martes, 28 de junio de 2011

Mi Ordenación, el momento más importante de mi vida: Benedicto XVl

 por La Buhardilla de Jerónimo 
60 años de sacerdocio de Benedicto XVI
En la esencial y límpida narración autobiográfica publicada en 1997 – y que en el original alemán está titulada “Aus meinem Leben. Erinnerungen 1927-1977” (“Mi vida. Recuerdos. 1927-1977”) – Joseph Ratzinger evoca con viva sencillez su ordenación sacerdotal. Fue un gran protagonista del catolicismo alemán quien impuso las manos, el 29 de junio de 1951, en Freising, al diácono de veinticuatro años, a su hermano mayor Georg y a otros 42 jóvenes: el cardenal Michael von Faulhaber (1869-1952), insigne biblista y patrólogo, arzobispo de Munich y Freising desde 1917, que en los oscuros años del Tercer Reich se había convertido en uno de los más valientes críticos del régimen de Hitler.


“Al menos los dos últimos meses – escribe Ratzinger - pude dedicarme enteramente al gran paso: la ordenación sacerdotal, que recibimos en la catedral de Freising de manos del cardenal Faulhaber, en la fiesta de los santos Pedro y Pablo del año 1951. Éramos más de cuarenta candidatos; cuando fuimos llamados respondíamos AdsumAquí estoy. Era un espléndido día de verano que permanece inolvidable como el momento más importante de mi vida. No se debe ser supersticioso, pero en el momento en que el anciano arzobispo impuso sus manos sobre mi cabeza, un pajarillo -tal vez una alondra- se elevó del altar mayor de la catedral y entonó un breve canto gozoso; para mí fue como si una voz de lo alto me dijese: «va bien así, estás en el camino justo». Siguieron después cuatro semanas de verano que fueron como una única y gran fiesta.


El día de la primera Misa [el 8 de julio, en Traunstein], nuestra iglesia parroquial de San Osvaldo estaba iluminada en todo su esplendor y la alegría, que casi se tocaba, envolvió a todos en la acción sacra, en la forma vivísima de una "participación activa", que no tenía necesidad de una particular actividad exterior. Estábamos invitados a llevar a todas las casas la bendición de la primera Misa y fuimos acogidos en todas partes -también entre personas completamente desconocidas- con una cordialidad que hasta aquel momento no me podría haber imaginado. Experimenté así muy directamente cuán grandes esperanzas ponían los hombres en sus relaciones con el sacerdote, cuánto esperaban su bendición, que viene de la fuerza del sacramento. No se trataba de mi persona ni la de mi hermano: ¿qué podrían significar, por sí mismo, dos hermanos, como nosotros, para tanta gente que encontrábamos? Veían en nosotros unas personas a las que Cristo había confiado una tarea para llevar su presencia entre los hombres; así, justamente porque no éramos nosotros quienes estábamos en el centro, nacían tan rápidamente relaciones amistosas”.

Sacerdote desde hace sesenta años, Joseph Ratzinger desarrolla cada día con humildad y transparencia la tarea de hacer presente al único Señor del mundo y de la historia entre las mujeres y los hombres de nuestro tiempo, sembrando en sus almas. Por eso – seguro de interpretar no sólo a quien se reconoce en la Iglesia católica sino a muchísimas otras personas en todo el mundo – L’Osservatore Romano ofrece a Benedicto XVI sus felicitaciones. Y repite para él las palabras de la antigua plegaria por el Papa, invocando de Cristo protección y la única felicidad que cuenta: Dominus conservet eum et vivificet eum et beatum faciat eum in terra et non tradat eum in animam inimicorum eius.

(Nota editorial de L’Osservatore Romano, edición diaria, 29 de junio de 2011)

Joseph Ratzinger recuerda los orígenes de su vocación

60 años de sacerdocio de Benedicto XVI
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En diálogo con Peter Seewald, el Cardenal Joseph Ratzinger recordaba, quince años atrás, el origen de su vocación y las crisis que tuvo que atravesar.
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¿Y cómo conoció su vocación? ¿Cómo supo que estaba destinado para esto? En una ocasión dijo: «Yo estaba convencido, aunque no sabría decir por qué, de que Dios quería de mí algo que sólo podría llevarlo a cabo ordenándome sacerdote».


No lo vi gracias a un rayo de luz que, de pronto, me iluminara y me hiciera entender que debía ordenarme sacerdote, no. Fue más bien un lento proceso que iba tomando forma paulatinamente; tenía una vaga idea, siempre la misma, hasta que, por fin, tomó forma concreta. No sabría decir la fecha exacta de mí decisión. Lo que si puedo asegurar es que, esa idea de que Dios quiere algo de cada uno de nosotros -de mí también-, empecé a sentirla desde muy joven. Sabía que tenía a Dios conmigo y que quería algo de mí; ese sentimiento empezó muy pronto. Luego, con el tiempo, comprendí que se relacionaba con mi ordenación de sacerdote.

Y después, pasado el tiempo, ¿recibió alguna nueva luz se sintió de alguna manera iluminado por Dios?

Iluminado en el sentido clásico de la palabra que nosotros conocemos por los místicos, eso no, nunca; soy un cristiano normal y corriente. Pero en un sentido un poco más amplio, la fe aporta una nueva luz, qué duda cabe. Con la fe unida a la razón -como decía Heidegger- se puede entrever un espacio de claridad entre distintos caminos equivocados.

Y, una vez decidido a ordenarse sacerdote, ¿nunca tuvo dudas, tentaciones, nostalgias?

Si. Claro que tuve. Concretamente en el sexto año de estudios de teología uno se encuentra frente a cuestiones y problemas muy humanos. ¿Será bueno el celibato para mí? ¿Ser párroco será lo mejor para mí? Estas preguntas no siempre tienen respuesta fácil. En mi caso concreto, nunca dudé de lo fundamental, pero tampoco me faltaron las pequeñas crisis.


