sábado, 15 de enero de 2011

EL SALUDO LITÚRGICO

El Beso a los consagrados


Siguiendo el ejemplo del Señor, que lavo y besó los pies a los Apóstoles,  la iglesia en vista de la dignidad y gracia sacerdotal que poseen los clérigos, ha conservado la sana tradición de saludar a los consagrados de una forma distinta al usado en el mundo secular 

A continuación se describe la manera correcta de saludar a un Clérigo o a un consagrado de manera habitual:


BESOS REVERENCIALES

Al PAPA: El protocolo indica que se debe saludar al Papa inclinando la rodilla izquierda y besar su anillo del pescador, las mujeres deber ir con velo negro, excepto las reinas católicas que portarán velo blanco.

Antiguamente la forma de saludar al Santo Padre de manera habitual era mediante el besapiés, que era darle un beso a la mula papal arrodillado (precedido de una triple genuflexión de la rodilla izquierda, ya que la derecha esta reservada solo para Dios). Tanto el clero como los fieles eran admitidos a besar el pie del Papa como acto de singular reverencia; por eso, tanto dentro como fuera de funciones litúrgicas, era de antigua tradición que sus sandalias tuvieran una cruz en el empeine, como insignia personal del Papa. Eran de terciopelo o lana roja. 

A los Cardenales: Se les besa el anillo con la rodilla izquierda en tierra.

A los obispos: Se les hace una genuflexión con la rodilla izquierda y después se les besa el anillo estando en pie.

A los Sacerdotes: Se les besa la mano derecha en la parte de arriba por estar consagrada. Entre sacerdotes se besan la palma de las manos.

A los religiosos: Se les besa el rosario que llevan colgando del hábito.

En Santa Misa de Ordenación de un Sacerdote y en algunos casos en su primera misa, se acaba con el besamanos: en él se besan las partes de arriba de ambas manos, excepto los otros sacerdotes que besan la palmas de las manos.

En la celebración de la Santa Misa de forma extraordinaria o gregoriana con el rito de 1962, antes de que el monaguillo entregue un objeto al sacerdote tiene que besar el objeto y la mano del sacerdote. Lo contrario al recibirlo: primero besa la mano y después el objeto.

Cuando un obispo visita la santa sede es común que pida un "baciamano" que es una audiencia con el Papa para asegurarle su fidelidad. También se usa la expresión B.L.M. (Besa la mano) en algunas comunicaciones oficiales. En la literatura y la Zarzuela se dice "beso a Vd. los pies".



¡BESEMOS LAS MANOS CONSAGRADAS! 


Nuestro Señor en la ultima cena besó y lavó los pies de los Apóstoles.

Por la importancia que consideramos tiene y por la casi total pérdida de dicha costumbre católica, copiamos éste artículo para que recuperemos esta devota costumbre





Al tratar sobre el saludo cristiano, nos referimos a la laudable costumbre –desgraciadamente en vías de caer en desuso– de besar las manos consagradas de los sacerdotes. Hoy queremos abundar en este tema y referirnos a los ósculos como signos de reverencia y respeto.

El beso u ósculo es el acto de rozar algo con los labios. La palabra latina “osculum” significa “boquita” (de "os": “boca” y “culum”: sufijo diminutivo) y alude a que para besar se hace la boca pequeña contrayendo los labios. De la misma raíz proviene la palabra “adorar”, es decir llevar “ad os”, a la boca algo para besar. Éste es el sentido de la “adoración” del Papa que hacían los cardenales después de su elección. Cada purpurado se acercaba al nuevo pontífice sentado sobre su trono en la Capilla Sixtina y “lo adoraba”, es decir le besaba sucesivamente la mula, la rodilla y el anillo, lo que no significaba en modo alguno un acto de culto de latría.

