viernes, 8 de julio de 2011

Frente a obispos confusos, laicos claros


Publico una entrevista realizada al novelista alemán Martin Mosebach gentilmente traducida por Jack Tollers.
La idea no es presentarlo como un "ejemplo", al estilo Cristo Hoy, sino 
simplemente admirar la claridad de este tedesco wanderiano. Más claridad, por cierto, que la de cualquier obispo argentino.




Herr Mosebach, ¿al presente siente menos agrado que antes por ser católico?

Sin duda, pero al mismo tiempo me ha sido maravillosamente confirmado en las últimas semanas mi persuasión de que no hay alternativa a la Iglesia.

¿Usted sufre con o por su Iglesia?
Sufro con ella. Resulta doloroso contemplar a una Iglesia que tiene por misión actualizar la presencia de Cristo, convertirse en moralmente sospechosa.

Casi suena como si se tratara de una injusticia hacia una institución inocente…
No entiendo porque siempre se limita la Iglesia a unos tipos que usan medias violetas y que están en el Vaticano, de acuerdo al dicho “Allí está la Iglesia y más acá la gente”. La Iglesia se ve representada por todos los bautizados. Y en general, bastante mal representada por cada uno de los pobres bautizados.

Pero da la impresión de que quiere escaparle a la cuestión de los errores del Vaticano.
De ningún modo. La pena principal de todo cristiano es comprobar que uno es un mal cristiano. Las falencias de las instituciones de la Iglesia empalidecen ante esto.

No para sus víctimas. ¿También sufre con ellas?
¿Qué clase de pregunta es esa? Cualquier humano de sentimientos experimenta compasión cuando se topa con la víctima de un crimen.

Y con todo, la Iglesia institucional permitió abusos sexuales para luego encubrirlos.
Desde luego que la Iglesia no permitió semejante cosa. Otra cosa es que haya sacerdotes que rompieron sus votos y la traicionaron. La Iglesia misma es víctima de los abusos.

¿Y qué con la escuela de San Pedro Canisio y el Monasterio de Ettal?
Usted apunta al encubrimiento y silenciamiento de crímenes. Después del Vaticano II, la Iglesia se ha creado una imagen de sí misma ya no basada sobre las nociones de pecado y culpa, sino de perdón, tolerancia y misericordia. Lo trágico pues es que se generó así un humor, un contexto, en que los tales crímenes no se tomaron lo suficientemente en serio.

Klaus Mertes, el sacerdote jesuita y Rector de la Escuela de San Pedro Canisio, habló de “un sabor católico en los casos de abuso sexual”.
Mala cosa para decir. Después de todo, el cristianismo es el que introdujo la noción misma de proteger a los niños, contra las costumbres paganas de casi todas las culturas del mundo. Jesús habló del hecho de que cada niño tiene un ángel que está en la presencia de Dios. Y que cualquiera que abusara de un chico merecería que se le ate una rueda de molino al cuello y ser hundido. Esta es la razón de que los casos de abuso constituyan una catástrofe tan señalada para la Iglesia: una de sus principales incumbencias ha sido burlada.

Y sin embargo la Iglesia se ha ocupado mucho más de los perpetradores que de sus víctimas.
Y es porque las víctimas, hablando espiritualmente, corren mucho menos peligro. Son los perpetradores los que están en peligro de perder sus almas. Jesús dijo que había venido como un médico para los enfermos, no para los sanos.

Semejante lógica debe de sonarles cínica a las víctimas.
No si han entendido la lógica de Jesús. A punto de morir, la niña de doce años, María Goretti perdonó a su violador y asesino. Por supuesto que eso no quiere decir que con eso se suprime el castigo. Siempre la Iglesia tiene que lograr lo imposible. Siempre es paradójica. Debe ser justa y misericordiosa a la misma vez.

