sábado, 9 de abril de 2011

La Cucharilla Litúrgica




Son varias las cucharillas conocidas por la liturgia cristiana, una de ellas, acaso la más notable por su condición de vaso sagrado, mejor “cubierto sagrado” en este caso, es la utilizada para administrar  la comunión en los ritos orientales. Otra, la que acompaña a la naveta del incienso, es de uso imprescindible cuando la naturaleza de la celebración prevé los sahumerios de esta olorosa resina. Una tercera, de menor tamaño y uso facultativo durante el ofertorio, es de la que hoy le hablaré, mi querido lector.



Se trata de una de las más pequeñas piezas del ajuar litúrgico que, sorprendentemente, ha sobrevivido en no pocas sacristías a la almoneda eclesiástica postconciliar y al cambio introducido por el Código de Derecho Canónico de 1983, que mudó de modicissima a modica la cantidad de agua que habría de añadírsele al vino para su consagración. Así, frente a otros ornamentos y piezas de ajuar eclesiástico que, sin haber estado prohibidos, no obstante fueron olvidados y desaparecieron, este insignificante cubiertito litúrgico, cuyo uso nunca estuvo mandado ni recogido por las rúbricas del misal, en alguna que otra iglesia aún aparece de tanto en tanto al ofertorio.


Para tratar sobre las condiciones que terminaron desencadenando su aparición, habría que retrotraerse hasta el concilio de Trebur, del año 895, cuando se dispuso que el cáliz contuviese dos terceras partes de vino y sólo una de agua, que hasta entonces había estado presente en proporciones más generosas. A pesar de todo, el cumplimiento de estas y otras disposiciones de tenor semejante fue sólo relativo y los usos cambiaban de una a otra parte durante toda la Edad Media. Así, ya en el siglo XIII, mientras Durando parecía contentarse con que la porción de agua en el cáliz fuese menor que la de vino, Guillermo de Melitona exigía ya que ésta estuviese presente sólo in modica quantitate. Sin embargo, durante aquel siglo, la proporción del agua se fue paulatinamente reduciendo de manera efectiva a la mínima cantidad que exigía el simbolismo, hasta que a finales de la centuria apareció la cucharilla, que permitió que dicha cantidad fuese siempre idéntica en cada misa celebrada, justamente la que permitía la concavidad del instrumento. El sínodo de Brixen de 1318 exigió que la cantidad de agua quedase reducida a sólo tres gotas.

Parece que la aparición del invento, o mejor, que la adopción de esta pieza de ajuar doméstico para usos litúrgicos, tuvo lugar en Flandes y el Norte de Francia, si bien su uso también aparece pronto documentado en Inglaterra y España y, más tardíamente en Alemania. En Italia, la existencia de vinajeras en forma de alcuza de fina cánula supusieron a la hora de dosificar el agua una alternativa eficaz a la cucharilla, por lo que ésta quedó inédita en toda la península, sólo conociéndose su uso en la liturgia papal, que la  habría importado desde Aviñón. Al respecto, hay que destacar que en el Ordo Romanus XV de Pedro Amelio, está precisamente la que quizá sea la única rúbrica existente sobre la cucharilla que nos ocupa: “post aquae benedictionem ponit cum cochleari tres gusttas aquae”. No fue recogida por las rúbricas del misal de san Pío V, ni por el Caeremoniale y uso quedó por tanto tan sólo sujeto a la costumbre, si bien un decreto tardío de seis de febrero de 1858 aclara a los más escrupulosos que usum parvi cochlearis non esse prohibitum.

En cuanto a su forma y materia, encontramos cucharillas de plata, plata dorada e incluso de oro, pero también de otros metales menos nobles. Suele tener entre siete y nueve centímetros y no requiere bendición previa a su uso. En España, aunque no faltan quienes ahora la coloquen en la salvilla de las vinajeras, la costumbre ha sido siempre la de disponer la cucharilla al preparar el cáliz. Para ello se ata una cinta, decorada o del color litúrgico, en el extremo del mango de la misma, cinta que, a su vez, lleva colgada una medalla o borla en su otro extremo que le sirve de contrapeso a fin de poderla colgar por ambos lados sobre el purificador y bajo la patena.


Por último, recuerde el sacerdote español que viaje a Alemania que, como quedó dicho, también allí hay cucharilla litúrgica, y recuérdelo bien porque no la verá colgando de su cinta sobre el purificador del cáliz y pueda ocurrirle lo que a cierto monseñor navarro poco amigo de cucharillas, que en Ratisbona, celebrando la misa de alba en un obscuro oratorio sólo iluminado por la luz de unas velas, entre pirámides de caoba ebonizada cubiertas de huesos de santos y bajo la atenta mirada de los compañeros de san Gereón, cuyas calaveras custodiadas en hornacinas rodeaban la escena, creyó que, en el mismísimo momento que sumía el Sanguis, aquellos recios legionarios de la Legión Tebana tratasen de ahogarle, acaso confundiéndole con quien adornó sus cráneos con lazos de colores tan poco adecuados a su condición de bravos guerreros mártires. Sin embargo, la realidad era más prosaica, y es que poco le faltó para tragarse la cucharilla, cuya presencia no había advertido, que en los países germánicos es más pequeña, va sola y colocada dentro del cáliz, sobre el purificador que, a causa de ello, debe ser hundido en el centro, hasta el fondo de la copa. Y es que, si hasta Homero se duerme de tanto en tanto, imagínense ustedes un sacerdote a esas horas.


Por Pablo Pomar

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