jueves, 7 de junio de 2012

La Madonnina sangra


  • LA VIRGEN DE CIVITAVECCHIA

    27 MAY 2012 | FERNANDO PAZ
    De Medjugorje a Civitavecchia: la Virgen que veneró Juan Pablo II.

    La Virgen de Civitavecchia




  • Acaba de aparecer un libro de Santiago Velo sobre los sucesos que han ocurrido en una localidad de la región de Roma llamadaCivitavecchia. Allí, la talla de una Virgen que ha lacrimado hasta en catorce ocasiones pone en contactoesta localidad con la de Medjugorje. ¿Cómo? Esta es su historia.


    Peregrinar a Medjugorje
    La familia Gregori no veía el momento de peregrinar a Medjugorje. Una y otra vez planificaban el viaje, y una y otra vez desechaban toda posibilidad de emprenderlo debido a aquel bendito impedimento que representaban los niños. Habían dejado pasar los años, pero la guerra en los Balcanes no remitía, e incluso cada vez se recrudecía más. En esas condiciones, viajar hasta Bosnia -a una localidad situada a menos de 30 kilómetros de Mostar- con dos pequeños representaba una auténtica locura.
    Los Gregori decidieron, entonces, encargarle a un sacerdote amigo, el padre Pablo Martín -de quien sabían que iba a una peregrinación- que les trajese una reproducción de la Virgen que se venera en Medjugorje. La talla había de ser adecuada como para exhibirla en el jardín de casa. El sacerdote manchego cumplió con su parte, y los Gregori pudieron al fin colocar la figura de María a la entrada de su domicilio. Don Pablo efectuó una pequeña procesión para transportar a la Virgen de Medjugorje hasta la casa. Era el final del verano de 1994.
    El padre de la familia, Fabio, hombre de gran habilidad manual, arregló la hornacina de piedra de su jardín al estilo de la gruta de Lourdes, de modo que pudiera ser vista por todos los que pasaran junto a la casa. Al fin se hallaban satisfechos. Pero la historia no había hecho más que empezar.
    Supersticiones medievales
    La zona en la que vive la familia, Civitavecchia, se halla situada a unos 80 kilómetros al noroeste de Roma. Es la diócesis más pequeña de Italia y, en la que viven los Gregori, la de San Agustín, una de las parroquias más pequeñas, si no la que más. Se trata de un puerto de tradición comunista, y la casa de los Gregori no está vallada, de modo que cualquiera tiene acceso a su jardín. Los Gregori habían pensado que eso, precisamente, propiciaría el que se pudiera venerar a María con mayor facilidad, pero con lo que no contaban era con la nerviosa irrupción de la pequeña Jessica, de apenas 5 años, aquella mañana del 2 de febrero de 1995.
    -Papá, papá, la Madonnina sangra. Papá, ¡es toda sangre!
    El padre salió nervioso al jardín al oír los gritos de su hija. Vio primero la sangre en las manos de la pequeña y luego buscó en vano por su cuerpo. Nada. La niña, extrañada, se dirigió a su padre, contundente:
    -No soy yo… ¡Es la Madonnina…!
    Fabio miró entonces a la talla y vio sus ojos anegados en sangre. Durante unos segundos se quedó estupefacto; todo le daba vueltas en la cabeza. Evidentemente, aquello no podía ser obra de la cría de 5 años, y tampoco era fácil que nadie se hubiera colado en el jardín sin ser advertido. Pero entonces, ¿qué hacían esos dos regueros de sangre recorriendo el rostro de María?
    Los Gregori llevaron la estatua al párroco. Este, conocedor de la piedad de la familia, no ponía en duda su buena intención, pero temía que la lacrimación pudiera ser obra de un desaprensivo, o de alguien que quisiese abusar de la buena fe de la familia. Decidió entonces enviar la talla a un laboratorio para que la estudiara.
     Lo que brotaba era sangre
    El estudio científico arrojó un sorprendente resultado: lo que brotaba de los ojos de María era sangre, y sangre de varón. El párroco quedó conmocionado por el dictamen, pero el obispo Girolamo Grillo era un hombre que reclamaba la necesidad de sostener una fe adulta y que consideraba, en consecuencia, que había que erradicar las ‘supersticiones medievales’ y todo lo que oliese a aparicionismo mariano. Así que retiró la imagen de María, la llevó a su casa y la encerró, bajo siete llaves, en un armario de su casa.
    Grillo había sido destinado durante varios años a las oficinas de la Secretaría de Estado del Vaticano, lugar poco proclive a la milagrería. Su rechazo de este tipo de fenómenos le llevó a escribir por entonces: “Qué indigna la historia de las Vírgenes que lloran. Siempre hay alguien que se burla permitiéndose el capricho de mancillar los objetos sacros. Pobres de nosotros, a dónde hemos ido a parar. Hasta el párroco hace caso a estas estupideces. Mater Boni Consilii, ora pro me!”.
