domingo, 10 de abril de 2011

EL AMITO


Por Pablo Pomar


A veces pienso que no serán pocos los fieles que cuando ven en misa un alzacuellos o una tirilla asomando por la escotadura de la casulla del oficiante consideren que éste va vestido “como Dios manda”, y hasta se alegrarán por ello, lo que podemos entender, qué duda cabe, a tenor de la más que previsible alternativa sport, tantas veces florida y hermosa. Sin embargo, ni esa camisa declergyman, ni el improbable hábito de religión, ni la ciertamente improbabilísima sotana deberían estar visibles durante la celebración de la misa. 

Seguro que habrá muchos fieles de generaciones anteriores que saben que una vez fue común y generalizado el uso de una vestidura sagrada llamada amito que todo ministro católico vestía bajo el alba, aunque no falten testimonios antiguos de haberlo hecho también por encima de ésta, como aún se practica en el rito ambrosiano. 
Salvo para alguien empeñado en la búsqueda de exquisiteces litúrgicas, lo normal será que un simple fiel de misa de domingo sólo pueda ver el amito alrededor del cuello de algún sacerdote del Opus Dei, pues ellos sí que acostumbran a utilizarlo; de algunos -pocos- obispos; o del papa, pero esto ya por televisión, claro. La verdad del cuento es que la prenda ya no es objeto en la liturgia postconciliar de recepción ritual alguna como sí sucede en la tradicional durante la ordenación subdiaconal, lo que la ha devaluado desde el punto de vista del vínculo sentimental que se establece en esos momentos entre clérigo y objeto sagrado ligado a sus primeros pasos en el camino del sacerdocio. Además la normativa litúrgica actual determina que sólo es necesario su uso cuando el alba no cubra el cuello completamente y ahí ya empiezan las interpretaciones y... déjelo ahí que hace mucho calor.

La prenda, que debe estar bendecida por el obispo o por un sacerdote facultado para ello y ha de ser lavada separadamente de los vestidos profanos, es tan sencilla que apenas parece susceptible de ser descrita, al tratarse simplemente de un lienzo fino de forma cuadrangular hecho de lino o cáñamo blanco, que puede estar adornado, excepto en la parte que ciñe el cuello, con encajes en su borde perimetral. 


En España, por lo general, sus dimensiones son generosas -noventa por setenta centímetros recomendaban las Advertencias del arzobispo Aliaga en 1631- si bien estas medidas varían de una parte a otra y rara vez están fijadas, aunque como en todo hay excepciones, pues como un lienzo de ochenta por sesenta centímetros queda definido el amito en el ceremonial de los frailes menores conventuales. Cuenta con una cruz bordada en el centro que se besa en el momento de revestirse.
El sacerdote y demás ministros sagrados cubren con el amito el cuello y los hombros, ajustando su extremo derecho sobre el izquierdo y fijándolo con dos cintas largas, como de metro y medio, para cómodamente poder dar la vuelta al cuerpo, cruzarlas y hacer con ellas un nudo sobre el pecho. Las cintas de los amitos de los prelados suelen ser de color rojo o carmesí y hay lugares donde éstas se conforman con el color litúrgico correspondiente, sin faltar las pacientes labores monjiles de decoración pictórica y bordado de las cintas, que también pueden estar rematadas con borlas o bellotas.

Quienes tienen derecho al roquete también utilizan el amito sobre esta prenda cuando han de revestir la capa pluvial, la casulla o la dalmática. También los prelados visten el amito sobre el roquete y bajo el alba cuando celebran pontificalmente. Por último, conviene señalar que la práctica de colocar el amito sobre la sobrepelliz y bajo el alba al revestirse el sacerdote y los ministros para la misa, algo que ahora vemos en algunas partes donde se celebra la liturgia tradicional, es en sí correcta a tenor de las rúbricas, sin embargo rarísima vez se llevaba a cabo, pues aunque alguien debió de considerar que podía llegar a ser cómodo el hacerlo, realmente no resulta así.

Históricamente, el término amito procede del latino amictus, de amicere, cubrir, si bien ha recibido otros nombres latinos como humerale, superhumerale, porque cubría los hombros,anaboladium y anagolai, como viene referido en el Ordo romanus, por ceñir el cuello. El amito velaba por completo la cabeza de los clérigos, que muy probablemente abusaban de él, dado que en el Concilio de Roma del año 774 se llegó a prohibir que esta prenda cubriese la cabeza del celebrante o asistente durante toda la misa. Sin embargo, hasta la total generalización del bonete, la práctica continuó para la procesión de entrada. 


