sábado, 2 de abril de 2011

MÚSICA GREGORIANA


El canto que brota de la vida interior 

Por Emilio Portugal Coutinho



Hay un género musical que posee de manera especial el don misterioso de elevar los corazones a lo sobrenatural, a través de la santidad y delicadeza de sus formas: el canto gregoriano


Pocos composito­res clásicos logra­ron tanta fama y re­conocimiento como Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Dotado con ca­pacidades musicales extraordinarias, a los cinco años empezó a componer los primeros minuetos. Su genialidad despertó la admiración de grandes maestros contemporáneos y posterio­res a él como Schubert, quien luego de escuchar una de estas piezas mu­sicales, exclamó: "Parece que los ánge­les participan con su canto"[1].



La obra de Mozart es fecunda. A decenas de sinfonías, conciertos, se­renatas y óperas se les reúnen diecio­cho misas, cuatro letanías, tres víspe­ras, además de innumerables canta­tas, oratorios y otras composiciones sacras.


Sin embargo, de cara a esa vasta producción de índole tanto religiosa como profana, Mozart afirmó: "Da­ría toda mi obra por haber escrito el Prefacio de la Misa Gregoriana"[2].


¿Qué perfección, esplendor y mis­terio encierra el canto gregoriano pa­ra que el célebre compositor de Salzburgo hiciera una declaración tan sorprendente?.




Historia que se confunde con la de la Iglesia
Durante siglos se admitió univer­salmente que los himnos de la antigua sinagoga, más propiamente los sal­mos, contribuyeron a formar las raíces del canto de la Iglesia, puesto que los Apóstoles y muchos discípulos suyos eran judíos. Sin embargo, a mediados de la década de 1990 algunos estudio­sos comenzaron a contradecir esta te­sis, alegando que los primeros cristia­nos no utilizaban los textos de los sal­mos, pues se dejaron de cantar en las sinagogas después de la destrucción del Templo el año 70 d.C. [3].


No obstante, es imposible negar que los primeros ritos cristianos to­maron elementos de las ceremonias judías. La raíz de las horas canónicas está en las oraciones israelitas, las pa­labras "amén" y "aleluya" vienen del hebreo, y las tres invocaciones del sanctus derivan del triple kadosh, en la recitación del Kedusha[4]. Es, como mínimo, muy probable que también hubiera influencia judaica en la músi­ca de la comunidad proto-cristiana. Poco se conoce de la historia del canto sagrado hasta fines del siglo VI, cuando el Papa San Gregorio Magno decidió unificar toda la tradición litúr­gica florecida en los siglos anteriores.


Bajo su dirección, un cuerpo de mú­sicos y estudiosos seleccionó las melo­días más convenientes para las cere­monias litúrgicas, completó lagunas y refinó los cantos existentes, "velando con leyes y normas oportunas por la pu­reza e integridad del canto sagrado"[5].


El naciente género musical se hizo co­nocido como gregoriano, en alusión a la iniciativa del santo pontífice.




La "Schola Cantorum"


San Gregorio fundó también la Schola Cantorum, en donde se ense­ñaba y perfeccionaba el canto litúr­gico.


Muchos monasterios y abadías enviaron religiosos a Roma para que recibieran allá la educación musical necesaria, y después volver a comuni­carla a sus hermanos de vocación.


Los niños también tenían su sitio en la Schola Cantorum. Se ha dicho que el propio San Gregorio llegó a darles algunas clases. Ellos cantaban junto a los monjes, alternando cada versículo en los salmos y responsorios, al igual que las estrofas de los himnos.


La importancia de esta institución fue reconocida por los sucesores de san Gregorio, quienes siguieron in­centivándola.


Este centro de referen­cia tuvo como efecto la unificación de los métodos de enseñanza del grego­riano en toda Europa, algo que sería fundamental para su progreso y perfección.




Íntima unión entre música y letra


El canto gregoriano no es un gé­nero musical en el sentido estricto del término. Nació como compañero inseparable de la oración, con el pro­pósito de alabar a Dios y difundir las verdades de la fe. El texto de sus him­nos, salmos y antífonas está tomado muchas veces de la Sagrada Escritu­ra; por lo mismo, a menudo ha sido llamado "la Biblia cantada".


Más de un siglo antes del reina­do de san Gregorio, la unión íntima entre música y palabra había sido vi­vamente apuntada por el gran san Agustín. Al comentar los cantos "eje­cutados con voz clara y modulada", el obispo de Hipona describe sus pro­pios sentimientos: “Juzgo que aun las palabras de la Sagrada Escritura exci­tan nuestras mentes a piedad y devo­ción, más religiosa y frecuentemente, cuando se cantan con aquella destreza y suavidad, cuando todos y cada uno de los afectos de nuestra alma tienen respectivamente su correspondencia en los tonos y en el canto que los suscitan y despiertan por una relación tan ocul­ta como íntima"[6].


En el siglo XX, el Papa San Pío X coronó y precisó esta idea al enseñar que “como parte integrante de la litur­gia solemne, la música sagrada tiende a su mismo fin, el cual consiste en la gloria de Dios y la santificación y edifi­cación de los fieles. La música contri­buye a aumentar el decoro y esplendor de las solemnidades religiosas, y así co­mo su oficio principal consiste en revestir de adecuadas melodías el texto litúrgico que se propone a la conside­ración de los fieles, de igual manera su propio fin consiste en añadir más efi­cacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia, propios de la cele­bración de los sagrados misterios”[7].


Décadas después, Pío XII volverá a recordar que "la dignidad de la mú­sica sagrada y su altísima finalidad es­tán en que con sus hermosas modula­ciones y con su magnificencia embelle­ce y adorna las voces del sacerdote que ofrece, o del pueblo cristiano que alaba al Altísimo; y eleva a Dios los espíritus de los asistentes como por una fuerza y virtud innata y hace más vivas y fervo­rosas las preces litúrgicas de la comuni­dad cristiana, para que pueda con más intensidad y eficacia alzar sus súplicas y alabanzas a Dios trino y uno"[8].


Y resaltando el uso de la música al servicio de las Celebraciones Eucarís­ticas, el Papa Pacelli agrega: “Ningu­na acción más excelsa, ninguna más su­blime puede ejercer la música que la de acompañar con la suavidad de los so­nidos al sacerdote que ofrece la divina víctima, asociarse con alegría al diálogo que el sacerdote entabla con el pueblo, y ennoblecer con su arte la acción sagra­da que en el altar se realiza”[9].




El uso del latín
El canto gregoriano se halla ínti­mamente ligado con la lengua de la Antigua Roma, y no tan sólo por su origen histórico. Muchos estudiosos propugnan que sus melodías nacen de la extensión del acento en las pa­labras latinas. Eso explica también la gran dificultad de acomodar el grego­riano a otros idiomas, pues no siem­pre coinciden los acentos melódicos con los idiomáticos.


Francois-René de Chateaubriand, famoso escritor francés del siglo XIX, muestra en una de sus obras más co­nocidas la riqueza expresiva del latín y su perfecta adaptación al culto divino:


“Creemos que una lengua antigua y mis­teriosa, una lengua que los siglos no al­teran, era muy conveniente al culto del Ser eterno, incomprensible, inmutable.


Y, dado que la agudeza de nuestros do­lores nos fuerza a elevar hacia el Rey de reyes una suplicante voz, ¿no es natural que se le hable en el idioma más gentil de la Tierra, en el mismo que usaban las naciones postradas cuando elevaban sus plegarias a los Césares?. Además -¡qué cosa notable! las oraciones en latín parecen duplicar el sentimiento religioso de las muchedumbres”[10].


De ahí que, entre otros motivos, el Concilio Vaticano II recomiende en su constitución Sacrosanctum Conci­lium, sobre la sagrada liturgia: "Pro­cúrese que los fieles sean capaces tam­bién de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde"[11].




Grandeza y majestad del órgano


El gregoriano es modulado al uní­sono, aunque haya muchos cantan­tes.


Cuando aparecieron las primeras composiciones en el austero ambien­te de los monasterios, sólo eran ento­nadas por voces humanas, sin acom­pañamiento instrumental.


El Papa Pío XI, en su Constitución Apostólica Divini cultus sanctitatem, afirma: “Ningún instrumento, ni aun el más delicado y perfecto, podrá nun­ca competir en vigor de expresión con la voz del hombre, sobre todo cuando de ella se sirve el alma para orar y ala­bar al Altísimo”[12].


Aun así, con el paso del tiempo, pa­ra asegurar la afinación y consolidar un apoyo que diera más esplendor a la música, fue permitido el uso del órga­no en la ejecución de las melodías gre­gorianas, siempre y cuando no ahoga­ra la voz de los cantantes. Dice el mis­mo Pío XI: “Por su maravillosa gran­diosidad y majestad [el órgano] fue es­timado digno de enlazarse con los ritos litúrgicos, ya acompañando al canto, ya durante los silencios de los coros y se­gún las prescripciones de la Iglesia, di­fundiendo suavísimas armonías”[13].