Parece una juglaría imposible.
Y sin embargo, en eso, en su exigencia sobrehumana, radica la grandeza de la Iglesia. Ya a comienzos del siglo XIX Friedrich Schleger escribió que el Islam es una religión con la que se puede cumplir plenamente, mientras que el cristianismo no puede realizarse del todo nunca y muchas veces se pone de manifiesto contrariando las intenciones de su Fundador. Pero precisamente en esto reside la fuerza del cristianismo.

¿No es un caso de hipocresía esto de derivar legitimidad de una inevitable deficiencia?
No. Desplegar super-exigencias como cuestión de principios impide la trivialización del cristianismo. Aquello que puede realizarse es trivial. El espíritu humano se debilita si no se fija metas inalcanzables.

El celibato también está siendo cuestionado por muchos sacerdotes.
Antes del Concilio Vaticano II el sacerdote disponía de un corsé y un sostén―tanto espiritual cuanto físico―que le recordaba todos los días que era un homo excitatus a Deo: un hombre llamado por Dios. Usaba una sotana con 33 botones o un traje negro con un collar rígido. Decía misa y rezaba el breviario todos los días. Nunca era un sujeto privado, sino que se encontraba ajustadamente integrado a un orden y a una obediencia. Esto es lo que mayormente ha desaparecido en la Iglesia moderna. Hoy en día muchos sacerdotes se toman vacaciones, disponen de días francos en que no cumplen con la liturgia y poseen un moderno departamento con un aparato reproductor de CD y un plasma de alta definición.

¿Les reprocha eso?
De ningún modo. Pueden tener lo que quieran. Con todo, esta libertad les torna mucho más difícil y duro vivir de conformidad con las exigencias de su oficio. El sacerdote representa a Jesucristo. ¿Cómo podría triunfar si resulta absorbido por la sociedad secular?

¿No sería una evidencia de incapacidad para la fe, si una cierta medida de libertad enseguida le abre el camino al pecado?
Resulta evidencia de esa incapacidad pero nos afecta a todos. Si hay reglas que podemos infringir, las infringimos: eso dice la experiencia antropológica. Yo admiro sin reservas a cada hombre que quiere ser sacerdotes. Para él no hay vuelta atrás, a diferencia del matrimonio que también puede fallar. El sacerdote puede ser infiel a sus votos, pero eso sólo empeora su situación. En semejante caso carga con un peso del que nunca podrá librarse.

Hay gente sinceramente piadosa que también está a favor del relajamiento del celibato.¿Qué es lo que no entienden?
Desde un punto de vista político sería una catástrofe si, por debilidad o por miedo, la Iglesia fuera a echar por la borda sus principios, justo en este momento, por la presión de los medios. Si la Iglesia, contrariando su tradición, quisiese convertir al celibato en una cuestión opcional, sólo lo podría hacer desde una posición de fuerza. De otro modo, todos los diques cederían. Algunos sacerdotes y fieles no acompañarían la cosa y podría haber un cisma muy serio.

Bueno, exactamente eso viene pasando desde hace bastante tiempo. Las estimaciones indican que un 40% de los sacerdotes no predican el celibato.
Las reglas no se anulan porque resultan difíciles de cumplir. Resulta difícil adherir al celibato, pero detrás de eso hay una meta elevada. Los sacerdotes deberían redescubrir el viejo sentido del celibato en un medio de renovación ascética. No como una restricción, sino como una precondición para una vida religiosa que por definición es radicalmente antiburguesa.

La Iglesia protestante tiene mujeres pastoras. En la Biblia, las mujeres aparecen en compañía de Jesús, como cosa natural.
Y sin embargo, incluso en las más primitivas comunidades no hubo nunca sacerdotistas. ¿De dónde este clericalismo de creer que sólo un sacerdote puede ser un cristiano completo? El ministerio no nos hace mejores cristianos. El ministerio está al servicio de la comunidad.
 
No todos los obispos ven las cosas de esa manera.
Pues entonces, ven las cosas mal―y lo saben. El Papa ostenta el título de “Siervo de entre los siervos de Dios”. Este Papa en particular, nunca lo olvida.

