martes, 13 de marzo de 2012

El hombre contemporáneo y la liturgia.




"El hombre contemporáneo, sobre todo el de temperamento individualista, prefiere que su oración sea la expresión directa e inmediata de su estado de alma; y lo que la liturgia exige, al contrario, es que acepte como expresión de su vida interior un mundo de ideas, de oraciones y prácticas que, por su universalidad, resulta para él demasiado amplio, en el que naufraga su pequeñez y su individualidad. 

Ese mundo se le presenta glacial, casi vacío, sobre todo al compararlo con el ímpetu y el calor y la riqueza sentimental de una oración espontánea. Las fórmulas litúrgicas no cautivan, desde luego, ni prenden con empuje tan atrayente como las palabras de una criatura viva, unida a nosotros con vínculos espirituales. Las acciones litúrgicas no nos hablan tan directa y exclusivamente como el gesto o la expresión espontánea que se refleja y estampa en el rostro de un ser de nuestra misma condición. Las elevaciones e ímpetus del corazón, en la vida colectiva litúrgica, no despiertan en nosotros resonancias tan vivas y perceptibles como el grito o la explosión que un alma lanza de lo más profundo de su intimidad. Es lógico que el hombre de nuestros días, hipersensible y contumaz perseguidor de las consecuciones inmediatas y tangibles, que por doquier busca la sensación inmediata, el perfume terreno de las cosas, y que cotiza la vida al día, experimente ante las formas límpidas y depuradas de la liturgia la sensación física del frío. 

El lenguaje litúrgico le parece desabrido y rehecho intelectualismo, y las acciones y prácticas de la liturgia rígidas y de un mecanismo glacial, y así sucederá con frecuencia que busque un refugio tonificante -a su parecer-, en las oraciones y prácticas devotas de un nivel espiritual considerablemente inferior al de las litúrgicas, pero que, para él, tienen la aparente y positiva ventaja de adaptarse a su complexión espiritual y a la de su tiempo [...] Pero no hay que olvidar que no somos sólo individuos aislados, que pertenecemos al organismo de una comunidad viva: nuestra vida no constituye sólo un fragmento independiente de historia que se consuma en el tiempo, sino que es algo también encuadrado dentro del orden eterno, y, en este aspecto, es en el que nuestra vida tiene interés para la liturgia. 

Dentro de la comunión litúrgica rogamos ya como miembros de la Iglesia: dentro de ella nos elevamos a su reino que está por encima del individuo y que, por lo mismo que es superior a cada uno, es accesible a todas las almas y condiciones, a todos los caracteres, tiempos y lugares".


Romano Guardini
El espíritu de la liturgia
(1918)

No hay comentarios:

Publicar un comentario