El beso ha sido siempre y en todas partes un signo de afecto y respeto. Por afecto, se besa filialmente a los padres, paternalmente a los hijos, cariñosamente a familiares y amigos, tierna o pasionalmente a la persona amada, benévolamente a los animales domésticos… También se besa sus retratos u objetos que los representan o les pertenecen. Por respeto, se besa la mano de las señoras (antiguamente también la orla de sus vestidos) y, en los pueblos de cultura patriarcal, la mano del paterfamilias.

Una hermosa costumbre se refería al pan que se desechaba por haber caído en lugar sucio o por haberse endurecido. Antes de arrojarlo a la basura se lo besaba y la persona se persignaba como pidiendo perdón por tirar “el pan de Dios”, el que Él nos da respondiendo a nuestra petición del Padrenuestro. En tiempos hodiernos las madres ya no enseñan a sus hijos esta señal de delicadeza, que encerraba un hondo significado de solidaridad para con los hambrientos.

En la Iglesia Católica existen dos clases de besos u ósculos: los litúrgicos y los reverenciales. 

Los besos litúrgicos se dan a las personas y objetos sagrados durante los actos del culto: la Santa Misa, la celebración de los sacramentos, bendiciones, procesiones, etc. Normalmente, se besa la mano del celebrante cuando se le entrega o se recibe algo de él y el objeto entregado y recibido. También se besan las cosas bendecidas (palmas, candelas, pan bendito, etc.).

Los ósculos reverenciales se dan a las sagradas imágenes y a las estampas de Dios, la Virgen, los ángeles y los bienaventurados y a las reliquias de estos últimos; a los objetos piadosos y de devoción (cruces, rosarios, escapularios, agnusdei, etc.). También a las personas sagradas, empezando por el Papa, objeto de la adoratio (según se ha explicado antes) y cuyo annulum piscatoris (el anillo del Pescador) se ha de besar en audiencia. Los prelados consagrados con el orden episcopal –ya sean cardenales, patriarcas, arzobispos y obispos– son acreedores del ósculo a su anillo pastoral, acto que en el pasado se hallaba indulgenciado. El beso tanto al anillo papal como al episcopal debe hacerse haciendo genuflexión con la pierna izquierda, puesto que la derecha se reserva a Jesus sacramentado.

A los prelados no constituidos en el orden episcopal y los sacerdotes, tanto seculares como regulares, se les besa la mano por razón de las unciones con que ésta ha sido consagrada para tocar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Y se hace en la mano derecha porque ella es el vehículo de las bendiciones del buen Dios. El gesto se ha de acompañar con una inclinación. 

El Rey de España saluda al Papa con un Beso de Anillo


¿Por qué al Papa y a los obispos se les besa el anillo y no la mano como a los demás sacerdotes?

Porque el anillo es el signo externo de su autoridad apostólica y de su unión con la iglesia que presiden.

En el protocolo epistolar eran sólitas las siguientes fórmula de despedida del remitente de la carta: “que besa la sagrada púrpura de Vuestra Eminencia” (en el caso de dirigirse a un cardenal) y “que besa el pastoral anillo de Vuestra Excelencia” (tratándose de un arzobispo u obispo). 


El ósculo a la púrpura de un Príncipe de la Iglesia es hoy meramente retórico, pero debió practicarse en el pasado besando la orla de la cauda cardenalicia, como se besaban las de las vestiduras de ciertos potentados y dignatarios civiles y religiosos y de las señoras.

El ósculo depositado en una mano consagrada es un acto a la vez de humildad, de piedad y de religión. Es un acto de humildad porque indica el reconocimiento de una subordinación, aunque no a la persona sino a la dignidad (de ahí que nunca hay que substraerse a besar la mano de algún sacerdote aunque se lo considere indigno); es la subordinación del laico al clérigo, que está constituido en un orden superior. Es un acto de piedad porque el hijo rinde homenaje a su padre espiritual y también porque se reconoce y se muestra visiblemente respeto a lo sagrado. Es, en fin, un acto de religión, porque se honra a Dios honrando a sus ministros. En estos tiempos de descreimiento y de galopante apostasía también es de modo especial un elocuente acto de fe, por el cual se reverencia la mano que ha sido consagrada para ofrecer el santo sacrificio de la Misa.