Así, los ministros pasaban de la sacristía al altar cubiertos con él, lo que lo convirtió simbólicamente en una suerte de yelmo de salvación contra los asaltos del demonio, como señala la oración prevista para ser recitada por el clérigo al momento de revestirse con el amito: Impóne Dómine, capiti mea gáleam salutis ad expugnándos diabólicos incúrsus (Impón, oh Señor, sobre mi cabeza el yelmo de la salvación, para vencer los asaltos del demonio). Este uso es aún seguido por los religiosos de capucha que, al no disponer de bonete, se cubren con el amito.

Durante la Edad Media este lienzo estaba decorado con una franja bordada que formaba una suerte de solapa o cuello llamado en latín collaria o colleria, en otras latitudes parura o aurifrisium o, más comúnmente en castellano, amito collar. Esta ancha cenefa se le añadía a la parte superior del amito, frecuentemente mediante una sola costura, de tal modo que se podía abatir sobre la casulla, sin por ello impedir que el amito cubriese completamente el cuello de la sotana. 


De estos amitos paramentados, el ejemplar más antiguo de que hay constancia en España resale al siglo X, concretamente al 957, año en el que se redactó el inventario de bienes de Wadamir, obispo de Vich, en el que figuraban cuatro amitos bordados en oro. Su uso debió de estar muy extendido, pues en la segunda mitad del siglo XVIII está documentado cómo continuaba en catedrales tan distantes como las de Maguncia, París o Sevilla. En ésta última lo continuaron utilizando los diácono s de honor o vestuarios del arzobispo hasta finales del siglo XX y aún se pueden ver durante la semana santa en algunas parroquias del arzobispado hispalense como la sevillana de San Isidoro, mientras que en otras como la parroquia de Santa Ana de Triana, aún sin uso, conservan en sus cajoneras bellos ejemplares como el que hemos traido aquí para encabezar este artículo. 


Como vestigio de estos aurifrisia quedó también la primitiva ubicación de la cruz junto al borde del lienzo donde antaño se añadía esta decoración, el delimitado por las cintas, posición que posteriormente sería abandonada por los inconvenientes de orden práctico que implicaba y que quedan de manifiesto en las ya citadasAdvertencias, que piden pasar la cruz al centro del amito “para que mudándose las cintas de una parte a otra, sirva el amito por las dos partes y dure más tiempo y para que se pueda adorar la cruz sin asco. Porque la parte donde suele ponerse la cruz, se acomoda en el cuello; y se carga luego de sudor”. Por último, conviene señalar que evolución de estos amitos collares son las collaretas o gorjales de las dalmáticas, que aún hoy son frecuentemente utilizados en el rito ambrosiano, en León (Francia) y en distintas partes de España.

El origen del amito lo creyó encontrar Rabano Mauro en una supervivencia del superhumeral del sumo sacerdote del Antiguo Testamento, llamado efod, y hasta del amictus que menciona Virgilio y que no era otra cosa que la toga adornada de púrpura que llevaban los sacerdotes y otras personalidades oficiales del mundo romano. Actualmente, sin embargo, la historiografía coincide en considerarlo como evolución del focale o palliolum que era usado en la vida profana por toda clase de personas. Como ornamento litúrgico se menciona el amito por vez primera el el ya citado Ordo Romanus I, a finales del siglo VIII, bajo el nombre deanagolaium, aunque se usaba como tal ya mucho antes, probablemente desde época paleocristiana. Durante el periodo carolingio se extendió su uso al resto de occidente, donde ya a principios del siglo IX Rabano Mauro y Amalario de Metz lo citan entre los ornamentos sagrados bajo el nombre de superhumerale y amictusrespectivamente.


Posteriormente, como es de esperar, recibió variadas interpretaciones alegóricas que han cambiado notablemente a través del tiempo y que van desde el velo que cubrió el rostro del Salvador, a la corona de espinas que le impusieron en la cabeza, pasando por el yelmo protector ya citado, la voz del sacerdote que canta las divinas alabanzas, o su moderación en las palabras, como consideraba Amalario. Relacionada con esta última analogía simbólica está la fórmula que dirige el obispo al subdiácono cuando lo ordena: Aceipe amictum per quem designatur castigatio vocis (Recibe el amito por el cual se significa la mortificación en el hablar). 


Sin embargo, además de estas interpretaciones devotas, no se puede negar su practicidad como prenda que esconde hasta el más mínimo rastro de indumentaria no sagrada, dado que cuando en un mismo templo varios clérigos comparten ornamentos, con el amito cada cual evita el contacto con el sudor ajeno impregnado en los cuellos de las albas, casullas y demás ornamentos, a la vez que protege a éstos para que el traspaso del sudor de quien los usa sea mínimo. Si nos paramos a pensar en la realidad actual, sólo nos cabe imaginar que a falta de amitos, aumento de las dermatitis y ganancia de lavanderas.


Latin: Amictus, humerale

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