jueves, 28 de julio de 2011

Ausencia de la Oracion y del Coro en la Vida Religiosa


Coro de Antiguas Iglesias
Constantemente, ad intra y ad extra, los Religiosos y Religiosas hablan de la importancia de la oración en la vida cristiana y en su vida consagrada. Y cierto es que es de suma trascendencia. Mas es peculiar que dicha insistencia no vaya acorde con la vida de oración tan debilitada que se manifiesta en muchas comunidades



Signos de esta debilidad son la libertad que se da para hacer los momentos de oración mental (la meditación o meditaciones diarias) y el mínimo esfuerzo y tedio que se vislumbra en tantos Coros donde se reza la Liturgia de las Horas (reducidas prácticamente a Laudes y Vísperas). Se evita poner tiempos específicos de oración (que cada cual ore en el momento y lugar que le venga bien) o se reduce ésta a tiempos raquíticos (¡Una hora! ¿Quién puede hacer una hora de oración? Mejor cinco minutos de oración bien hecha que una hora adormilados...). Y donde la hora de oración (o más) es prescriptiva habría que ver cómo se desarrolla ésta.

Ante tantas actividades y "fervor" apostólico, a la oración acuden muy pocos. ¿Y qué decir de la Liturgia de las Horas? De quince a veinte minutos son suficientes para el rezo de Laudes y Vísperas. Nada de cantos, nada de inclinaciones, bien sentaditos todo el rato y el latín que ni se asome (aunque gustan mucho incluir lo que sea en otras lenguas cooficiales del Estado). Este panorama existe y está muy extendido. Reproducimos a continuación una carta- circular que, aunque es de 1912, se revela actual y profética. Hoy pocos dejan de ir a la oración para ir a confesar, como señala la carta. Ahora son otros menesteres los que tienen tan ocupados a los Religiosos y Religiosas. La escribe un Provincial a los Religiosos de su jurisdicción:


Y he aquí la explicación sencilla y verdadera de la decadencia de las Órdenes religiosas, y la causa primordial de su desaparición de los pueblos católicos. Este abandono de Dios, consecuencia legítima del descuido e ingratitud del alma religiosa, es el castigo más temible con que el Señor amenaza en la Sagrada Escritura a los que fueron en algún tiempo sus favorecidos y sus amigos predilectos. Mucho hemos de temer Reverendos Padres y amados Hermanos, este castigo del cielo; porque hay justo motivo para pensar que se encuentran entre nosotros muchos religiosos que se han olvidado de sus deberes, y que no sólo no cumplen sus obligaciones, sino que con su conducta sirven de tropiezo a muchos incautos y son causa de que se vaya perdiendo el amor y el respeto a nuestras sacratísimas leyes, a las costumbres santas y veneradas tradiciones que nos legaron, cual riquísima herencia, nuestros antepasados.

Se habla mucho y en términos muy encomiásticos del ejercicio de la vida activa, de la predicación, de la enseñanza, de las obras de celo y propaganda católica; en tanto que se mira con indiferencia y hasta con cierto desprecio cuanto se relaciona con la vida de recogimiento, de mortificación y de humildad, virtudes tan propias de nuestra vida (…); sin que sea lícito a ninguno de nosotros poner en duda semejante doctrina por estar consignada expresamente en el prólogo de nuestras Constituciones, y confirmada con los soberanos ejemplos y admirables enseñanzas de nuestros Santos (…). Sin este espíritu de recogimiento, que no se alcanza sino a fuerza de grandes sacrificios y constante y fervorosa oración, no serán de mucho valor en la presencia de Dios los ejercicios de nuestro ministerio sacerdotal, y será también muy escaso el fruto de ese ministerio en las almas de los fieles.
No se entienda por esto que nosotros reprobamos la predicación y las misiones en nuestros religiosos, la aplicación constante al estudio de las ciencias eclesiásticas y profanas en nuestros colegios; nada de eso. Exhortamos, por el contrario, a los primeros a que se sacrifiquen por el bien de sus hermanos en el púlpito, y confesonario y aun en el penoso ejercicio de las misiones, si se sienten llamados por Dios para eso. También a los segundos queremos animarles a que con todo interés se dediquen al estudio, porque para ellos el estudio es una gravísima obligación impuesta por Dios y por la Orden, que no repara en gastos pecuniarios, ni escasea medios, a fin de formar convenientemente a los jóvenes, para que puedan con el tiempo cumplir los designios del Señor y trabajar con fruto en la viña de su Iglesia.

Lo que sí reprobamos con toda la energía de nuestro corazón son esas opiniones peligrosas, que inventadas por el liberalismo y el modernismo de nuestros días, se van introduciendo insensiblemente en nuestros conventos y son defendidas con entusiasmo verdadero por muchos de nuestros religiosos. Es ese lenguaje antirreligioso, que a diario se oye en nuestras recreaciones y en nuestros claustros, que tiende directamente a alterar el orden establecido por Dios y por nuestro (…).


Expuestas ya las razones que nos han determinado a escribir la presente carta circular queremos, para terminar dejar consignados algunos puntos que a nuestro juicio son de mucha trascendencia, y que por lo mismo deseamos se pongan en práctica, encargando muy eficazmente a los superiores su puntual y perfecto cumplimiento:

1º. De ley ordinaria no se emplee el tiempo de la oración en oír confesiones, pues exceptuados los sábados y vísperas de fiestas, o en las mañanas de los días festivos, no se ve la necesidad que algunos alegan, siendo esto, por el contrario causa de muchos abusos como la experiencia lo acredita.
2º. Evítese con sumo cuidado las visitas a personas seglares tanto en su propia casa como en el convento, cuando no haya una causa justa y razonable en virtud de la cual deban permitirse.
3º. Con mayor razón aún exigimos se eviten las tales visitas durante el tiempo de la oración y el Oficio Divino, exhortando a todos nuestros religiosos consideren dicho tiempo como sagrado y acudan a esos actos con solicitud piadosa y devoción verdadera.


Los superiores deben procurar con todo el interés posible la observancia y cumplimiento de estos puntos, pues todos están consignados explícita o implícitamente en nuestras Sagradas Leyes (…). Dígnese el Cielo bendecir nuestros deseos y escuchar las fervientes súplicas que todos los días le dirigimos por la prosperidad y aumento espiritual y material de nuestra querida Provincia, y a fin de que todos cumplamos nuestros deberes y consigamos el fin de nuestra dichosa vocación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario