarían los amorosos llamados que les dirigiría! Por amor a las almas, permanezco prisionero en la Eucaristía, para que en sus dolores y pesares vayan a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el más fiel amigo. Pero ese amor, que se consume por el bien de los hombres, no va a ser correspondido. Moro en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina; y ellos, en cambio, pese a su naturaleza enferma se alejan de Mi, Me ultrajan y Me desprecian.
¡Hijos Míos, pobres pecadores! No se alejen de Mí, los espero noche y día en el Sagrario. No voy a reprochar sus crímenes. No voy a echarles en cara sus pecados. Lo que haré será lavarlos con la Sangre de Mis llagas. No teman, vengan a Mí. ¡No saben cuánto los amo!

Y ustedes, almas queridas, ¿por qué están frías e indiferentes a Mi amor? Sé que tienen que atender las necesidades de su familia, de su casa y del mundo que los solicita sin cesar. Pero, ¿no tendrán un momento para venir a darme prueba de su amor y de su gratitud? No se dejen llevar de tantas preocupaciones inútiles y reserven un momento para venir a visitar al Prisionero del amor. Si su cuerpo está enfermo, ¿no pueden encontrar unos minutos para buscar al Médico que debe curarlos? Vengan a quien puede devolverles las fuerzas y la salud del alma... Den una limosna de amor a este Mendigo divino que los llama, los desea y los espera.
Estas palabras producirán en las almas el efecto de una gran realidad. Penetrarán en las familias, en las escuelas, en las casas religiosas, en los hospitales, en las prisiones, y muchas almas se rendirán a Mi amor. Los más grandes dolores Me vienen de las almas sacerdotales y religiosas. En el instante de instituir la Eucaristía, vi a todas las almas privilegiadas que se alimentarían con Mi Cuerpo y con Mi Sangre, y los efectos producidos en ellas. Para algunas, Mi Cuerpo sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que llegaría a consumir sus miserias, inflamándolas con amor. ¡Ah!... Esas almas reunidas ante Mi, serán un inmenso jardín en el cual cada planta produce diferente flor, pero todas me recrean con su perfume... Mi Cuerpo será el sol que las reanime. Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supieran, almas amadísimas, cuán fácil el consolar, ocultar y descansar a todo un Dios! Este Dios que los ama con amor infinito, después de librarlos de la esclavitud del pecado, ha sembrado en ustedes la gracia incomparable de la vocación religiosa, los ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios, Redentor suyo, se ha hecho su Esposo. El mismo los alimenta con Su Cuerpo purísimo y con Su Sangre apaga su sed. En Mí encontrarán el descanso y la felicidad. ¡Ay, hijita! ¿Porqué tantas almas, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, han de ser motivo de tristeza para Mi Corazón? ¿No Soy siempre el mismo? ¿Acaso He cambiado para ustedes?... ¡No! Yo no cambiaré jamás y, hasta el fin de los siglos, los amaré con predilección y con ternura. Sé que están llenos de miserias, pero esto no me hará apartar de ustedes Mis miradas más tiernas y con ansia los estoy esperando, no sólo para aliviar sus miserias, sino también para colmarlos de Mis beneficios. Si les pido amor, no Me lo nieguen; es muy fácil amar al que es el Amor mismo. Si les pido algo caro a su naturaleza, les doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para que sean Mi consuelo. Déjenme entrar en sus almas y, si no encuentran en ellas nada que sea digno de Mi, díganme con humildad y confianza: "Señor, ya ves los frutos que produce este árbol, ven y dime qué debo hacer para que, a partir de hoy, broten los frutos que Tu deseas".

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