Pero, qué clase de crisis. ¿Le importaría citarme algún ejemplo?

Durante mis años de estudiante de teología en Munich yo me planteaba dos posibilidades muy distintas. La teología científica me fascinaba. La idea de profundizar en el universo de la historia de la fe, era algo que me interesaba mucho; aquello me abriría extensos horizontes del pensamiento y de la fe, que me llevarían a conocer el origen del hombre y el de mi propia vida. Pero, al mismo tiempo, cada vez veía más claro que el trabajo en una parroquia -donde atendería todo tipo de necesidades- era mucho más propio de la vocación sacerdotal, que el placer de estudiar teología. Eso suponía que ya no podría seguir estudiando para ser profesor de teología que era mi más íntimo deseo. Porque, si me decidía al sacerdocio, significaba una entrega plena a mis obligaciones, incluso en los trabajos muy sencillos y poco gratificantes. Por otra parte yo era tímido y nada práctico -estaba más bien dotado para el deporte que para la organización o el trabajo administrativo-, y también tenía la preocupación de si sabría llegar a las personas, si sabría comunicarme con ellas. Me preocupaba la idea de llegar a ser un buen capellán y dirigir a la juventud católica, o dar clases de religión a los pequeños, atender convenientemente a enfermos y ancianos, etc. Me preguntaba seriamente si estaba preparado para vivir toda la vida así, si aquella era realmente mi vocación.

A todo ello iba siempre unida la otra cuestión de si yo podría hacer frente al celibato, a la soltería, de por vida. La Universidad estaba, por aquel entonces, medio en ruinas y no teníamos local para la Facultad de teología. Estuvimos dos años en los edificios del Palacio de Fürstenried, en los alrededores de la ciudad. Aquello hacía que la convivencia -no sólo entre alumnos y profesores, sino también entre alumnos y alumnas-, fuera muy estrecha, así que la tentación de dejarlo todo y seguir los dictados del corazón era casi diaria. Solía pensar en estas cosas paseando por aquellos espléndidos parques de Fürstenried. Pero, como es natural, también haciendo largas horas de oración en la Capilla. Hasta que, por fin, en el otoño de 1950 fui ordenado diácono; mi respuesta al sacerdocio fue un rotundo sí, categórico y definitivo.
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Tomado de “La sal de la tierra. Una conversación con Peter Seewald”, de Joseph Ratzinger.

29 de junio de 1951: el recuerdo de un testigo


60 años de sacerdocio de Benedicto XVI
Testimonio del Padre Alfred Läpple, amigo y profesor del joven Joseph Ratzinger, sobre el día de la ordenación sacerdotal del Papa Benedicto XVI.
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La campana de San Corbiniano resonó potente y solemnemente desde el campanario el 29 de junio de 1951, cuando en la catedral de Freising, repleta de gente, ingresaron cuarenta y cuatro diáconos para recibir, de manos del arzobispo de Munich y Freising Cardenal Michael von Faulhaber, el sacramento de la consagración presbiteral (¡en ese entonces nadie hablaba de ordenación!).


Entre los candidatos a la consagración estaban también los hermanos Georg y Joseph Ratzinger. El irrenunciable signo y el elemento esencial del sacramento de la consagración es la imposición de las manos (episcopi manum impositio) unida a la pronunciación de la oración de consagración (oratio consecrationis).

Durante la ceremonia de consagración hubo silencio en toda la catedral mientras el Cardenal Faulhaber impuso las manos a cada candidato. A él lo siguieron muchos sacerdotes, los cuales también dispensaron la consagración. Así también yo las posé en silencio sobre mi amigo Joseph, haciendo una leve presión, de modo que me miró un poco y me reconoció.

Inmediatamente después de la consagración presbiteral, encontré en el Seminario a sus padres (y su hermana María) y los felicité por el inusual acontecimiento de los dos hijos.

Después de las vísperas cantadas por la tarde en la catedral, Joseph Ratzinger fue a mi apartamento del docente (en el segundo piso del Seminario de Freising). Me arrodillé humildemente frente a él y le pedí la bendición de la nueva Misa: Per extensionem manuum mearum…, antigua bendición para sacerdotes con ocasión de la primera Misa). Luego nos despedimos.

Ninguno de los dos podía saber que sólo un año después Ratzinger habría entrado nuevamente a esa habitación, porque en 1952 se convirtió en mi sucesor como docente en el Seminario de Freising.

En Traunstein fueron celebrados, en el mismo día, tres nuevos sacerdotes: Rupert Berger, que luego se convertiría en liturgista, Georg Ratzinger, que sería maestro de capilla de la catedral de Ratisbona, y Joseph Ratzinger, que se convertiría luego en el Papa Benedicto XVI.

Los dos hermanos Ratzinger tuvieron su primera Misa, en latín, el domingo 8 de julio de 1951 en la iglesia parroquial de St. Osvald en Traunstein. Entonces la concelebración no estaba admitida ni siquiera para un par de hermanos.

El hermano menor, Joseph, celebró como su primera Misa, a las siete, la así llamada Misa de los jóvenes. Fue cantada la Misa de Cristo Rey (de 1935) de Joseph Haas. La prédica fue pronunciada por el párroco de Traunstein, Georg Els. A las nueve el hermano mayor, Georg, celebró como su primera Misa la función parroquial, en la que, para honrar a Dios y al nuevo sacerdote músico, se cantó la Misa de Nelson (1798) de Joseph Haydn, dirigida por el director del coro Dr Andreas Hogger. La prédica de la primera Misa fue realizada por el Dr. Hubert Pohlein.


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