viernes, 18 de febrero de 2011

Benedicto sabe llegar al corazón

Un médico de almas que sabe cómo se llega al corazón de las personas

Por Giulio Andreotti





El atractivo del cristianismo en el mundo y los jóvenes no va ligado solo a la forma, que a veces puede tener su importancia, sino a la sustancia: conseguir transmitir la certeza de que lo que se dice va respaldado por la realidad


      Que el Papa conceda una entrevista sigue siendo percibido hoy también como algo raro y fuera de todo protocolo. Pero es una señal de los tiempos: es verdad que hasta hace unos años no era pensable que el papa pudiera hablar de la situación de la Iglesia y del mundo con un periodista, porque el papa hablaba solo a través de las encíclicas o los Ángelus, y siempre con cierta solemnidad, pero el mundo sigue adelante y la Iglesia puede y debe utilizar todos los medios a disposición para difundir su mensaje, consciente de que el atractivo del cristianismo en el mundo y los jóvenes no va ligado solo a la forma, que a veces puede tener su importancia, sino a la sustancia: conseguir transmitir la certeza de que lo que se dice va respaldado por la realidad.

      Benedicto XVI no parece a disgusto con estos instrumentos: en el libro-entrevista Luz del mundo se muestra sobre todo como un médico de almas que sabe cómo se llega al corazón de la gente y sobre todo al corazón de los jóvenes. Y llegar al corazón de las personas es la exigencia primaria, teniendo también en cuenta la situación actual.

      La entrevista dio la vuelta al mundo y por eso le hemos pedido al cardenal Cottier que la comente para nosotros. Además hemos seleccionado algunas de las preguntas y respuestas que a continuación ofrecemos a nuestros lectores.
      Algunas respuestas del Papa provocaron cierto debate, a lo que no añado nada más que la consideración de que un papa tiene el derecho y el deber de mantener siempre los ojos abiertos, y lo que plantea es en parte una elección, en parte una condición objetiva que no puede eludir.
      Algunos amigos me han preguntado las diferencias que veo entre el Benedicto XVI que se cuenta en el libro-entrevista y otros papas que he conocido: en parte las situaciones distintas imponen distintas tomas de postura por parte de un papa; además, cada pontífice tiene su propia sensibilidad, su estilo; es, en definitiva, una criatura única y esto ha de aparecer tanto en los mensajes papales más solemnes como en las enseñanzas que da durante las audiencias públicas del miércoles. Pero dicho esto hay una constante que une al papa con sus predecesores y que hace que no cambie mucho el mensaje que se da al mundo.
     
     
     Pero sólo el mismo Señor tiene el poder de mantener a los hombres también en la fe
     
      La Iglesia católica no ha tenido nunca más fieles que ahora, nunca una extensión semejante, literalmente hasta los confines del mundo.

      Por supuesto, esas estadísticas son importantes. Señalan cuán extendida está la Iglesia y qué grande es realmente esta comunidad que abarca razas y naciones, continentes, culturas, hombres de todo tipo. Pero el papa no tiene poder en virtud de esas cifras.

      ¿Por qué no?

      El tipo de comunión que se tiene con el papa es diferente, y el tipo de pertenencia a la Iglesia también, por supuesto. De los mil doscientos millones hay muchos que no acompañan interiormente su condición. San Agustín lo dijo ya en su tiempo: hay muchos fuera que parecen estar dentro; y hay muchos dentro que parecen estar fuera. En una cuestión como la fe, o la pertenencia a la Iglesia católica, el «dentro» y el «fuera» están misteriosamente entretejidos. En eso tenía razón Stalin al decir que el papa no tiene divisiones ni puede comandar. Tampoco posee una gran empresa en la que todos los fieles de la Iglesia fuesen sus empleados o subordinados.
      En tal sentido, el papa es, por un lado, un hombre totalmente impotente. Por otro lado, tiene una gran responsabilidad. En cierta medida es el jefe, el representante, y al mismo tiempo el responsable de que la fe que mantiene unidos a los hombres sea creída, que siga estando viva y que permanezca intacta en su identidad. Pero sólo el mismo Señor tiene el poder de mantener a los hombres también en la fe.
      (pp. 18-19)
     
   

      Yo me sentía verdaderamente impulsado por esa alegría
     
      La disposición cristiana a la contradicción atraviesa toda su biografía [...]. Esas líneas fundamentales ¿influyen ahora en el modo como configura su pontificado?