Margot Kaessmann, la presidente de la Iglesia Luterana, renunció porque manejó un automóvil en estado de ebriedad. Desde entonces el público la ha erigido en ejemplo moral. ¿Con razón?
 Agradecería no tener que hacer comentarios sobre eso.

¿Por qué?
Porque cómo el protestantismo se maneja en cuestiones morales como esa, no me incumbe. Todo el asunto terminó en farsa y a uno sólo lo mueve a risa.

En las últimas semanas se ha oído a menudo referencias al “grupo de decrépitos ancianos en Roma”. Es lo mismo que pasa en el mundo de los negocios. ¿Acaso las mujeres no podrían ejercer una función moderadora?
Ya desde hace bastante tiempo que contamos con mujeres en posiciones de liderazgo y no encuentro que el nivel de intriga política, concupiscencia de poder o general brutalidad, hayan disminuido. Piense en Margaret Thatcher, Golda Meir, Indira Gandhi o Angela Merkel. Todas ellas han librado guerras con muchos muertos.

Pero a lo mejor podrían compensar por las apariencias conspirativas de las organizaciones fraternas del Vaticano.
Este reproche a los viejos de Roma es casi tan antiguo como la propia Iglesia Y de a ratos seguramente algo hay en las acusaciones. El problema no está en los hombres, sino en la institución en sí misma. Las instituciones son cosas benéficas y terribles a la vez. Y eso resulta especialmente cierto cuando referido a algo tan grande y serio como la Iglesia que contempla con un ojo a Dios y con el otro al hombre todo, mientras simultáneamente tiene presente un mensaje que excede cualquier medida humana. A nadie se le ocurrió algo mejor que una institución para conducir a la Iglesia a través de los milenios.

¿Pero puede uno dirigir una institución contra sus propios miembros?
Eso no ocurre en absoluto. Las críticas dirigidas al Papa proceden de la fracasada Iglesia del aggioramento―esto es, de parte de la Iglesia conformista y secularizada. Déjeme que le diga una cosa: no todos los católicos son editores del Sueddeutsche Zeitung. La primera misión de la Iglesia consiste precisamente en pasar el evangelio a través de las generaciones. Sólo una institución puede hacer eso, de “pasar” el mensaje. “Les he entregado lo que recibí” dice San Pablo, referido a la Eucaristía. La Iglesia institucional con San Pedro en Roma es la cruz con la que debe cargar la Iglesia Católica a lo largo de la historia. Pero sin la cruz,  habría dejado de existir. Su camino necesariamente ha de ser el camino de la cruz.

Todo el mundo, a excepción suya, está criticando al Papa.
No, al contrario, admiro al Papa. Tiene la misión más difícil de todas: terminar con la decadencia dentro de la Iglesia, sin dar órdenes ni dictados, y restaurar una nueva armonía. Los medios tienen una fijación con los fracasos alegados. Eso puede interesarle a un editor periodístico, no al Papa. Un Papa no debe interesarse en tales agitaciones. No le interesan las últimas noticias, las sensaciones o los escándalos. Su incumbencia consiste en plantar con paciencia infinita un árbol cuyos frutos él mismo nunca verá.

Muchos dicen que le falta cintura política y que es ingenuo.
Juan Pablo la tenía más fácil Tenía un oponente claro: el régimen comunista. La sociedad consumista libertaria, con sus tendencias de un totalitarismo social, constituye un enemigo mucho más difícil. Por lo demás, el Papa Benedicto tiene que pensar en todos los cristianos del mundo entero. En China, por ejemplo, donde ahora mismo una titánica tarea de reconciliación está en curso: la eliminación de la división entre la Iglesia controlada por los maoistas y la Iglesia subterránea de los mártires. Se trata de una prueba de fortaleza para ambos contendientes. Siempre pensamos que Alemania es el ombligo del mundo―y no es así.

Una cosa que nos sorprendió cuando preparamos este reportaje fue descubrir que su padre fue protestante.
Es cierto. Siempre fue un tipo muy anticonformista y siempre me alentó a permanecer independiente y a pensar por mí mismo. A lo mejor es una especie de elemento protestante dentro mío, pero sería un protestantismo invertido. Lutero apuntó a una institución poderosa; yo pido que vuelva la institucionalidad a una Iglesia desdibujada.