    Así que cuando el obispo recibió las noticias de la lacrimación, tomó una serie de medidas inequívocas: se deshizo con afectado desdén de los informes de don Pablo -párroco de san Agustín-, prohibió a los sacerdotes llegarse hasta la hornacina de la familia Gregori e incluso solicitó de la policía que abriese una investigación para aclarar si se trataba de un fraude, algo que monseñor sospechaba. Entre tanto, puso la estatua a buen recaudo, a la espera de que la juiciosa Roma le ordenase cerrar la materia de investigación del modo más discreto posible.
    Había transcurrido algo más de un mes del fenómeno de las lágrimas cuando, la mañana del 15 de marzo de 1995, monseñor Girolamo Grillo sacó la talla de su armario. Con ademán algo cansino extrajo la estatua sin apenas prestarle atención. El obispo estaba harto de aquella historia que llevaba camino de causar un pequeño revuelo.
    Morir de dolor
    Aquella mañana, junto a él estaban otras tres personas, a las que el obispo observaba, probablemente recordando las palabras que le había dedicado un cardenal amigo al saber que el obispo reclamaba la jurisdicción sobre la talla: “Pobre Virgencita, ¡a qué manos has ido a parar! Justamente a las de monseñor Grillo, ¡que hará lo posible para enterrar todo el asunto!”.
    Monseñor Grillo reparó en la expresión de estupefacción de sus acompañantes. Los tres miraban, como embrujados, aquello que acunaba entre sus brazos.
    -Pero ¿qué, qué…?
    También él miró el rostro de la Virgen. Por un instante, hizo ademán de echarse hacia atrás. Comenzó a temblar, dominado por un extraño sobrecogimiento. Por el semblante de la Virgen, dos lágrimas de sangre bajaban dibujando sendos surcos a los lados de la nariz, hasta alcanzar el cuello.
    El obispo se trastabilló, vacilando de la derecha a la izquierda, hasta quedar blanco como el papel. Su hermana, una de las tres personas que se hallaban presentes aquel día, se recuperó del pasmo estallando en un penetrante chillido al ver a su pariente en tales condiciones, y salió de la habitación reclamando un médico para atenderle. El obispo había sufrido un ataque que él mismo describió como algo que “me obligó a sentarme en una silla, desmayado, con verdadero riesgo de morir por el dolor, un dolor que me duró varios días”.
    El obispo no necesitó de más pruebas. Se arrepintió con inmediatez de su escepticismo y pidió perdón a María por su empecinamiento en rechazar el testimonio de personas a las que debería haber creído.
    Monseñor Grillo, tan rotundo en su oposición al milagro en un principio, reconoció que “estuve obligado a rendirme a este misterio. Pero mi convicción aumentó siempre más viendo los beneficios que se seguían. El Evangelio nos da un criterio: juzgar por los frutos la bondad de un árbol. Aquí, los frutos espirituales son extraordinarios”.
    Con el obispo Grillo, el padre Stefano de Fiores -recientemente fallecido- considera que “aquí está el dedo de Dios”, y desecha la posibilidad de que lo que allí se produce sea obra de fuerzas diabólicas, de fenómeno parapsicológico o de sugestión. Y el padre de Fiores ha sido uno de los mariólogos más serios y afamados del mundo en las últimas décadas, hombre reposado y poco dado a las exaltaciones.
    En justo desagravio por la ofensa inferida a causa de su incredulidad, el obispo decidió peregrinar en procesión desde su domicilio hasta la parroquia de San Agustín, donde debería reposar la talla a partir de ese momento según pareció a todos más conveniente. Desde entonces, la talla se ha convertido en un centro de devoción al que acuden gentes de todas las latitudes.
    Hoy, en la parroquia, hay dispuestos cinco confesores que atienden a muy diversas horas todos los días del año. Allí se celebran misas, se rezan rosarios, se recitan letanías y se celebran adoraciones eucarísticas.
    Las obras de Civitavecchia son lo suficientemente elocuentes; así que no resultará baladí recordar el incontestable hecho de que las de la Madonnina que señalara la pequeña Jessica Gregori proceden de una Reina de la Paz de Medjugorje. Una talla que veneró el mismo Papa -hoy beato- Juan Pablo II a petición propia.
    En cuanto a los frutos que ha dado y hoy sigue dando la Virgen de Civitavecchia, es cosa que nadie niega. Y están los mensajes que Jessica y Fabio han revelado al obispo Grillo, ya jubilado, el significado que Juan Pablo II atribuyó al llanto de María, el perfume que despide la talla...

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