El Papa Pío XII, siguiendo la hue­lla de su predecesor, observa: "Entre los instrumentos a los que se les da en­trada en las iglesias ocupa con razón el primer puesto el órgano, que tan particularmente se acomoda a los cánti­cos y ritos sagrados, comunica un no­table esplendor y una particular magni­ficencia a las ceremonias de la Iglesia, conmueve las almas de los fieles con la grandiosidad y dulzura de sus sonidos, llena las almas de una alegría casi ce­lestial y las eleva con vehemencia ha­cia Dios y los bienes sobrenaturales"[14].


Y S. S. Benedicto XVI, tras desta­car que la finalidad de ese magnífi­co instrumento es “la glorificación de Dios y la edificación de la fe”; añade:


“El órgano, desde siempre y con razón, se considera el rey de los instrumentos musicales, porque recoge todos los soni­dos de la creación y -como se ha dicho hace poco- da resonancia a la pleni­tud de los sentimientos humanos, des­de la alegría a la tristeza, desde la ala­banza a la lamentación. Además, tras­cendiendo la esfera me­ramente humana, co­mo toda música de ca­lidad, remite a lo di­vino.


La gran varie­dad de los timbres del órgano, des­de el piano has­ta el fortísi­mo impetuo­so, lo con­vierte en un instrumento superior a to­dos los demás. Es capaz de dar reso­nancia a todos los ámbitos de la exis­tencia humana. Las múltiples posibili­dades del órgano nos recuerdan, de al­gún modo, la inmensidad y la magnifi­cencia de Dios”[15].




El Instituto Pontificio de Música Sacra


El arte vocal fue depurándose a tra­vés de los siglos. El canto llano dio pa­so a la polifonía, la polifonía a la músi­ca de cámara, y ésta a las grandes com­posiciones sinfónicas. Cuerdas, made­ras y metales se fundían armoniosa­mente con las voces en partituras cu­ya grandiosidad y calidad artística pa­recían inaccesibles al canto sencillo y solemne de la Iglesia primitiva.


Así, a principios del siglo XX el gregoriano parecía relegado a monas­terios y ciertas ceremonias litúrgicas en las que era irreemplazable. La mú­sica sacra en su conjunto corría el ries­go de quedar subordinada al arte, per­diendo su fin original. Esto motivó al Papa San Pío X a llevar a cabo lo que más tarde Pío XII denominaría "la or­gánica restauración y la reforma de la música sagrada, volviendo a inculcar los principios y normas transmitidos por la antigüedad y reordenándolos oportu­namente conforme a las exigencias de los tiempos modernos"[16].


Como fruto de su celo, en 1911 fue erigida en Roma la Pontificia Escuela Superior de Música Sacra, que en se­guida se convirtió en el Instituto Pon­tificio de Música Sacra[17].




El Motu Proprio "Tra le sollecitudini"


La esencia de la reforma de san Pío X está contenida en el Motu Pro­prio Tra le sollecitudini, citado por el Papa Juan Pablo II como "código jurí­dico de la música sagrada"[18].


En este documento, a principios del siglo XX, el Papa define las prin­cipales cualidades que deben exis­tir en una composición musical pa­ra que se la pueda considerar "sagrada": "Debe tener en grado eminente las cualidades propias de la liturgia, con­viene a saber: la santidad y la bondad de las formas de donde nace espon­táneo otro carácter suyo: la universa­lidad"[19].


El gregoriano, concluye san Pío X, ofrece dichas cualidades en grado al­tísimo, motivo por el cual se lo consi­dera el canto propio de la Iglesia Ca­tólica.


Así, el Papa llega a establecer la siguiente ley general: "Una compo­sición religiosa será más sagrada y li­túrgica cuanto más se acerque en ai­re, inspiración y sabor a la melodía gre­goriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este mode­lo soberano" [20].




Un refrigerio para el materialismo de nuestro siglo


Hay una relación misteriosa en­tre el canto y la oración. Sin duda, la belleza particular del canto sagra­do consiste, más que en la perfección técnica, en reflejar ese poder arcano que tienen las artes para materializar el espíritu, la aspiración de las almas a la santidad. No sería exagerado de­cir que el gregoriano auténtico nace más del corazón que de los labios.


El Papa Pío XI percibió esto de manera admirable cuando afirmó: "Todo lo que emana de la vida interior de la Iglesia trasciende a los más per­fectos ideales de esta vida terrena"[21].


Por ese motivo el canto gregoriano, pese a su remoto origen, conserva tan­ta vitalidad. Por ese motivo, también, es buscado, escuchado, admirado en su sencillez por innumerables perso­nas, muchas de las cuales no son cris­tianas practicantes. La verdadera mú­sica sacra exhala el perfume de lo so­brenatural, ayudando a saciar la conti­nua sed de sublimidad y eternidad que acosa a nuestro siglo, tan deformado por la ciencia y por la técnica.

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