Los críticos lo consideran como un reaccionario. Uno podría llamarlo un individualista radical. Después de todo, usted pide como particular que regresa la institución y paradójicamente aboga por la individualización de la religión.
Los insatisfechos con la Iglesia deformada ya no son tan pocos. No deberíamos cometer el error de creer que nuestro tiempo es el tiempo final y el único válido. La única certeza que existe es que todas las circunstancias se verán radicalmente modificadas. Por eso es tan peligroso disponer sólo del presente para considerar a la Iglesia. Incluso me animo a decir que lo que desagrada especialmente al presente es lo que más futuro tiene…

Usted adhiere a la misa tridentina. ¿Se acuerdo de su primera misa según el rito antiguo?
La celebraba un sacerdote en Hattenheim, un feo suburbio de Frankfurt, en un lugar húmedo y desolado. El sacerdote era el Padre Hans Milch, un poderoso orador desde el púlpito, un hombre salvaje, ruidoso y excéntrico. Había sido jubilado por el obispo y se construyó una casucha para su misión en este horrible barrio de Hattenheim. En los días que corren se sospecha con facilidad a los defensores del viejo rito como “esteticistas”. Pero en aquel entorno tan remoto de toda belleza, aprendí que la liturgia se construye su propia catedral.

¿Se refiere al Padre Milch que simpatizaba con la FSSPX?
Milch tenía rasgos geniales, pero era demasiado expresivo para mi gusto. Sus sermones rompían la armonía de la liturgia.

¿Y el contenido de aquellos sermones lo tenía sin cuidado?
Siempre el culto es mucho más importante que cualquier sermón, por talentoso que sea quien lo pronuncia. La objetividad del culto es la cosa más grande y más importante y que más necesita nuestro tiempo. El rito antiguo constituye el tesoro más grande de la Iglesia, es su kit de emergencias, su arca de Noé.

Este fin de semana se celebra la convención ecuménica de las iglesias en Munich: ¿asistirá?
Por cierto que no. Si hay algo de lo que puedo prescindir es tener que toparme con gente feliz con cara de miembros de una secta. Esto es el Reichsparteitag de la cristiandad organizada ¡horrible!

¿Qué tiene de tan horrible?
La idea misma―como una revista militar. El ecumenismo sentimental. La sensación del “nosotros”. Lo que cuenta en religión es la relación individual y personal con Dios. Encuentro terrible esto de dejarse llevar por las muchedumbres. La tradición litúrgica alienta un espíritu sobrio, casi reservado. No sirve como un masaje del alma.

¿A qué se refiere con “masaje del alma”?
Me refiero a que la Iglesia no tiene nada que ver con un “spa”. El cristianismo no se consume fácilmente. Al contrario, la religión halla al hombre como algo enteramente extraño, como al “totalmente otro”. Lo desafía a que deje su lugar y se ponga a explorar su extrañeza y profundidad. Al principio la religión por necesidad tiene que actuar sobre el hombre como una cosa extraña y difícil. Las terribles simplificaciones conducen a grandes ilusiones y finalmente a una gran resaca.

¿Siempre tiene que tener planes contrarios al espíritu de la época?
Es su posesión más preciosa. La Iglesia siempre es un contra-sociedad. Siempre es una grieta en la pared del presente total. Eso me ata a la Iglesia y me la torna necesaria hasta el día de mi muerte.

¿Qué le pasa si pasan dos o tres semanas y no asiste a misa?
Entonces sé que estoy viviendo mal.

¿Qué le pasa entonces?
¿Qué me pasa? Me pasa que no me he unido a este ícono objetivo. Que, por una vez, no he dado de lado conmigo mismo para entrar en el hechizo de la realidad, ingresado a un mundo que no funciona según mis propias leyes.

By kind permission of Martin Mosebach

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