Es una pena que se vaya perdiendo la costumbre del besamano a los sacerdotes, pero da aún más pena el que ellos mismos en muchos casos la retiren, rehusando esta muestra de respeto de parte de los fieles. A veces se debe a una actitud de humildad mal entendida porque no se comprende lo que se ha dicho antes: que el homenaje no es a la persona sino a la dignidad que ésta ostenta y representa. Escamotear el honor debido a su dignidad no hace más humilde a la persona del sacerdote ciertamente, pero sí puede llegar a humillar al fiel que se ve retirar la mano que quiere besar, lo cual puede ser tomado como un rechazo. Otras veces esta actitud puede deberse –y esto sí es grave– a una concepción errónea sobre la identidad sacerdotal y sobre la naturaleza de lo sagrado.

Pensemos en un san Pío X o en un beato Juan XXIII: han sido reconocidos como modelos de modestia y humildad y, sin embargo, mantuvieron íntegra la etiqueta de la antigua corte pontificia, que hacía de la persona del Papa un objeto de constante pleitesía. ¿Puede dudarse de la sinceridad o la virtud de estos papas? Lo que pasa es que eran perfectamente conscientes de su altísima dignidad y estaban convencidos de que su honra redundaba en el esplendor de la fe católica y en la gloria de Dios.

¡Besemos las manos consagradas!


El Beso Litúrgico







San Pablo es el primero que habla de este gesto, hasta entonces extraño al culto, como gesto de saludo y de espiritual fraternidad : Salutate fratres omnes in ósculo sancto (1) No podemos precisar si el Apóstol se refería con estas palabras a un rito litúrgico; pero esto es sumamente probable, porque San Justino, a mitad del siglo II, lo recuerda expresamente como tal. 

Nada impide creer que en esta época el beso se diese sobre los labios, como era costumbre en la vida civil, y sin distinción de sexo; tal promiscuidad estaba en vigor todavía en África en tiempo de Tertuliano, el cual no disimula la dificultad para un marido pagano de permitir a la mujer cristiana alicui fratrum ad osculum convenire (2). Pero es fácil comprender que cuando la simplicidad y la pureza de las costumbres primitivas comenzaron a disminuir, un gesto tal podía dar lugar a abusos, los cuales se trató de remediar con varios medios.

El principal fue el de limitar el beso a cada uno de los sexos, hombres con hombres, mujeres con mujeres, como prescribe la Traditio. La carta del Pseudo-Clemente (siglos II-III) no sólo atestigua que los hombres se cambiaban solamente entre ellos el beso, viri viris (3), sino que añade el particular curioso de que las mujeres besaban la mano derecha de los hombres, envuelta por ellos en el pliegue del vestido. 





El abrazo y el beso fraterno entre los fieles fue un rito siempre admitido en la sinaxis eucarística por todas las iglesias de Oriente y de Occidente, si bien en momentos diversos. Para eso el diácono invitaba a los presentes con una fórmula concreta, como está en uso en Jerusalén: Complectámini et osculámini vos ínvicem (4), o como esta otra de la Iglesia ambrosiana: Offerte vobis pacem (5) (asumida por el Misal Romano en la reforma litúrgica de 1969). En la liturgia galicana e hispano-mozárabe era enfatizada por una oración, la collectio ad pacem (6). 