      Naturalmente, una experiencia tan larga implica también una formación del carácter, deja su impronta en el pensamiento y en la acción. Desde luego que no he estado siempre en contra por principio. Ha habido muchas hermosas situaciones de entendimiento. Cuando pienso en mi tiempo como vicario, si bien se percibía ya la eclosión del mundo secular en las familias, había sin embargo tanta alegría en la fe compartida, en la escuela, con los niños, con los jóvenes, que yo me sentía verdaderamente impulsado por esa alegría. Y así fue también en el tiempo en que fui profesor.

      Mi vida entera ha estado atravesada siempre también por esta línea de que el cristianismo brinda alegría, da amplitud. En definitiva, la vida se haría insoportable siendo alguien que está siempre y sólo en contra.

      Pero al mismo tiempo estuvo siempre presente, aunque en diferentes dosis, el hecho de que el evangelio se opone a constelaciones de poder. Como es natural, esto fue especialmente drástico en mi infancia y juventud, hasta el fin de la guerra. A partir de 1968, la fe cristiana entró cada vez más en contraposición con respecto a un nuevo proyecto de sociedad, de modo que tuvo que hacer frente una y otra vez a opiniones que luchaban poderosamente por imponerse. Por tanto, soportar hostilidad y ofrecer resistencia —pero una resistencia que sirva para sacar a la luz lo positivo— son cosas que pertenecen a la vida cristiana.
      (pp. 22-23)
     
     
      ... sobre todo mendigando, pero también dando gracias, o simplemente con alegría
     
     ¿Y cómo reza el papa Benedicto?

      En lo que toca al papa, también él es un simple mendigo frente a Dios, y más que todas las demás personas. Por supuesto que rezo siempre en primerísimo lugar a nuestro Señor, con el que tengo una relación de tantos años. Pero también invoco a los santos. Tengo amistad con Agustín, con Buenaventura, con Tomás de Aquino. A esos santos se les dice: «¡Ayudadme!». Y la Santísima Virgen es de todos modos siempre un gran punto de referencia. En este sentido me interno en la comunión de los santos. Con ellos, fortalecido por ellos, hablo entonces también con Dios, sobre todo mendigando, pero también dando gracias, o simplemente con alegría.   (pp. 29-30)
     
     
      El bien y el mal pasaron a ser intercambiables
     
      La mayoría de los casos de abuso se registra en las décadas de 1970 y 1980 [...].
      Por supuesto, a ello contribuyó el clima espiritual de los años setenta, que se fue abriendo camino ya en los años cincuenta. En ese entonces se desarrolló especialmente la teoría de que la pedofilia debía considerarse como algo positivo. Sobre todo se sostuvo la tesis —que se introdujo también en la teología moral católica— de que no hay algo que sea malo en sí mismo, sino sólo cosas «relativamente» malas. Lo bueno y lo malo dependen, se decía, de las consecuencias.

      En un contexto semejante, en el que todo es relativo y lo malo en sí mismo no existe, sino sólo lo relativamente bueno y lo relativamente malo, las personas que tienen una inclinación hacia ese comportamiento se quedaron sin suelo bajo los pies. Por supuesto, la pedofilia es, en primer lugar, más bien una enfermedad, pero el hecho de que haya podido actuar y extenderse de ese modo ha tenido que ver también con un clima espiritual por el que en la Iglesia se habían vuelto cuestionables las bases de la teología moral, el bien y el mal. El bien y el mal pasaron a ser intercambiables, ya no estaban más en clara contraposición.
      (pp. 50-51)
     
     
      Nuevas iniciativas católicas que no han sido ordenas por la burocracia
     
      ¿No se podría partir de la base de que, después de dos mil años, el cristianismo simplemente se ha agotado, del mismo modo como en la historia de la civilización se agotaron también otras grandes culturas?
      Si se mira superficialmente y sólo se tiene en el campo visual el mundo occidental, podría pensarse de ese modo. Pero si se mira más a fondo, como me es posible justamente ahora a través de las visitas de los obispos de todo el mundo y de muchos otros encuentros, se ve que, en este momento, el cristianismo está desplegando al mismo tiempo una creatividad totalmente nueva. [...]