El beso de paz se mantuvo en el uso litúrgico tanto en Roma como en todo el Occidente, hasta el siglo XIII, y no sólo entre el clero sino también entre los fieles. Inocencio III (+1216) hace notar en torno a este particular: Sacerdos praebet osculum oris ministro…; pacis osculum per universos fideles diffunditur in ecclesia. Fue hacia este periodo que por iniciativa de los franciscanos, el beso entre acólitos fue sustituido por un abrazo, y a los fieles el celebrante empezó a transmitir la paz dando a besar, en un primer tiempo, la patena o un libro litúrgico (el evangeliario normalmente) y posteriormente un instrumento llamado osculatorium (portapaz), o lapis pacis o tabula pacis (8) según que estuviese compuesto de piedra o madera. 


Al final de la Edad Media, viniendo a menos la tradicional separación de sexos en la iglesia, la circulación del portapaz entre los fieles, se convirtió frecuentemente en causa de desórdenes y frivolidades. Por ello en algunas iglesias fue suprimido sin más; en otras fue colocado en un lugar fijo, donde pudiera besarlo quien quisiera. Pero ni siquiera fue suficiente todo esto, y al final el beso de la paz quedó prácticamente reservado a los clérigos en la Misa Solemne. Los porta-paces, esculpidos en plata o metal, a menudo con representaciones de la Crucifixión, sirvieron únicamente para llevar la paz a los dignatarios eclesiásticos presentes, o según la costumbre de muchos lugares, a los nuevos esposos en la Misa Nupcial. En España se mantuvo hasta la reforma litúrgica conciliar en la Misa Mayor cantada del domingo en todas las parroquias, y era llevado por uno de los monaguillos hasta los primeros fieles de cada banco de la nave. 

Portapaz

El beso de paz que como expresión de fraterna concordia se intercambiaba entre los miembros de la gran familia cristiana, era dado a todo aquel que entraba a formar parte de ella, como señal de aquel vínculo de paz que de ahora en adelante le ligaba a la comunidad. Es éste el significado que asume el beso impreso sobre la frente del neófito por parte de todos los fieles, del que nos habló San Justino, y el intercambiado en otras circunstancias litúrgicas análogas, como en las ordenaciones entre obispos consagrantes y consagrado, entre el neosacerdote y sus condiscípulos, entre el monje y la comunidad, en la reconciliación de los penitentes entre éstos y el obispo, en el matrimonio entre los esposos, según una antiquísima costumbre recordada por Tertuliano (por mucho tiempo desaparecida hasta su reintroducción en la reforma litúrgica posconciliar) y siempre vigente en la Iglesia griega. 


El beso litúrgico es un gesto de veneración y respeto entre personas y cosas sagradas. Entre las cosas merecen el primer lugar el altar y el evangeliario, ambos símbolos de Cristo. En el modo extraordinario del rito romano son siete las veces en las que el sacerdote besa el altar, dos únicamente (al principio y al final de la celebración) en el modo ordinario. Así mismo en las misas cantadas y solemnes, el obispo o el sacerdote besan el evangeliario llevado por el diácono tras la lectura de la perícopa evangélica. Son besos dirigidos a Cristo, como indirectamente los que los portantes dan a las crismeras de los óleos en su consagración el Jueves Santo, la del sacerdote a la patena en la Misa, los que se dan a los indumentos litúrgicos y los que los acólitos y ministros dan a los objetos que procuran al sacerdote (vinajeras, cucharilla de naveta e incensario, etc.) 


El Papa brindando un osculo al patriarca ortodoxo de constantinopla

Por lo que respecta al beso entre personas sagradas, especial mención merece el que se da a la mano de los obispos y sacerdotes. Es antiquísimo y Paulino, biógrafo de San Ambrosio, cuenta que éste, cuando era niño, se hacía besar la mano por sus hermanas, fingiendo ser obispo. Se besaba la mano del sacerdote en el acto de dar la comunión; Geroncio lo atestigua al final del siglo V para Melania, la cual al final de su vida, habiendo recibido del obispo Juvenal el Santo Viático, le besó la mano y exhaló su espíritu. También después del 1000, en el norte de Francia se mantenía todavía el uso de besar la mano al sacerdote mientras daba la comunión. 