      Con menor nitidez pero a pesar de ello de forma inequívoca existe también aquí, en Occidente, el despertar de nuevas iniciativas católicas que no han sido ordenadas por la burocracia. La burocracia está desgastada y cansada. Estas iniciativas vienen de dentro, de la alegría de personas jóvenes. Tal vez el cristianismo asume otro rostro, también otra figura cultural. No tiene en sus manos el puesto de comando en la opinión pública del mundo: son otros los que allí gobiernan. Pero es la fuerza vital sin la cual las demás cosas no seguirían en pie. En tal sentido, a través de todo lo que yo mismo puedo ver y experimentar soy muy optimista en cuanto a que el cristianismo se encuentra ante un nuevo dinamismo.   (pp. 71-72)
       
      Ver lo sencillo, eso es lo que importa
     
      Al filósofo Robert Spaemann le preguntaron en una ocasión si él, un científico de renombre internacional, creía realmente que Jesús nació de una virgen y obró milagros, que resucitó de la muerte y que, con Él, se recibe vida eterna. Puesto que una fe así, le decían, es típicamente infantil. El filósofo, de 83 años, respondió: «Pues, si usted quiere, así es, sin duda. Creo más o menos lo mismo que creía cuando era niño, sólo que, entretanto, he reflexionado más sobre ello. Al final, la reflexión me ha confirmado siempre en la fe».

      ¿Cree también el papa todavía lo que creía como niño?

      Yo lo diría de manera semejante. Diría: lo más sencillo es lo verdadero, y lo verdadero es sencillo. Nuestra problemática consiste en que, de tantos árboles, ya no vemos el bosque, que, de tanto saber, ya no encontramos la sabiduría. En ese sentido ironizó también Saint-Exupéry en El Principito sobre la erudición de nuestro tiempo y mostró cómo con ella se pierde de vista lo esencial, y cómo el principito, que no entiende nada de todas las cosas eruditas, ve, en última instancia, más y mejor.
      ¿Qué es lo que importa? ¿Qué es lo auténtico, lo que sustenta? Ver lo sencillo, eso es lo que importa.
      (p. 175)
     
     
      Lo realmente decisivo es que ella lo da a Él …
     
      ¿No ha de sentirse uno mal cuando como autor se introduce de forma totalmente nueva en esa historia y constata cuánto se ha apartado la Iglesia una y otra vez del camino que le indicara el Hijo de Dios?
      Y... sí, justamente en este tiempo de escándalos nos hemos sentido realmente mal al ver qué miserable es la Iglesia y cuánto fallan sus miembros en el seguimiento de Jesucristo. Este es un aspecto, algo que tenemos que experimentar para nuestra humillación, para nuestra verdadera humildad. El otro es que, a pesar de ello, Él no deja a la Iglesia de su mano. Que, a pesar de la debilidad de los hombres en los que ella se presenta, Él la sostiene, despierta en ella a los santos y está presente a través de ella. Creo que estas dos sensaciones forman una unidad: la conmoción por la miseria, por la pecaminosidad de la Iglesia, y la conmoción por el hecho de que Él no deja de su mano a este instrumento, sino que actúa con él, que se muestra siempre de nuevo a través de la Iglesia y en ella.
      (pp. 182-183)
     
      [...] Jesús dio a sus discípulos suficiente fuerza como para que, además del anuncio, pudiesen también expulsar demonios y curar.

      Sí, esto es decisivo. La Iglesia no impone cosa alguna a los hombres ni ofrece algún sistema moral. Lo realmente decisivo es que ella lo da a Él. Que abre las puertas hacia Dios y, con ello, da a los hombres lo que más esperan, lo que más necesitan, lo que también más puede ayudarlos. Lo hace sobre todo a través del gran milagro del amor, que acontece una y otra vez. Lo hace cuando hay hombres que, motivados por Cristo —sin obtener una ganancia de ello, sin tener que hacerlo como profesión— acompañan a otros y les ayudan. Este carácter terapéutico [...] del cristianismo, el carácter de curación y de don, tendría que manifestarse realmente con mucha más claridad.

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