El Pontifical de la Curia del siglo XIII prescribe que el abad recién bendecido, bese al obispo en la boca después de haber recibido de él la comunión. 


A los obispos de la Iglesia antigua se les besaba también los pies en señal de mayor veneración, como refiere San Jerónimo, y tal práctica quedó en vigor durante mucho tiempo en la Iglesia. Sin embargo desde el siglo XI aparece como un privilegio reservado al Romano Pontífice. Cuatro son las circunstancias en que se besaban los pies al Pontífice: inmediatamente después de su elevación y coronación, en la recepción solemne después de una triple genuflexión, así como en la coronación de los reyes; también en la celebración de la Misa Solemne, de parte del diácono, antes de cantar el Evangelio, y en la consagración de los obispos hecha por él. 


NOTAS
Saludad a todos los hermanos con el ósculo santo. 
Acercarse a alguno de los hermanos para saludarle con el beso. 
Los hombres a los hombres. 
Abrazaos y besaos mutuamente. 
Ofreceos la paz. 
Oración para la paz. 
El sacerdote ofrece el beso de la paz al diácono…; el beso de la paz se difunde por todos los fieles en la iglesia. 
Piedra de la paz o tabla de la paz.

Dom Gregori Maria

Autor: José Rodrigo López Cepeda, MSpS | Fuente: www.100sacerdotes.com
Beso sus manos sacerdotales
No podré olvidar la primera vez que se acercó a mí y me extendió su mano...
Beso sus manos sacerdotales
Beso sus manos sacerdotales
En los campos de México, como en los de España, existe la bella costumbre de invitar al sacerdote a bendecir los campos de cultivo. En los primeros años de mi ministerio había hecho este rito, lleno de tantas esperanzas para los hombres que viven de su trabajo en el campo.

Recién llegado a México se me encomendó la atención como vicario cooperador de una zona rural y visitaba 24 comunidades dedicadas a las labores del campo. El primer año fui invitado por don Nicanor, un ranchero jalisciense, curtido por los años, de intensos ojos azules y piel blanca. Rebasaba ya los 60 años, pero su constitución física, acostumbrada al trabajo, era la de un hombre joven y fuerte. Se le respetaba en el rancho por su prudencia y su sabiduría empírica.

No podré olvidar la primera vez que se acercó a mí y me extendió su mano. Yo lo saludé como a otro más, dándole la mía, pero hizo un gesto que traté de evitar. Y es que don Nicanor hizo el intento de besarme la mano. Con fuerza quise impedirlo. Quizá por venir de España, en donde toda forma de clericalismo se ha ido cambiando por la indiferencia e incluso el rechazo al sacerdote.

Pero sin pensarlo él me sujetó fuertemente la mano, la llevo a sus labios y con el sombrero descubierto la besó. Luego me miró a los ojos y me dijo con cierta autoridad en su voz: «No lo beso a usted. Beso al Señor en sus manos consagradas que quiero bendigan nuestros campos».
Sabia lección me dio don Nicanor ese domingo después de la misa. Mis manos no habían sido besadas después del cantamisa en España. Eso se acostumbra más por un rito-tradición que por un verdadero gesto de descubrir, en esas manos pecadoras, las manos del Carpintero de Nazaret; en las manos de este hombre llamado al sacerdocio, las mismas manos del que multiplicó los panes, del que sanó a los enfermos, del que bendijo, del que lavó los pies a sus discípulos. Manos que fueron traspasadas por los clavos de la indiferencia, del rechazo, del rencor. Estas mis manos también son sus manos.

Bendije los campos de don Nicanor y de sus hermanos, y aquella tierra sementera me bendijo a mí. Luego recibí en premio sus primeros frutos. Aunque el verdadero premio ya lo había recibido antes. Mis manos: tus manos Señor.

Gracias don Nicanor

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